Cambio Climático

«Crisis sociales como la de Chile son una expresión más de la crisis climática»

Entrevistamos a Gonzalo Muñoz, paladín de la COP25, para aborda los principales retos de la cumbre climática que se celebra en Madrid.

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03
Dic
2019

Ante todo, Gonzalo Muñoz es un emprendedor climático. Hace 10 años fundó TriCiclos, una premiada empresa de reciclaje chilena y la primera de Latinoamérica que consiguió la Certificación B (de bienestar). A mediados de este año, el Gobierno de Chile, anfitrión inicial de la Cumbre del Clima, nombró a Muñoz High Level Champion –paladín– de la COP25, un cargo que anteriormente ostentó la embajadora francesa Laurence Tubiana. Su misión es conectar el trabajo de los Gobiernos con las iniciativas de las ciudades, regiones, empresas y naciones para combatir el cambio climático. Nos reunimos con él en la Talent Tower de Madrid tras un desayuno organizado por Forética. 


Es la primera vez que se designa paladín de una COP a alguien del mundo empresarial y no a un representante político. ¿Qué ha cambiado en la lucha contra el cambio climático?

En los últimos años hemos visto una aceleración tanto del grado de conciencia como de la información científica. Eso nos ha servido para darnos cuenta de la necesidad de involucrar a actores sociales que tradicionalmente no estaban en la conversación climática. Es decir, hasta el acuerdo de París se entendió que esta temática obedecía a la responsabilidad y a los intereses de las naciones. En lo que se llamó la ruta Lima-París se generó la Agenda Global de Acción Climática, refrendada en el Acuerdo de París y  en la que se menciona que la acción climática también está en manos de los actores no estatales. Ahí se abrió un espacio para crear vínculos no solo en el mundo empresarial, sino también con los municipios,  los Gobiernos locales, las oenegés y la ciudadanía. Era una manera de decir que tenemos que crear una agenda para activar estos actores, porque hasta entonces eran muy pocas las empresas que tenían un vínculo con el proceso de negociación de las Cumbres del Clima de Naciones Unidas. En ese momento se genera un diálogo para los actores no estatales estructurados dentro del Marrakech partnership y, desde entonces, el interés genuino de las empresas por ser parte de la solución del problema ha ido creciendo sostenidamente. Las empresas –sin olvidar que muchas llevan décadas trabajando activamente en ello– pueden ahora ser parte, mostrar sus resultados, generar cambios estructurales en sus industrias y sus cadenas de valor. Esto último es lo que más ha cambiado en los últimos cinco años.

«Es impensable imaginar el camino hacia la descarbonización si no estamos todos involucrados»

Hace apenas unas semanas, la ONU advertía de que los esfuerzos para limitar la subida de la temperatura en 1,5ºC estaban siendo insuficientes. ¿Qué pueden hacer los actores no estatales para acelerar el compromiso hacia un futuro más sostenible?

Uno de los problemas que hemos visto en los 25 años que se llevan celebrando las conferencias de las partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático es que, muchas veces, hay una necesidad de que sean primero los Gobiernos los que definan las condiciones y después las empresas y los demás actores no estatales se sumen a ejecutar las acciones. Sin embargo, hemos llegado a un momento en el que el nivel de urgencia y de emergencia climática obliga a los actores no estatales a anticiparse con soluciones que resuelvan esta crisis de manera proactiva. Cambia, por tanto, el sentido de la ecuación: no podemos seguir esperando hasta que se nos llame, tenemos que ir nosotros y que los Estados digan: «de acuerdo, esto ya está ocurriendo, acelerémoslo, escalémoslo».

Uno de los objetivos fijados en la Agenda 2030 es descarbonizar las economías de cara a 2030. ¿Cómo podemos buscar soluciones para garantizar que la transición hacia un sistema más sostenible sea justa y no deje a nadie atrás?

La descarbonización va a pasar, por un lado, por emitir menos y, por otro, por secuestrar más carbono. Por lo tanto, el proceso va a involucrar a todas las industrias: tenemos que aprender, como sociedad, a dar valor a los ecosistemas, a la biodiversidad, a la capacidad de la naturaleza de absorber carbono, y esto requiere un vínculo de aquellas personas que muchas veces han sido excluidas y que, además, están sufriendo más por la crisis climática. Es impensable imaginar el camino hacia la descarbonización si no estamos todos involucrados. La transición energética no es algo que ocurra en un laboratorio tecnológico en Palo Alto o en Hamburgo: tenemos que vincularnos todos a través de cada una de nuestras actividades. En algunos casos fluirán soluciones tecnológicas desde las grandes corporaciones o desde los Gobiernos y, en muchísimos otros, las soluciones se van a generar en las comunidades, lo que provocará que sean las personas que están en directo vínculo con la naturaleza las que generen las mejores soluciones. Es un mix donde la transición justa es una condición y, al mismo tiempo, un potencial extraordinario. Si nosotros somos capaces de poner el foco en las comunidades más vulnerables, vamos a poder desarrollar todo el potencial que tienen para acelerar la descarbonización.

«Si somos capaces de poner el foco en las comunidades más vulnerables, podremos acelerar la descarbonización»

Estudiantes de todo el mundo llevan más de un año vaciando las aulas cada viernes para pedir una mayor acción climática. En unos días se espera que Greta Thunberg llegue a Madrid para interpelar de nuevo a los líderes mundiales. ¿De qué manera los ciudadanos –sobre todo, esos jóvenes cada vez más concienciados– pueden contribuir a acelerar el cambio?

Los jóvenes tienen por lo menos cuatro ámbitos de poder con los que están cambiando el mundo. El primero, que es el tradicional, es el voto: en muchos países han cambiado las cosas a través de las urnas así que toca que se empoderen para que su voto sume y no reste. El segundo es el uso de la capacidad de compra, ya que en la mayor parte del mundo han ido adquiriendo mayor poder adquisitivo, que trae consigo la capacidad de fomentar o desincentivar actividades industriales, productivas o servicios positivos o negativos respecto a la crisis climática. Es importante que la juventud se empodere a conciencia, es decir, que se den cuenta de que cada vez que compran están construyendo o destruyendo el planeta. En tercer lugar está el uso del talento: tienen la capacidad –y la están usando– de exigir que en aquellos lugares donde se emplean, aquellas organizaciones en las cuales destinan su tiempo, estén alineadas con las problemáticas globales y, por tanto, exigen una relación que va mucho más allá de la mera transacción salarial. El cuarto poder que están ejerciendo es a través del amor, a través de las relaciones personales. Están logrando activar conversaciones en el interior de sus familias, en sus círculos más íntimos, lo que permite que las personas adultas generen un grado de conciencia que de otra forma no adquirirían.

En los últimos meses ha habido una gran agitación en Bolivia, Colombia o Chile. ¿Están estas crisis sociales dilapidando o postergando los objetivos medioambientales?

Las crisis sociales que estamos viviendo en muchos países, incluyendo por supuesto Chile, son una expresión más de la crisis climática que vive el planeta. Son la misma agenda: lo que nosotros estamos aprendiendo de manera extremadamente intensa es que hemos sobrepasado los límites de lo que era tolerable en términos medioambientales y sociales y, por ello, tanto el medio ambiente como la sociedad –coordinada o de manera muy distribuida– están manifestando que hay que generar cambios profundos y acelerados o no va a haber sostenibilidad. El planteamiento que nos ofrecen tanto las crisis sociales en nuestros países como las medioambientales expresadas en muchos casos a través de los fenómenos climáticos es que hemos llegado a un punto donde debemos forzar cambios para avanzar y transitar hacia una transformación del modelo de desarrollo hacia un modelo sostenible.

«Hemos sobrepasado los límites de lo que era tolerable en términos medioambientales y sociales»

Como paladín de la COP has pedido que se países, ciudades y empresas se unan a la Alianza de Ambición Climática. ¿Qué hace falta para crear una hoja de ruta común y definitiva?

Solo una cosa: que todos los líderes del mundo estén dispuestos a obedecer lo que nos dictamina la ciencia.

¿Qué se espera de la COP25? ¿Cuáles son sus objetivos?

Esperamos que se ponga el foco en la acción climática, en la implementación de los Acuerdos de París y en la contundencia de las indicaciones de la ciencia. Es decir, que sea una cumbre donde la ciencia esté en el centro. Que nos ayude a comprender qué es lo que tenemos que hacer en materia de implementación para llegar a ese mundo neutral en carbono y resiliente en el año 2050. Por lo tanto, esperamos que sea una cumbre donde esos temas sean recibidos e incorporados dentro de las actividades que tenemos que potenciar en las siguientes cumbres. En general, la evidencia científica tiene que conseguir que aumente nuestra ambición para resolver la problemática de una manera colaborativa. El mero hecho de que la COP no se haya podido celebrar en Chile y España la esté acogiendo ya es una señal extraordinaria de cómo somos capaces, en poquísimo tiempo, de generar acciones por el bien común en la medida en que somos capaces de convivir. Esa es la clave: ¿estamos o no dispuestos a convivir?

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