Cultura

«Debemos juzgar los hechos con la mirada y el tiempo en el que habitamos»

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Noemí del Val
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19
Jun
2020
Karina Sainz Borgo

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Noemí del Val

La periodista venezolana Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982) aterrizó en Madrid el 12 de octubre de 2006, con Hugo Chávez gobernando en Venezuela. En su tierra natal, dice Karina, «el hambre y la muerte es lo único democrático». Ha publicado ‘Caracas Hip-Hop’ (Caracas, 2007), ‘Tráfico y Guaire. El país y sus intelectuales’ (Caracas, 2007), ‘Crónicas barbitúricas’ (Círculo de Tiza, 2019) y ‘La hija de la española’ (Lumen, 2019), donde narra la historia sobre una joven venezolana que, tras la muerte de su madre, intenta huir de un país que ya no reconoce. Todavía está al llegar otro título más para su bibliografía: ‘El tercer país’. Antes de que el coronavirus entrase en escena, conversamos con Sainz Borgo sobre su vida, pero también sobre esa muerte que acecha un país al que no se atreve a volver.


¿Qué sería del toreo sin tragedia?

No podría funcionar. La tragedia es, como en el teatro, la puesta en escena de una gran purga y una gran catarsis. Está dotada con una belleza especial. Entonces, plantearse una corrida sin tragedia es como plantearse que Otelo no muera. El peso de la muerte es la fuerza que equipara la vida. Ese toreo se mantiene muy decimonónico, muy erótico… Creo que hay una cosa de Eros y Tánatos muy característica. El toreo no tiene ningún sentido si elude la muerte, es como subtitular un chiste o como ponerle un pie de página a un aforismo. Con la tauromaquia he aprendido muchísimo a razonar la producción artística, pero también toda la puesta en escena de los sentimientos.

Y por cómo los exaltan…

Claro. Tú puedes reconocer a un mal torero cuando es demasiado teatrero, se expone demasiado, se deja rasgar el traje… Sabes que ahí no hay un torero, hay un personaje. Pero cuando el torero está en su momento, como Roca Rey, que hace unos desplantes espectaculares, pierdes la cabeza. También está muy denostado el toreo: creo que hay una vocación general de infantilización de todo, como cuando dicen «No me cuentes el final de El Quijote». Pues a estas alturas del partido quizás ya deberías saberlo. O esas decisiones que quedan fatal, como reescribir Carmen, suavizar personajes…

¿Se edulcora para disimular la muerte entonces?

Sí. Fíjate: solo hablan de ancianos si han hecho algo excepcional. Solamente te hablan de un enfermo cuando con su voluntad ha doblegado la enfermedad, lo cual no es del todo cierto. Siempre hay una cosmética de los sentimientos que a mí me parece pornografía sentimental, por eso a la gente le gustan tanto los talent shows, porque todo el mundo llora de una manera exagerada. Hay un uso de los sentimientos muy profiláctico.

En tu entrevista con Javier Aznar, citasteis una reflexión leída en Twitter: «Como nuestra generación ahora no tiene con qué protestar, exageramos más nuestros dramas». ¿Por qué?

Yo creo que estamos viviendo en un mundo que es crepuscular, que se está cayendo a pedazos. En 1989 cayó el muro de Berlín y la Perestroika se disolvió. Yo siento que solo he acudido a demoliciones, como el atentado a las Torres Gemelas. Estamos asistiendo a un momento en el que todas las referencias han saltado por los aires, pero hemos crecido en un entorno amable, con cierto desarrollo económico en determinadas sociedades, por supuesto. Siento que es como el típico aburrimiento del fin de siglo, cuando todo está a punto de irse al demonio.

¿Tú qué harías si se fuera todo al demonio?

Lo que pasa es que las cosas no se van al demonio como en las películas. Eso sería fenomenal. Pero los finales son como las armonías: largos, pausados, envilecedores… Yo creo que te convierten un poco en un miserable también, porque el mismo hartazgo con respecto a una situación te empieza a hacer desvariar. Por ejemplo, creo que mi generación –y ahí sí que lo puedo utilizar completamente con conocimiento de causa– ha convertido su no-maternidad en un tema de significación, cuando a mí me parece un privilegio que la generación de mi mamá se pudiera divorciar. Ella me tuvo a mí con la edad que tengo yo ahora, y tiene 76 años en este momento. Me dijo: «¿Pero ustedes no sienten que viven mejor ahora, que tienen más libertades y pueden hacer cosas que yo no podía hacer?». Y tiene toda la razón.

«El peso de la muerte es la fuerza que equipara la vida»

¿La libertad es subjetiva?

Claro. Para cualquier persona en España es normal caminar y salir a andar dentro de una ciudad, pero a lo mejor en una ciudad fronteriza no es algo normal. Debemos juzgar los hechos con la mirada y con el tiempo en el que habitamos. Creo que hay una especie de ombliguismo y una vocación muy manifiesta de homologar el mundo a tus treinta metros cuadrados. Por eso me da mucha risa lo de la España vacía y vaciada. Además, yo no sé por qué no lo dicen como Sergio del Molino, ¡caramba!, porque él es el que pone la lupa en ese tema. ¿Voy a venir yo, urbanita, a decirte cómo es vivir?

¿Y por qué desde España –en ciertos sectores de la izquierda– se apoya a Nicolás Maduro?

Creo que a partir de la Francia de los sesenta hay un safari ideológico con todas estas experiencias que supuestamente reivindican. ¿Quién va a estar en desacuerdo con un discurso que proclama la igualdad? Nadie. El problema es que ese discurso se instrumentalice y se utilice en contra de la gente. Tienes a Maduro, pero también todo el tema de la Unión Soviética. La enajenación de quien tiene el poder es mostrarlo. Puedo entender que haya escepticismo hacia la oposición, en el caso de Guaidó, porque son cosas muy confusas, pero lo que es incontestable es que es un Estado fallido que se pasó al monte, que vive de prácticas ilícitas, entre ellas el narcotráfico. Y no me estoy inventando nada: hay juicios en marcha y sanciones políticas. Encuentro una contradicción que no entiendo.

Te he leído decir que el hambre y la muerte es lo único democrático en Venezuela. ¿En qué momento llegó el desencanto con tu país?

No es un desencanto, es una realidad. Este es un proceso muy largo y yo por eso elegí un personaje para contarlo, porque el lector no necesita años, va viendo cómo a una persona de 38 ó 40 años a su vida le acompaña la desaparición de la sociedad. Ella empieza en una sociedad donde hay inseguridad, diferencias sociales… Lo ve y lo dice, porque estudió en ese entorno. Pertenece a esa clase media liberal que pudo crecer con la estructura del Estado y que es la primera que desaparece. Si tú vas avanzando, vas viendo como ella va reconociendo que ya no la atienden en ningún hospital, que no hay dinero para pagar… Piensa que son 20 años.

¿Nadie lo vio venir?

Te voy a poner un ejemplo que quizás suena un poco simple. Antes me preguntaba cómo se instauran las dictaduras: de a poco. Por eso Adelaida [la protagonista de La hija de la española] dice que la primera muerte ocurre en el lenguaje. Ahí está hablando de la madre muerta, pero realmente, cuando un proceso empieza, lo hace por la superficie, por cómo te voy a llamar: oligarca, reaccionario, gusano, rojo, fascista… Lo primero es darte un nombre. Pero no acaba ahí la cosa; hay una lógica de rehén, repitiendo aquello con lo que se te estigmatiza, y ahí estalla la cosa, la disensión es aplanada, laminada…

¿Y quedan estigmatizados los medios?

Creo que los medios solemos llevar mal esa dinámica y nos devora. Nos cuesta mucho dar un paso atrás, porque también un medio es capital económica. Es un proceso paulatino y muy lento. Y además, está esa cosa como incrédula, que dice que eso no va a pasar… Se lo comentaba a Álvaro Colomer. Estábamos haciendo una entrevista y yo dije: «Vengo del futuro. Yo, lo de ustedes lo he visto, pero no necesariamente, porque no estamos inaugurando nada, estamos rehabilitando una tragedia de entreguerras». Todos los fascismos, los populismos… Esas cosas se olvidan. Fíjate que en Cataluña ocurre lo mismo. Es el idioma, el lenguaje. Todo ocurre primero en lo que reúne a la gente. Que el primer problema sea no ponerte de acuerdo ni siquiera en cómo vamos a hablar y que haya enfrentamientos desde la ideología. Y vas subiendo, subiendo, subiendo el volumen hasta que hay un punto en el que la gente se pega, luego se alista en una milicia… Y a eso súmale otra cosa: la gestión de la pobreza que se hizo en el chavismo fue muy perversa. Porque la lógica de la subvención, de la creación de supuestos círculos o grupos de propaganda, te condiciona en función de que te están dando dinero. Cuando se acabó el dinero, dejó patente de corso. ¿Y quién pone orden ahí? Un país no desaparece en cinco años, desaparece en un periodo muy largo. Piensa que el chavismo venía precedido por una etapa de colapso del sistema de partidos.

Karina Sainz Borgo

¿Cuál es el problema: el dinero o el poder?

La pésima combinación de las dos cosas. Yo entendí lo que había pasado en Venezuela cuando fui a Noruega. Allí me di cuenta de que ese era el final feliz del petróleo. Si se distribuye y no se roba ese dinero, evidentemente la renta está distribuida.

Si en España se encontrara petróleo, ¿sería como Noruega o como Venezuela?

Si España tuviera petróleo, habría aparecido en Cataluña o en el País Vasco.

¿Y si aparece en las Islas Canarias?

Si aparece en Canarias, prepárate, porque o los colonizan o se independizan. Tienes que tener infraestructuras, pero no necesitas más que extraer. Nosotros ni siquiera éramos un productor al uso de petróleo porque realmente vendíamos crudo y se refinaba y lo terminábamos comprando subvencionado y más caro, pero subvencionado.

Cuando murió Teodoro Petkoff, leí en el obituario que le dedicaron en el New York Times una frase que me ha parecido reveladora: «El gran dilema de la izquierda en el mundo ha sido conjugar dos polos, en apariencia excluyentes: libertad e igualdad».

Como todo buen tránsfuga del comunismo, Teodoro lo ve muy claro. Además estaba en el entorno más radical del Partido Comunista Venezolano. Se metió en la lucha armada en los años sesenta, voló un tren… Hizo muchas cosas delictivas porque realmente creía que la lucha armada era la vía. Estaban todos electrificados por el hecho cubano. En los años setenta, cuando ocurre la primavera de Praga, hay una generación que se empieza a mirar y crean el revisionismo del Partido Comunista que a mí, sinceramente, me parecía de un avanzado tremendo para el momento que era. Teodoro entendía muy bien esa lógica y se terminó convirtiendo en el liberal más furibundo, como suele ocurrir con la gente, porque realmente no se puede decretar una libertad que iguala a la baja. Y yo creo que eso fue lo que ocurrió en Venezuela con la promesa de una redención colectiva. No hubo tal redención, pero es que a su vez produjo la tragedia de aquellos que habían accedido a unos medios; en vez de ir todos en coche, todos empezamos a subirnos a la carreta. Fue una oportunidad perdida: Chávez fue elegido con una popularidad altísima. Era un tipo muy hábil, muy perverso, y aprendía rápido.

«No se puede decretar una libertad que iguala a la baja como ocurrió en Venezuela»

Dices que Chávez fue elegido con una popularidad altísima. ¿Crees que la gente tiene lo que se merece?

Siempre será mejor la democracia que cualquier otra cosa. Siempre será mejor tener unas instituciones que funcionen, donde haya una fiscalía que increpe a un poder público, donde haya separación de poderes. Quizás suene retórico, pero es muy importante que exista un Estado saludable. Evidentemente, la sola elección por sí misma no legitima una democracia, pero tú tienes que respetar los mecanismos. Por eso la democracia conspira contra sí misma, porque si no, no hubiésemos visto fenómenos como el de Donald Trump.

¿Has vuelto a Venezuela?

No voy desde el 2013. Y no voy porque no lo llevo nada bien, pero tengo muchas ganas de ir. Cuando he vuelto, ha sido por fuera. Me he dedicado a recorrer una serie de sitios de paso. Mi pregunta es: ¿Qué es peor, lo que está dentro o lo que está fuera?

¿Lo que está dentro?

No estoy segura.

Si te quedas con lo de fuera es porque posiblemente ya conozcas lo que hay dentro.

Es cierto. Estoy muy en contacto con periodistas, ONGs… Hubo la posibilidad de ir y me reuní con mucha gente. Yo no creo que el régimen lea ni que le interese nada, pero hablando en cristiano, tienes a una mujer que lleva diez meses llamando asesino a Maduro cada vez que puede.

La protagonista de La hija de la española siente que la están vigilando…

Claro, pero sería un poco frívolo que te lo pusiera como ejemplo. No he vuelto a Venezuela, pero tengo noción de la gravedad de lo que ocurre y como soy, como la protagonista, tan cobarde, no me atrevo a entrar. Es muy doloroso volver al lugar que tú echas de menos pero que no existe. Es como si te dieran la oportunidad de volver a ver a tu mamá, pero muerta.

¿Te sientes ya más española que venezolana?

Siempre he sentido como una especie de culpa y de usurpación. Eso sale en La hija de la española, porque es un libro que estuve carburando anímicamente un montón de años. Una vez que yo leí todas las literaturas centroeuropeas del Siglo XX, comprendí y asimilé, y dije: «Aquí ya he resuelto mi problema con ustedes». Hay una herida muy grande abierta, y además piensan en Venezuela que su tragedia es inédita. A su manera lo es, pero no. Su vivencia era completamente endogámica y había una perpetua infancia en esa circunstancia. Lo que pasa es que sí es verdad que nunca pensábamos que iba a ser tan dantesco.

Me parece que en La hija de la española hay más tristeza que desencanto, pero sobre todo un duelo.

Yo creo que la gente irá desarrollando duelos de otra manera, pero en mi caso es un duelo que llevo de manera civilizada. Soy muy escéptica con todo lo que compete a Venezuela, pero hay cosas ante las que no puedo ser escéptica: ante una fuerza o ante un Estado que actúa como una fuerza de ocupación, un Estado autoritario. Cuando emerge un líder hay una sensación de orfandad, porque cada vez que aparece un padre no lo cuestiono. Guaidó tiene una valentía tremenda, en cualquier momento le pegan tres tiros. Nuestra orfandad y la ausencia del padre es tan grande que cualquier figura que nos parezca que nos protege eclipsa. Creo que en la novela el texto no lo explica bien. Para mí tenían que ser mujeres, porque creo que esa es la gran metáfora venezolana: en hogares donde el padre es un ausente y ni siquiera se toma la molestia de comparecer, las mujeres tienen que ejercer en su casa un poder que no tienen fuera. Es una cosa que no me voy a poder quitar porque, para mí, el padre es el poder en La hija de la española, y creo que a Venezuela le pasa lo mismo. Hay una confusión tremenda con respecto a la figura del poder y su control, y la oposición madre-padre me parece que es la metáfora más clara para explicarlo, porque creo que la democracia venezolana es mujer. Las relaciones con las madres no son sencillas, son relaciones de poder, de sumisión, de obediencia, de negociación… El padre no tiene apelación, porque o son incomparecientes por naturaleza o son tiranos por naturaleza. La relación con una madre es lo más parecido a la democracia que hay.

«Ahora me siento un ser humano mejor porque fui capaz de ver un universo más grande»

¿A cuántos naufragios ha sobrevivido Adelaida Falcón?

Primero, al de sí misma, que es el mayor. Lo que me gustaba de Adelaida como personaje es que su capacidad de sobrevivir al naufragio pasa por el hecho de ahogar a otro o sencillamente hacer que no ve, seguir nadando y no salvarle. El trato que ella tiene con el cadáver de su vecina es poco empático, pseudo criminal. A Santiago lo deja a la deriva. El que sobrevive, o hace algo o deja de hacerlo. Y Adelaida se envilece, se tiene que convertir en lo que detesta para poder salir. Cuando finalmente atraviesa ese gran mar ella ya no es la misma y no sabemos si va a ir a peor o a mejor. Piensa que la desesperación aporta una lucidez muy extraña. Voy a hablar por mí en este momento, porque no siento, al haber venido a España, que abrirme camino me hiciera una persona apuñalante; al revés, aprendí un montón y a callarme la boca. Fue una cura de humildad tremenda. Ahora me siento un ser humano mejor porque fui capaz de ver un universo más grande. En el caso de Adelaida es una versión literaria, pero en el caso de la siguiente, El tercer país, que tiene relación con los muertos, es Antígona en otras condiciones. La desesperación que te produce el no morir o enterrar a los tuyos te obceca.

¿Por qué todo dolor es una declaración de amor?

Yo no he dado a luz. No tengo hijos. La maternidad me aterra, me da miedo. Pero las relaciones que tienen las madres con sus hijos vienen tamizadas por el enorme dolor físico que produce traerlos al mundo. De alguna otra manera, el dolor es estar con algo (si «algo» me duele es porque «algo» me ha producido dolor). El dolor es roce, como el afecto es roce. Pasa con las patrias y las pasiones. Quizás sea un mal ejemplo, pero hay relaciones afectivas (sean padres, hermanos o amigos) que suelen ser muy tóxicas pero no siguen confrontándose contra ellos porque son la vía de contacto. También pasa con el fútbol. Yo sé que soy del Real Madrid porque me pongo de muy mal humor.

Karina Sainz Borgo

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