Opinión

‘Rhythm Is It!’ o el poder transformador del arte

El documental ‘Rhythm is it!’ refleja a través de la danza y la música la capacidad de las personas para cambiar su destino.

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11
Jun
2019

El sábado 18 de mayo, mientras seis millones de personas se sentaban delante del televisor a ver el festival de Eurovisión, optamos en casa por ver con nuestros hijos Rhythm Is It!, un documental estrenado en 2004, que hace años, cuando lo vi en el cine, dejó en mí una huella indeleble. Más que «¡El ritmo es esto!», como traducción literal del título del documental, la idea que transmite es la de que «el arte lo es todo»; una creación esencialmente humana con la capacidad de transformar al propio artista y al resto de seres humanos, ya sean espectadores, analistas o intérpretes de la creación artística.

Rhythm Is It! nos presenta un proyecto educativo y artístico en el que Simon Rattle, que había asumido ese mismo año el cargo de director titular de la Filarmónica de Berlín, involucra a toda la orquesta (en aquel año convertida en una fundación) para interpretar la partitura de La Consagración de la primavera compuesta por Stravinsky. La coreografía, ideada por Royston Maldoom, estaba pensada para ser bailada por 250 niños y jóvenes de colegios e institutos de los suburbios de Berlín. La gran mayoría de esos bailarines apenas tenía experiencia en el mundo de la danza, y muchos de ellos, desincentivados y en riesgo de exclusión social, eran refugiados recién llegados a Alemania. Con estos dos componentes, el documental va intercalando la preparación de la coreografía con los ensayos de la orquesta hasta la apoteosis de la exitosa puesta en escena final en el Treptow Arena de Berlín.

Royston transmite la fuerza necesaria para motivar el cambio en chicos y chicas más vulnerables

La obra empieza con la primera toma de contacto entre el coreógrafo inglés y su equipo, y los bailarines. Continúa con los progresos del grupo, y la historia individual de varios de los jóvenes, faltos de motivación y de ganas de involucrarse en el proyecto. Aquí pensemos en la compleja música de Stravinsky y lo que supone la danza para los avergonzados adolescentes, quienes, debido a su innato miedo al ridículo, utilizan el ruido y la contestación constante como medio de autodefensa. La historia transcurre combinando ensayos y retazos de entrevistas con los alumnos y de conversaciones con otros miembros del equipo y hasta con el mismo Royston. Como colofón, la pieza termina con el ensayo final de la orquesta y el estreno de la producción en la sala de conciertos berlinesa.

El resultado es realmente motivador, sugerente y fantástico: nos revela cómo en tan solo cinco semanas (el documental está dividido en partes, una por cada semana de ensayos) la perspectiva que los jóvenes se transforma radicalmente y transita del pasotismo inicial y el desasosiego por sentirse incapaces, hasta la superación y la ilusión por conseguir lograr algo grande.

El hecho de que Royston, procedente de un entorno marginal, encontrara ya de adolescente su vocación en la danza, transmite la fuerza necesaria para motivar el cambio y consigue hacer de los chicos y chicas más vulnerables personas que crean en sí mismas, convencidas de que con constancia y esfuerzo todo es posible. «¡Tú puedes cambiar tu vida!», les grita. Y es que en cada ensayo transmite, desde la sinceridad y la experiencia de lo vivido, la capacidad de transformarse y de crecer con la esperanza puesta en las propias fortalezas y en las compartidas. Cómo dice Rattle: «Cuando escuchas esta música te das cuenta de que no, no estás solo. Sientes el calor, un calor peligroso, una alegría que penetra la piel».

La historia nos habla del necesario sacrificio que debemos hacer las generaciones actuales para salvar el planeta

La obra musical escogida no es fruto del azar: en La Consagración de la Primavera, Stravinsky quiso representar los rituales primitivos que celebraban, tras el gélido y desapacible invierno en la estepa rusa, la llegada fulgurante y avasalladora de la primavera, a la que ofrecían en sacrificio a una joven que debía bailar hasta morir. Precisamente es Rattle quien nos cuenta esa misma historia en el documental y nos invita a darle un nuevo sentido: el del necesario e imprescindible sacrificio que debemos hacer las generaciones actuales si queremos salvar el planeta y que nuestros descendientes vivan una nueva primavera.

Con todo, el documental nos habla del poder de la educación, de la cultura, del arte -que, cómo dice el director de orquesta inglés, «se presenta como una necesidad, no como un lujo y la gente lo necesita como el aire que respira y el agua que bebemos»-, de la inclusión social, del valor de la diversidad y de la solidaridad y su capacidad para cambiar el destino de tantos y tantos desfavorecidos. También nos presenta la necesidad urgente de cambiar nuestros hábitos para proteger el medio ambiente y, así, dejar a las generaciones futuras un planeta sano. Al final, se trata de ética, en su sentido más práctico y prístino, pues desde Aristóteles a Wittgenstein, pasando por Kant, la ética siempre se ha relacionado con la estética. Wittgenstein llegó a afirmar que «ética y estética son lo mismo» y Kant nos transmitió la idea de que la belleza era un «símbolo moral».

Pero no se trata solo de la música y la danza. Iniciativas como la de Girl Be Heard, que ayudan, con éxito, a través del teatro a niñas y jóvenes transgénero de diverso origen étnico y socio-económico, se han convertido en un referente sobre cómo el arte puede cambiar vidas. En 2008 se le pidió a la directora artística de ese proyecto, Ashley Marinaccio, que escribiera y dirigiera un programa sobre el poder femenino en el Festival EstroGenius en Nueva York. Ashley invitó a doce mujeres jóvenes de diferente nacionalidad y entorno social a contar sus propias historias. El resultado fue transformador.

Sin ir más lejos, también en nuestro país, proyectos como el que muestra Juanma Valentín en el documental La edad de lo [im]posible, favorecen la inclusión de mayores con discapacidad intelectual gracias a la la conexión realizada a través de la práctica artística en diálogo con la naturaleza. Más allá de recoger visualmente el desarrollo del proyecto, la obra nos invita al debate y a la reflexión sobre los efectos que provoca en las personas la interacción con la naturaleza a través de la creación artística.

Y así, llegada la medianoche,tras ver con mi familia Rhythm Is It!, meditaba sobre estas cuestiones y me preguntaba en qué pensarían, a su vez, aquellos que seguían viendo el inacabable festival televisivo de Eurovisión.

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