Opinión

Las paradojas de la felicidad

El Informe Mundial de la Felicidad elaborado por la ONU utiliza los parámetros del PIB per cápita, la esperanza de vida saludable y el apoyo social. ¿Dónde quedan los valores?

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27
abril
2017

Hacía escasos días que acababa de ver La teoría Sueca del amor (2016) del provocativo director italo-sueco Erik Gandini, cuando leo que, según el Informe Mundial sobre la felicidad recientemente publicado por la ONU, Suecia es el décimo país más feliz del mundo. Desde luego, tras ver el documental de Gandini, cuesta creer que Suecia ocupe ese puesto en el escalafón de la felicidad y uno se pregunta cuáles son los factores que tiene en cuenta la ONU para valorar por qué los ciudadanos de un país son más felices que los de otro.

Analizando los World Happiness Report, publicados desde el 2012, resulta que los principales parámetros utilizados para determinar el grado de felicidad de la población son el PIB per cápita, la esperanza de vida saludable y el apoyo social. Respecto de dichos parámetros, nadie va a discutir a Suecia su puesto en el ranking. Sin embargo, el documental de Gandini muestra una realidad más personal, que tiene más que ver, al menos para mí, con lo que en el lenguaje común entendemos por felicidad.

Comienza mostrándonos imágenes de Suecia en el año 1972 en el que el Gobierno socialdemócrata de Olof Palme fija como uno de los objetivos nacionales a largo plazo el despojar a las relaciones familiares de cualquier relación de dependencia económica, y en un manifiesto titulado La familia del futuro: una política socialista para la familia establece que «toda relación humana verdadera se tiene que sustentar en el principio de independencia entre las personas».

Dichas políticas pretendían dejar de lado el concepto tradicional de familia, que se entendía caduco, por cuanto propiciaba situaciones de dependencia económica entre sus miembros, las cuales se consideraban perjudiciales para el desarrollo del individuo. Las políticas en cuestión favorecieron la incorporación de la mujer al trabajo y la independencia económica de los jóvenes tras cumplir la mayoría de edad.

Transcurrido casi medio siglo desde entonces, la situación que refleja el documental es la de una sociedad que, habiendo logrado la autosuficiencia de la mayoría de sus individuos, muestra ciertos síntomas de esquizofrenia, porque aun cuando el bienestar social, que ya existía en Suecia en los 70, se ha mantenido, la falta de vínculos afectivos han tornado el individualismo, propiciado desde la política, en soledad. Hoy, en Suecia, la mitad de su población vive sola y el 25% de la gente muere en la más absoluta soledad, sin que nadie reclame su cuerpo, ni sus bienes.

La sociedad que nos muestra Gandini está integrada por individuos solitarios, donde la mujer joven, que trabaja, prefiere comprar por internet semen procedente de un banco de Dinamarca e inseminarse sola en su casa que mantener relaciones sexuales personales, los viejos mueren también solos y nadie nota su falta al morir, ni siquiera sus propios vecinos de puerta, porque la gente vive en sus casas sin hacer vida social, más allá de las actividades ‘organizadas’ a las que cada uno se ‘apunta’ según su interés individual.

Esa situación no es excepcional. Gandini, intencionadamente, nos muestra imágenes de calles desiertas y estaciones repletas de gente que camina, yendo o volviendo del trabajo, pero en soledad, sin hablar con los que caminan a su lado y en su misma dirección. Ese ambiente frío -que llega a asfixiar al espectador- lo contrapone con la historia personal del doctor Erichssen, un cirujano sueco casado con una etíope que se traslada a vivir a Etiopía, y allí ejerce la medicina en condiciones realmente precarias, teniendo que echar imaginación para adaptar taladros mecánicos y mutarlos en quirúrgicos o utilizar bridas de ferretería o radios de bicicleta para ayudar a soldar huesos.

Sin embargo, pese a la precariedad, el doctor Erichssen tiene una vida plena, llena de recompensas. Frente a la soledad de sus compatriotas a los que Gandini nos muestra -cómo autómatas- yendo o volviendo del trabajo en abarrotadas estaciones de tren, en silencio y sin entablar conversación entre sí, el doctor vive los abrazos de sus enfermos rehabilitados y su sonrisa. Ambos, abrazos y sonrisas compartidos, son la clave de su felicidad.

En conclusión, parece evidente que no se debe confundir bienestar material con felicidad. Como demostró el economista Richard Easterlin, en su artículo Does Economic Growth Improve the Human Lot? Some Empirical Evidence, la riqueza material no tiene una relación tan directa con la felicidad. Si es cierto que en un mismo país existe una relación directa entre renta y felicidad, ello solo lo es porque el individuo se compara con sus vecinos, los que le rodean. Pero cuando se comparan las poblaciones de mayores ingresos de un país con las de otro, aun cuando los niveles de renta de una y otra sean muy diferentes, dicha diferencia no tiene reflejo en el nivel de felicidad.

Jeffery Sachs, director del Proyecto del Milenio de la ONU, y profesor de la universidad de Columbia, pone el ejemplo del crecimiento del PIB de Estados Unidos que, pese haberse triplicado desde los años 60, no ha contribuido al incremento de la felicidad de la sociedad americana. Japón es otro de los ejemplos de la llamada ‘Paradoja de la Felicidad’.

Para expresarla, Easterlin recurre a una imagen empleada por Karl Marx: «Una casa puede ser grande o pequeña pero, en tanto las casas de alrededor sean igual de pequeñas, dicha casa cumplirá para sus habitantes todos los requisitos de una morada. Sin embargo, si se levanta un palacio tras la pequeña casa, de pronto la pequeña casa se encogerá hasta la categoría de cabaña». La consecuencia que extrae Easterlin de esta paradoja es que, una vez las necesidades primarias están cubiertas, las medidas políticas para que sus ciudadanos sean más felices deberían dejar de centrarse en el crecimiento económico, medido por el Producto Interno Bruto.

Frente a los enfoques economicistas que consideran el nivel de renta como el factor más importante para lograr la felicidad, existen estudios que destacan la importancia que tienen las relaciones sociales caracterizadas por la confianza, la generosidad y la identidad social compartida, en el nivel de felicidad. Estos informes inciden en que la vida social basada en la idea de polis aristotélica, cuyo fin último no es satisfacer las necesidades físicas del hombre, sino satisfacer su sociabilidad a través de su pertenencia y participación en la polis, es determinante de la felicidad.

Cuando estos factores son más fuertes, las sociedades y las naciones son más resistentes, tal como se pone a prueba ante desastres naturales o crisis de una u otra índole. Según estos estudios, si los estados quieren contribuir a la felicidad de sus ciudadanos deben procurar que las políticas se diseñen y se ejecuten en forma que protejan e enriquezcan esos valores sociales, un tanto intangibles, como lo es la propia felicidad.

Luis Suárez Mariño es abogado, mediador, experto en responsabilidad social y compliance penal

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