‘El hoyo’: reflexiones compartidas en el confinamiento

Hay gente muy poderosa en el mundo que aporta soluciones y cantidades ingentes de dinero para ayudar a los demás. En estos tiempos duros, también estamos viendo la colaboración de instituciones, empresas y ciudadanos para retomar nuestra vida diaria. Esperemos haber aprendido todos alguna lección.

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 5 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
03
Abr
2020
El hoyo

«Debes aquí dejar todo recelo; debes dar muerte aquí a tu cobardía». 

Dante Aligheri. La Divina Comedia

Tercera semana de confinamiento. Tiempo para admirar la conducta ejemplar de tantos conciudadanos que se entregan sin descanso a luchar contra el coronavirus, a cuidar de nuestros ancianos, a procurar que nuestras despensas puedan seguir abastecidas y nuestras calles limpias. Hemos visto a más de trescientos fontaneros, autónomos y parados trabajar sin tregua coordinados con la UME, para construir en apenas en tres días y medio toda una instalación de más de 300 metros de tubería con una salida cada cinco metros para camas de UCI. Hemos visto a consorcios de empresas y administraciones diseñando respiradores para fabricarlos mediante impresión 3D. Hemos visto a abuelas o manteros tejiendo mascarillas, todos ellos centrados en cómo aportar su conocimiento, sus manos y su tiempo en frenar al virus. No importa la identidad, la profesión, la edad o el estatus social de los aportantes. He leído que Alemania está llamando a refugiados médicos sirios a los que hasta ahora no reconocía su titulación. Tampoco el virus distingue a la hora de introducirse en un ser humano. No le importa la raza ni la nacionalidad del inoculado.

Frente a estas evidencias, hemos oído más de una voz discordante, cuya inmoralidad rechina, proponiendo que los inmigrantes no fueran atendidos o insultando sin remilgos –y más allá de la legítima crítica– a los gobernantes de nuestro país, desbordados por los acontecimientos igual que los del resto de países afectados. En ningún caso creo que si estuviésemos gobernados por esos clarividentes, hubiéramos estado mejor debido a su presunta perspicacia y capacidad de predicción de los acontecimientos.

Es tiempo de crisis, de miedo y de reflexión. Momento de hablar con nuestros hijos para comentar con ellos las conductas de aquellos que consideramos un ejemplo que deben de tomar como modelo. Tiempo también para ver alguna película de la que sacar alguna lección en estos tiempos, hasta hace bien poco impredecibles. Obras sobre el bien y el mal, sobre el ser y el deber ser, sobre las contradicciones de la naturaleza humana, sobre la compasión y el horror. Esta semana le tocó el turno a El hoyo, ópera prima de Galder Gaztelu-Urrutia, premiada como mejor película en el último festival de Sitges.

¿Cómo nos comportaríamos si cada mes el destino nos pusiera en un estatus distinto al que hemos llegado?

Lo que en la cinta se conoce como «el hoyo» es una especie de cárcel construida en vertical, con las celdas cuadradas numeradas de la 1 a la 333. Cada una de ellas, ocupada por dos personas, tiene un agujero en el centro –también cuadrado– por el que cada día desciende una plataforma con comida, elaborada en una cocina digna del más laureado restaurante. Cada «preso», al entrar, puede elegir, además de un objeto que llevarse consigo, la comida que más le guste, que será cocinada con el más alto grado de exigencia y pulcritud. Cada día, la plataforma baja llena de suculentas viandas, permanece brevemente en la celda y pronto desciende a la de siguiente nivel. Unos apresurados minutos en los que comer sin tiempo y no mantener siquiera una conversación con el compañero de celda.

La película comienza con su protagonista, Goreng, –interpretado por Iván Massagué– despertándose en el nivel 47 tras su ingreso en la prisión, de la que desconoce el funcionamiento real y en la que ha ingresado voluntariamente a cambio de una titulación. Al entrar, ha escogido como objeto para acompañarle durante sus seis meses de encierro, un ejemplar de El Quijote.

Su compañero de celda, Trimagasi (Zorion Eguileor), es un personaje tranquilo, un Sancho, que sobrevive a los avatares de «el hoyo». El principal de ellos y sobre el que gira el miedo y el temor de los reclusos es que, mensualmente, todos los presos son cambiados aleatoriamente de nivel. Tras ser adormecidos, cuando despiertan pueden estar en un nivel superior –donde tendrán comida y otro mes de supervivencia garantizado–, en uno intermedio –donde hacer de tripas corazón esperando que pase el tiempo–, o en uno inferior –donde ya no lleguen ni los desechos y sobrevivir sea una prueba hercúlea–.

El hoyo

En el hoyo se despoja a los reclusos de sus propias ropas y de todo objeto personal, salvo el que ellos elijan para pasar el internamiento,  también de cualquier otro atributo de la propia personalidad y de cualquier utensilio básico como los cubiertos para la mesa. Tanto los de arriba como los de abajo comen con sus manos. Tampoco los internos se pueden duchar y solo hay un grifo con agua para beber o lavarse. No existe intimidad ni posibilidad de comunicarse más allá de hacerlo con el compañero de celda o con los del nivel inmediatamente inferior o superior.

El hoyo recuerda a las técnicas utilizadas por los nazis en los campos de concentración, destinadas a la despersonalización y deshumanización de los internos para que ellos mismos progresivamente dejasen de sentirse humanos. Lo explica muy bien Paz Moreno Feliu en En el corazón de la zona gris: Una lectura etnográfica de los campos de Auschwitz (Trotta Editorial).

El primer día, Goreng se niega a comer los restos de comida que llegan a su nivel. Según van pasando las jornadas, ya no hace ascos. Tras un mes de encierro en el hoyo, se despierta atado por su compañero de celda, esta vez en el nivel 247. Allí, Trinagasi, armado con el cuchillo que eligió como objeto para llevar consigo en el presidio, le advierte de que, con el paso de los días, tendrá que elegir entre su propia vida y la de él. No quiero desvelar el resto de la película, pero sí quiero, sin embargo, haceros partícipes de algunas reflexiones y preguntas que he ido madurando durante esta semana.

El retorno del dilema del prisionero

El hoyo puede reflejar la distinta suerte de aquellos que nacen en el nivel uno del estatus socioeconómico sin que les falta de nada y la de aquellos otros a las que la suerte no ha sonreído, los que han nacido en un infierno que no ofrece nada digno de ser llamado humano. Pero la diferencia entre el nacer en este mundo y el despertar en el hoyo es que, en este último, cada mes, uno puede despertar en un estatus que puede ser más alto que el anterior o el más bajo de todos. ¿Cómo nos comportaríamos si cada mes el destino nos pusiera, de manera aleatoria, en un estatus distinto al que hemos llegado?

Parece evidente que de existir esa posibilidad, los de los estatus superiores estarían dispuestos a mantener un comportamiento ético, a renunciar a consumir sin límite todo lo que se les ofrece, con el simple pensamiento de que quizás, al mes siguiente, pudieran estar en un estatus muy inferior. Pero, ese pensamiento lógico, cuando no existe la posibilidad de comunicación con los situados en estratos inferiores, ¿tiene alguna posibilidad de generalizarse de manera natural? ¿Sería posible confiar en que los demás llegasen a la conclusión de que esa conducta de renuncia es la humanamente lógica y, en previsión de un futuro incierto, lleno de necesidades y de recursos escasos o inexistentes, tomasen la decisión de adoptarla?

La película nos enfrenta al famoso dilema del prisionero, un modelo de conflictos estudiado por la Teoría de Juegos en el que a dos prisioneros incomunicados se les presenta la posibilidad de reducir su condena si delatan al otro. Si ninguno de ellos delata al compañero, cada uno será penado con 1 año de prisión; si solo uno delata al otro, este será liberado y al que ha permanecido en silencio se le impondrá una pena de 10 años; y si ambos se delatan recíprocamente, a cada uno se le impondrá una pena de 8 años. Un estudio racional del dilema permitiría concluir que la conducta más racional de ambos prisioneros sería la de permanecer en silencio, pero ¿quién puede asegurar que el otro, confiando precisamente en que lo más lógico es mantener esa conducta silente, no apueste por delatar al otro?

¿El hoyo es el planeta?

Otra reflexión podría ser que el hoyo es una alegoría del planeta, esquilmado por los poderosos. Sin embargo, existe una diferencia entre ambos: mientras en este se reponen a diario los alimentos, en la misma cantidad y exclusiva preparación, el planeta, sufre cada día un nivel de estrés mayor, por la sobreexplotación de los recursos.

El hoyo

Por eso, la competencia salvaje por los recursos limitados de la tierra resulta un comportamiento no solo egoísta –si la riqueza mundial estuviese repartida habría suficiente para todos– sino irracional, y nos interpela sobre la necesidad acuciante de adoptar una conducta responsable, de renuncia autoimpuesta al consumo exacerbado, lisa y llanamente para que el planeta no colapse y la humanidad se extinga, sin diferencias de clases. ¿Estamos dispuestos a cambiar nuestros hábitos de consumo para preservar al planeta de la destrucción?

Un nuevo liderazgo

En El hoyo, Goreng representa –también por su aspecto físico– a un Quijote que pretende ayudar a los más débiles y repartir alimentos entre todos los presidiarios hasta alcanzar aquellos que se encuentran en el último nivel. Sin embargo, la imposibilidad de comunicación y su propia fragilidad solo le permite adoptar el papel de salvador no desde el liderazgo que conlleva la capacidad de inocular en otros un comportamiento ético sino desde la fuerza y la imposición.

¿Si en el hoyo hubiese una posibilidad de comunicación entre todos los presidiarios y apareciese un líder, capaz de comunicarse con la mayoría y atraerla hacia las exigencias de un comportamiento ético, en bien del grupo, habría esperanza de sobrevivir?

¿Si en el hoyo hubiese una posibilidad de comunicación entre todos los presidiarios y apareciese un líder, habría esperanza de sobrevivir?

Historias por todos conocidas nos hacen tener esperanza. Recordemos a Shackleton –cuando mantuvo a toda la tripulación del Endurance con vida durante 20 meses tras naufragar el barco y vencer todo tipo de calamidades en las inimaginables condiciones climatológicas de la Antártida– o la más vieja historia del primer viaje de Colón tratando de llegar a las Indias: tras dos meses de navegación, la comida ya se pudría y la tripulación amenazaba con amotinarse, consiguió convencerla de seguir adelante.

Todas estas historias, y otras que estarán en la mente de todos, nos hablan de líderes que impulsados por un ideal, nos ayudan a salir del hoyo. Hay gente muy poderosa en el mundo que aporta soluciones y cantidades ingentes de dinero para ayudar a los demás. En estos tiempos duros, también estamos viendo la colaboración de muchas empresas privadas de nuestro país que están aportando soluciones tecnológicas y donaciones para que más pronto que tarde podamos poner coto a la pandemia y retomar nuestra vida diaria. Esperemos haber aprendido todos alguna lección.

Cada uno podría añadir otras tantas reflexiones y otras tantas preguntas. Como declaró a Europa Press el director de El hoyo, Galder Gaztelu-Urrutia, «El hoyo es el mundo, el universo. No se puede salir de él a ningún sitio porque es el único que hay. No es una película contra los de arriba o contra los de abajo, es una película que te pregunta que vas a hacer tú».

(*) Una última pregunta: ¿Dónde defecan los prisioneros? Que cada uno lo imagine. Por mucho que he concentrado mi capacidad de observación en la película, es una pregunta sin respuesta. Sin embargo, ese problema no es en nuestro planeta un problema menor: según datos de la OMS, al menos 2.000 millones de personas se abastecen de una fuente de agua potable que está contaminada por heces. El agua contaminada puede transmitir enfermedades como la diarrea, el cólera, la disentería, la fiebre tifoidea y la poliomielitis. Se calcula que la contaminación del agua potable provoca más de 502.000 muertes por diarrea al año. Cuando Bill Gates se percató de este problema puso toda su capacidad intelectual, su capacidad de liderazgo, su poder de comunicación y económico, para intentar resolverlo. La serie documental Bill Gates bajo la lupa que también se puede ver durante estos días– producida por Netflix explica cómo abordó el problema y los avances conseguidos para solucionarlo.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

Cultura para el alma

Sandra Gallego Salvà

La Fundación Cultura en Vena lanza 'Cultura de Urgencias', una convocatoria para jóvenes creadores.

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME

Aviso de cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrar a los usuarios publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si se continúa navegando, consideramos que se acepta su uso. Es posible obtener más información aquí.