Opinión

La verdad es la verdad: transparencia

Rendir cuentas no es algo coyuntural, ni una humillación, sino una obligación para los servidores públicos y para quien maneja asuntos o dinero en nombre de otros.

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18
May
2020
transparencia

Si los sufrimientos enseñan, como decía Heródoto, la cualidad de transparente, la transparencia debería educarnos para ser mejores ciudadanos, sobre todo en tiempos de crisis: como nos enseña la RAE, lo transparente es lo «claro, evidente, que se comprende sin duda ni ambigüedad». Esa definición la entiende todo el mundo, menos los políticos, naturalmente, porque ellos y ellas son, probablemente, de otra galaxia. Lo curioso es que, desde que el mundo es tal, así han sido las cosas en este compromiso con la información pública: por un lado, los ciudadanos; por otro, los políticos y los gobernantes, que juegan sus propias reglas sea cual sea el partido en el que militen. También hay que decirlo, con honrosas y cabales excepciones, como son aquellos políticos que saben que los dueños de la información y de la res publica no son los gobernantes, sino los ciudadanos que los eligen. Pero, aunque la cosa viene de antiguo y podíamos haber aprendido ya, nunca se ha mentido tanto como en nuestros días, ni de manera tan desvergonzada, sistemática y constante.

Plutarco aconseja que el gobernante debe conseguir primero el dominio sobre sí mismo, dirigir rectamente su alma y conformar su carácter, y, de este modo, hacer que sus súbditos se acomoden a él, porque, sin duda, «uno que está caído no puede enderezar a otros; ni, si es ignorante, enseñar; ni, si es desordenado, ordenar, o, si es indisciplinado, imponer disciplina; o gobernar, si no esta bajo ninguna norma. Pero la mayoría cree neciamente que la primera ventaja de gobernar es el no ser gobernado». ¿Quién, entonces, gobernará al gobernante? La Ley o, como sentencia Píndaro, «rey de todos, mortales e inmortales, pero no una ley escrita en libros, sino la razón que vive en el gobernante, que habita siempre con él y lo vigila…».

La transparencia es algo más que una vacuna contra la corrupción y, probablemente, algo menos que el bálsamo de Fierabrás, que todo lo cura. Hoy es una exigencia de las sociedades que aspiran a ser democráticas y avanzadas: Suecia se lo creyó hace ya 250 años y marcó el camino promulgando una ley sobre transparencia en 1766. En el siglo XXI, en nuestra actual sociedad de la desconfianza y de la sospecha, resurge una exigencia de transparencia que, como afirma el filósofo Byung-Chul Han, nos «indica precisamente que el fundamento moral de la sociedad se ha hecho frágil, que los valores morales, como la honradez y la lealtad, pierden cada vez mas su significación. En lugar de la resquebrajadiza instancia moral se introduce la transparencia como nuevo imperativo social».

«La transparencia es una exigencia de las sociedades que aspiran a ser democráticas y avanzadas»

Como la verdad es la verdad –la diga Agamenón o su porquero– y, además, siempre goza de una tremenda utilidad práctica y, como la corrupción sigue campando a sus anchas, uno no sabe qué decir. Ninguna ley arregla por sí sola los problemas, si acaso apunta soluciones, como nuestras todavía recientes leyes de transparencia, que necesitarán mucha ayuda educativa y ser alimentadas con periódicas inyecciones de virtudes o vitaminas cívicas. La transparencia es una tarea de voluntad política, de cumplir deberes y de querer hacerlo, porque «solo la voluntad depende enteramente de nosotros: en ella se fundan necesariamente y se establecen todas las reglas de los deberes del hombre», como nos enseñó Montaigne en sus ensayos.

No divago sobre transparencia porque ahora, vigente la COVID-19, se la reclame en todos los ámbitos como consecuencia de que –estando obligado legalmente– el Gobierno no haga públicos los nombres de los integrantes (y los criterios de actuación) del llamado Comité Técnico que decide qué comunidades pasan de fase en la desescalada; o porque la presidenta de la Comunidad de Madrid no termine de aclarar lo de su estancia en un apartahotel de lujo durante la pandemia. La transparencia, es decir, rendir cuentas, no es algo coyuntural, ni una humillación –aunque así lo crean muchos políticos ofendidos al exigírselo), sino una obligación para los servidores públicos y para quien maneja asuntos o dineros en nombre de otros; y un síntoma de la fortaleza de cualquier país democrático y moderno capaz de transmitir confianza en sus instituciones. Hay que actuar siempre como si nos vieran, aconseja Gracián en El arte de la prudencia, publicada en 1647: «El prudente considera que le miran o que le mirarán. Sabe que las paredes oyen y que lo mal hecho acaba saliendo a la luz. Aunque esté solo, actúa como si todo el mundo le viera, porque sabe que todo se sabrá. Mira ya como testigos a los que, cuando se enteren, lo serán después. Quien desea que todos le vean no se preocupa de que desde fuera le puedan observar en su casa».

Además, no sé si los políticos se dan cuenta de que, a la larga, no merece la pena gobernar con la mentira o con falsos, perversos y excesivos elogios –otra forma de mentir– que siempre hacen peor a quien los recibe. Las mentiras se reconocen en seguida porque suelen ser de dos clases: «hay mentiras que tienen las piernas cortas, y mentiras que tienen la nariz larga. La tuya, por lo que veo, es de las que tienen la nariz larga», le dijo el hada a Pinocho. Y en ese trance estamos.

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