Opinión

Loa a la tierra: el alegato (ecologista) de Byung-Chul Han

El arte de la jardinería nos acerca a la tierra, a nuestras raíces, a todo aquello que parece que el ser humano ha olvidado. Con ‘Loa a la tierra’ (Herder), Byung-Chul Han se llena las manos de barro para reflexionar, a través del cuidado de su particular jardín secreto, sobre la «tierra venidera».

Artículo

Byung-Chul Han
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14
Ago
2019
loa a la tierra

Por primera vez en mi vida he cavado en el suelo. Cavé hondo con la pala en la tierra. La tierra gris y arenosa que entonces salía me resultaba extraña, incluso casi siniestra. Su misteriosa gravedad me causaba asombro. Al cavar topaba con muchas raíces que, sin embargo, yo no podía asignar a ninguna planta ni a ningún árbol en la cercanía. Así pues, ahí abajo había una vida misteriosa que hasta entonces yo desconocía.

El suelo berlinés es muy especial. Se formó por sedimentaciones de arena durante el periodo glacial. Este suelo se llama también Geestrücken, «banco arenoso». El término viene del bajo alemán gest, que significa «árido» o «estéril».

Berlín está situado en un valle glaciar que surgió hace aproximadamente dieciocho mil años, al final del último periodo glacial, también llamado «Vístula». El valle actuaba como canal de drenaje por el que fluían las aguas procedentes del deshielo interior en la época del frente glaciar de Frankfurt. Se formó junto con el valle glaciar de Baruth, situado más al sur, en la fase brandemburguesa del periodo glacial Vístula, y servía como cauce del drenaje en dirección a la cuenca del mar del Norte.

Cuando se estudia más detenidamente su historia, se siente una profunda veneración por la tierra, que hoy lamentablemente está expuesta a una explotación total. Está siendo deteriorada a fondo. Deberíamos volver a aprender a asombrarnos de la tierra, de su belleza y su extrañeza, de su singularidad. En el jardín experimento que la tierra es magia, enigma y misterio. Cuando se la trata como una fuente de recursos que hay que explotar, ya se ha destruido.

«Es magia, enigma y misterio. Cuando se la trata como una fuente de recursos que hay que explotar, ya se ha destruido»

[…] A menudo toco con asombro la tierra y la acaricio. Cada brote que surge de ella es para mí un verdadero milagro. Es increíble que en pleno universo frío y oscuro haya un lugar con vida como la Tierra. Deberíamos ser siempre conscientes de que existimos en un planeta pequeño, pero floreciente en medio de un universo por lo demás sin vida, y de que somos un ser planetario. Es necesaria una conciencia planetaria. Es lamentable que hoy se explote la tierra tan brutalmente. Casi se está desangrando. Por ejemplo, hoy se libran combates sangrientos con niños soldado drogados para conseguir los metales que en química se llaman «tierras raras». Hoy hemos perdido toda sensibilidad para la tierra. Ya no sabemos qué es. Solo la concebimos como una fuente de recursos que, en el mejor de los casos, hay que tratar sosteniblemente. Tratarla con cuidado significa devolverle su esencia. Así escribe Heidegger sobre la salvación de la tierra:

Los mortales habitan en la medida en que salvan la tierra, tomando la palabra según su antigua acepción, que Lessing todavía conocía. La salvación no solo saca de un peligro, sino que salvar significa en realidad hacer que algo sea libre para su esencia específica. Salvar la tierra es más que aprovecharla o incluso agotarla. La salvación de la tierra no domina la tierra ni la convierte en súbdita de sí: de ahí solo hay un paso hasta la explotación irrestricta. Los mortales habitan en la medida en que reciben el cielo como cielo. Les dejan al sol y a la luna sus trayectorias, a los astros sus órbitas, a las estaciones del año su bendición y su iniquidad, no convierten la noche en día ni el día en un ajetreado desasosiego.

Desde que trabajo en el jardín, me acompaña una extraña sensación, una sensación que antes no conocía y que también siento corporalmente con mucha fuerza. Es una sensación de la tierra, que me hace dichoso. Quizá la tierra sea un sinónimo de la dicha que hoy se aleja cada vez más de nosotros. Regresar a la tierra significa, por tanto, regresar a la dicha. La tierra es fuente de dicha. Hoy la abandonamos, sobre todo como consecuencia de la digitalización del mundo. Ya no recibimos esa fuerza vivificante de la tierra que nos hace dichosos. La tierra es reducida al tamaño de una pantalla de ordenador.


Este es un fragmento del nuevo  libro de Byung-Chul Han (Ed. La Herder). Puedes comprar un ejemplar y seguir leyendo en este enlace.

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