Internacional

Un fracaso heroico: el ‘brexit’ y la política del dolor

¿Por qué Gran Bretaña votó por irse? El periodista irlandés Fintan O’Toole explora esta pregunta en su nueva obra ‘Un fracaso heroico: el brexit y la política del dolor’ (Ed. Capitán Swing), en la que ahonda en la cadena de sucesos que culminaron con la salida de los británicos de la Unión Europea.

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30
Ene
2020
brexit

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Tenemos dos maneras muy diferentes de pensar en Inglaterra: como lo opuesto a nosotros y como un lugar donde nosotros puede significar algo mucho más fluido y abierto. Lo más emocionante de la década anterior al referéndum del brexit de junio de 2016 no fue que una de esas dos formas de pensar sustituyese a la otra; fue que ambas habían desaparecido. La primera —la noción de que Irlanda e Inglaterra son opuestas— hace mucho que desapareció. Ningún niño irlandés experimentaría hoy la sensación de extrañeza que experimenté yo en 1969 al trasladarme a un paisaje inglés: la mayor parte de los irlandeses viven en la actualidad en el mismo tipo de espacios urbanos o suburbanos que los ingleses. Irlanda es mucho menos católica e Inglaterra mucho menos protestante, y, en todo caso, la religión es mucho menos importante para la identidad colectiva de ambas naciones. Lo más importante quizás es que Inglaterra e Irlanda ya no son los polos opuestos de nacionalidad en estas islas: Gales, y en particular la agitada Escocia, son ahora partes mucho más asertivas de la matriz.

Por tanto, los antagonismos históricos con los que crecí han sido reemplazados por una intensa cooperación e interés mutuo por mantener la paz. No sería una exageración decir que las relaciones angloirlandesas eran con anterioridad al referéndum del brexit más cordiales de lo que nunca habían sido en toda la enmarañada historia de «estas islas». La desaparición de esta oposición simplista es algo bueno. Ha desaparecido en parte porque Irlanda ha cambiado. Hace mucho tiempo que se terminó la época en la que los irlandeses tenían que cruzar el mar para experimentar cómo era la vida en una sociedad multicultural y multiétnica: el rápido crecimiento de la inmigración desde la década de 1990 nos ha traído esa experiencia a casa. También pasó a la historia la época en la que las personas LGTB tenían que abandonar Irlanda para irse a la más culturalmente inclusiva Gran Bretaña. Desde 2018, las irlandesas ya no tienen que viajar de manera furtiva a Inglaterra para abortar. Si Inglaterra ya no es tanto una vía de escape para los irlandeses es en parte porque ya no hay tanto de lo que escapar.

La imagen de una Inglaterra abierta y tolerante no ha desaparecido, pero se está desvaneciendo

Pero las cosas también están cambiando por razones menos benévolas. La imagen de una Inglaterra abierta y tolerante, una tierra de oportunidades y aceptación, no ha desaparecido del todo, pero, desde junio de 2016, se está desvaneciendo rápidamente. Es más difícil saber qué opinión tener de Inglaterra porque es más difícil adivinar qué opinión tiene Inglaterra de sí misma. Al parecer, siempre tiene que haber una cantidad fija de ansiedad sobre la nación y la identidad en estas islas: cuando disminuye en una de las orillas del mar de Irlanda, como ha pasado en Irlanda, aumenta en la misma magnitud en la otra orilla.

Aunque la visión de los polos opuestos con la que solíamos vivir ha desaparecido, nos queda una paradoja: el mar de Irlanda nunca ha parecido tan angosto o sus dos orillas tan similares. Y, no obstante, Irlanda y Gran Bretaña van a estar más separadas de lo que han estado nunca, divididas por una frontera de la Unión Europea. Hubo una época en la que esta situación les habría parecido un sueño a muchos irlandeses, una época en la que los nacionalistas más fervientes no habrían querido nada mejor que una barrera lo más fuerte posible entre Irlanda y Gran Bretaña. Como dice la balada nacionalista irlandesa: «El mar, oh, el mar […] Que ruja entre Inglaterra y yo […] Gracias a Dios que estamos rodeados de agua». Pero ahora es difícil encontrar un irlandés que no se la- mente por cómo están las cosas. Eso en sí mismo nos dice algo. Por debajo de la política, se ha alcanzado un nivel de decencia cotidiana, de vecindad satisfecha. Después de tantos siglos de rencor, no es poca cosa.

Lo bueno de las relaciones angloirlandesas en las décadas posteriores al Acuerdo de Belfast es que por fin han evolucionado hasta ser agradablemente aburridas. Compartir un espacio pequeño en un mundo grande ha acabado siendo algo normal, como de hecho debía haber sido siempre. Los ingleses y los irlandeses no son los unos para los otros nada del otro mundo. Pero el hecho de que no sean nada del otro mundo es, realmente, algo que parece de otro mundo. Sólo por su falta de dramatismo no deberíamos considerar como algo dado este estado de cosas. Se ha conseguido con gran esfuerzo, y sería bueno no perder esto de vista en medio de la locura del brexit.


Este es un fragmento de ‘Un fracaso heroico: el brexit y la política del dolor‘, de Fintan O’Toole (Capitán Swing).

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