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El «efecto Trump» o cómo el discurso del odio valida la violencia en Estados Unidos

Un estudio de la Universidad de North Texas confirma la correlación entre los crímenes de odio y los discursos racistas del presidente de Estados Unidos.

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06
Ago
2019
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«Nunca más». Las palabras resuenan en el vacío que dejan las víctimas mortales de los 255 tiroteos masivos (aquellos con cuatro o más víctimas mortales) producidos este año en Estados Unidos. Ese país que juró y perjuró que no habría otro Columbine, ni otro Sandy Hook, ni otro Parkland, sigue sin abrir los ojos ante un dato escalofriante: el domingo 4 de agosto, 2019 ya contaba con más tiroteos masivos que días en su haber. El año se consume como la pólvora, con una nueva tragedia tras otra. Ese primer fin de semana de agosto perdieron la vida al menos 31 personas en poco menos de 13 horas: 22 en El Paso (Texas), una de las ciudades más multiculturales del país, y 9 en Dayton (Ohio), que no hacen más que engordar las estadísticas en la tierra de la libertad.

Por desgracia, los tiroteos masivos son tan solo la punta del iceberg, la cara más visible y mediática de la violencia armada. En lo que llevamos de año, 8.734 personas han perdido la vida por culpa de las armas de fuego en el país y 17.308 han acabado en el hospital, según la organización sin ánimo de lucro Gun Violence Archive. Además, entre este año y el pasado, se registraron 3.991 incidentes violentos —en los que las armas de fuego estaban involucradas de una manera u otra— llevados a cabo por grupos supremacistas blancos o antisemitas. Los datos tienen una lógica perversa: el Southern Poverty Law Center registró 1.020 «grupos de odio» en todo Estados Unidos en 2018 —en 2016 ascendían a 892—. Causa y efecto.

En lo que llevamos de año, 8.734 personas han perdido la vida por culpa de las armas de fuego en el país norteamericano

Son muchos los políticos y analistas que culpan a los discursos incendiarios de Donald Trump de validar el odio —esencialmente racista— que da forma a esta violencia. Si los francotiradores blancos son «locos o perturbados», pero al resto se les tilda de «terroristas y criminales peligrosos»; si los migrantes indocumentados y solicitantes de asilo son «animales, violadores, asesinos y delincuentes» y «deben volver a sus países» —aunque su país de nacimiento sea Estados Unidos—, ¿podría estar, en cierta medida, legitimando a los que ya pensaban así pero no se atrevían a decirlo o, lo que es peor, a actuar en consecuencia? Para comprobar una de las teorías más repetidas desde que dio comienzo la Administración Trump, las catedráticas de Ciencias Políticas de la Universidad de North Texas Regina Branton y Valeria Martínez-Ebers —esta última también directora del programa de Estudios Latino-Americanos y Mexicano-Americanos— y la doctoranda Ayal Feinberg decidieron llevar a cabo un estudio sobre la relación de los crímenes de odio y la retórica empleada por Donald Trump en los últimos años. Tras analizar la correlación entre los mítines incendiarios del presidente y el número de delitos de odio descubrieron que, en efecto, los condados que Trump visitó con su campaña presidencial de 2016 han experimentado un incremento en las denuncias por delitos de odio del 226% respecto a los condados en los que no se llevaron a cabo mítines del entonces candidato.

Las autoras hablan de un visible «efecto Trump», ya que la mayoría de las denuncias relacionadas con delitos de odio mencionan que los agresores hicieron referencia, directa o indirecta, al presidente de los Estados Unidos: ya fuera en un manifiesto, como el redactado por el francotirador del tiroteo en El Paso, o repitiendo las palabras de un discurso específico o nombrándole explícitamente. La organización ADL Fighting Hate for Good recuerda que no solo los tiroteos son «incidentes de odio»: también se han producido actos vandálicos, intimidaciones y agresiones que muchas veces se quedan fuera de las estadísticas oficiales o de los titulares.

Los condados que Trump visitó con su campaña de 2016 han experimentado un incremento en las denuncias por delitos de odio del 226%

Las investigadoras de North Texas admiteron en el Washington Post que, sin lugar a dudas, «no solo se puede culpar a Trump de las decisiones que toma la gente», aunque reconocieron que la correlación entre sus palabras y los actos violentos es innegable. Además, aclaran que el problema de fondo radica en la falta de condena por parte del presidente de EE. UU. de los crímenes de odio y atentados cometidos por supremacistas blancos, ya que hasta el atentado de El Paso había evitado mencionar términos como «racismo», «supremacista» u «odio racista» al hablar de tiroteos. Mientras Trump alerta del peligro de los videojuegos violentos, el fanatismo en las redes y las enfermedades mentales, su propia Administración está paralizando una reforma de la Segunda Enmienda que endurecería los requisitos para comprar y poseer armas de fuego que tanto demócratas como parte de los republicanos llevan años exigiendo. Sin embargo, el control de armas queda fuera del radar presidencial. Por el momento, a los supervivientes de El Paso y Dayton no les queda más que repetir las palabras de Emma Gonzalez, superviviente de la masacre de Parkland, que hace poco más de un año decía: «Seremos las víctimas del último tiroteo masivo».

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