Sociedad

Soledades urbanas

El aislamiento del individuo en los núcleos urbanos avanza como una pandemia, sin distinción de edad. La comunidad médica advierte de que la falta de afecto puede conducir a graves problemas de salud.

Artículo

Luis Meyer
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20
Feb
2019
soledad
© Verne Ho

Es muy probable que lo hayan visto, porque es uno de los anuncios más virales de los últimos meses: la marca de orujo Ruavieja ha logrado tocar la fibra de miles de personas calculando el tiempo real que nos queda para estar con nuestros seres queridos. A partir de parámetros como la edad, la esperanza de vida y las veces que hemos estado antes, físicamente, con esos amigos o familiares, establece una ecuación con resultados desasosegantes: en muchos casos, juntando minutos, no llega ni a las tres horas. Y algunos participantes eran treintañeros con mucha vida por delante.

Más allá de lo fiable de este estudio, su repercusión ha puesto de relieve el valor que damos a las relaciones afectivas, sean del tono que sean. Un bien que empieza a escasear en las grandes ciudades. Decía el periodista Enric González en su libro Historias de Nueva York que la metrópoli «fue y es refugio de librepensadores, charlatanes, inadaptados y gente rara». Si lo volviera a escribir hoy, posiblemente añadiría: «y gente solitaria». Y es que el aislamiento avanza en las grandes ciudades como una pandemia, lo que ha llevado a la primera ministra de Reino Unido, Theresa May, a crear el Ministerio de la Soledad. Es un fenómeno que afecta ya a más de nueve millones de ingleses, esto es, uno de cada diez.

La magnitud del problema radica en que no se limita a gente anciana cuyos familiares han dado la espalda (un problema común y ya conocido), sino que se extiende a la mediana edad. Y tiene especial incidencia, curiosamente, en las grandes ciudades, mientras pierde magnitud en zonas más despobladas. Según un estudio reciente de la Universidad de California, centrado en personas de 18 a 50 años, de clase media y urbanitas, una de cada cinco sufría de soledad persistente. En una encuesta similar realizada en la década de los setenta, era uno de cada diez.

Lo que ha impulsado a la primera ministra británica a crear un ministerio específico es que la soledad se ha convertido en un problema de salud pública en su país. Y no solo por su gran incidencia sino porque, como ha alumbrado un estudio reciente de la Brigham Young University, el aislamiento social conlleva la disminución de oxitocina, una hormona que libera la cercanía afectiva, desde la succión de la mama por el bebé a la caricia de un amante, un orgasmo o el abrazo de un amigo. Según varios estudios, su falta puede causar enfermedades, acelerar el envejecimiento, generar pesimismo y degenerar en conductas agresivas.

El aislamiento social incrementa el riesgo de obesidad, infartos y depresiones agudas

La ya conocida en círculos médicos como «soledad maligna» incrementa el riesgo de obesidad y, como alumbra un sondeo de la Universidad de Helsinki publicado en la prestigiosa publicación Heart, genera proclividad a los fallos cardiovasculares, la muerte prematura por hipertensión, los infartos, las adicciones, la depresión y la demencia. En Inglaterra, ya han calculado los elevados costes que todo esto supone para su sistema público de sanidad, y por eso han tomado cartas en el asunto.

Lo que hoy se plantea es por qué avanza la soledad en las grandes ciudades, cada vez más pobladas y, precisamente, en la era de la hiperconectividad. Paradójicamente, este podría ser uno de los detonadores, según un estudio de la Universidad de Pittsburgh, que concluye que, especialmente en la generación millennial, el uso intensivo de Facebook o Twitter lleva al aislamiento social. «No es verdad que las redes sociales nos estén separando», rebate Elena Martínez, socióloga de Latitud 40, un estudio de arquitectura, urbanismo y desarrollo social. «Hay que buscar el origen de este fenómeno en nuestra forma de producir, a la que nos ha llevado el capitalismo. Nos consume un montón de tiempo en asuntos que no tienen que ver con la vida afectiva, y nos deja poco espacio para las relaciones. Y esto se visibiliza más ahora porque tiene especial incidencia en las clases medias de las grandes ciudades. Los obreros pobres del siglo XIX tampoco tenían tiempo para las relaciones, pero no importaban a nadie». Según Martínez, las condiciones de vida actuales de la clase media han empeorado, en gran parte, por el ritmo frenético que nos impone nuestro trabajo, nuestro medio de vida. «En ese contexto las redes sociales no son culpables, sino consecuencia y, en parte, solución: no es que nos relacionemos menos porque pasamos tiempo delante de Facebook, sino que hay menos tiempo para contactar con gente, y por eso nos comunicamos por las redes sociales».

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© Andrew Gook

La experta matiza: «Otra cosa es cómo las usamos a veces, y vuelve a tener influencia el capitalismo, en este caso no en cuanto a cómo producimos, sino cómo consumimos: Tinder o Meetic fomentan que busquemos y desechemos a la gente que no nos gusta, es una suerte de mercantilización de las personas que promueve las relaciones de usar y tirar; eso muchas veces genera un vacío. No fomenta las relaciones continuadas en el tiempo, sólidas, que son las que nos reconfortan y nos dan afecto. Mercantilizamos las relaciones en muchos casos».

Hay quienes buscan el origen de esta pandemia en la concepción de las ciudades modernas, en las que el espacio público se entrega al sector privado y se generan espacios de paso, no de encuentro. Pero es una idea equivocada, porque la proliferación de terrazas o de kioscos de venta, por ejemplo, que llevan a la saturación de los centros urbanos, es, precisamente, un buen antídoto contra la soledad. «Se tiende a pensar que las zonas verdes o las calles anchas son lo que genera vida urbana, pero es justo lo contrario», explica el arquitecto urbanista Fernando García: «Cuanto más compacta sea una ciudad y más densidad tenga, más relacionada está con la escala humana. Las mejores plazas del mundo desde un punto de vista urbanístico, y de fomento del encuentro, están en Italia: la de Siena, la del Trastévere de Roma… Y son diminutas y completamente colmatadas». García añade: «El hecho de vivir solo en un piso, algo más común de lo que muchos creen, es una realidad muy reciente. Históricamente, la gente siempre ha vivido en comunidad, en familia. Los comunistas se cargaron el concepto de familia, pero tenían el colectivo. Los socialistas, los falansterios. Podía adoptar diferentes formas, pero en todos los casos se trataba de generar comunidad. Lo de vivir solos es algo que tiene que ver con el auge del movimiento moderno, a partir de las dos guerras, cuando se empezó a construir la vivienda barata de posguerra».

Reino Unido ha sido el primer país en crear un Ministerio de la Soledad

El movimiento urbanista moderno, por tanto, empezó a plantear la ciudad a partir de esos pisos y casas accesibles, y la ciudad pasó a ser algo residual, lo que queda entre esas viviendas. Pero a partir de los años sesenta, con la influencia de la activista Jane Jacobs (que luchó contra la deshumanización del centro de Nueva York), el auge del pedestrianismo y las tesis del urbanista danés Jean Gehl, se volvió a la idea de que el orden correcto era concebir primero la ciudad urbana y, después, la ciudad vivienda. «Por eso se vuelven a poner en valor los centros de las ciudades», explica García, «en concreto los cascos históricos, que tienen todos unas características comunes en todas las partes del mundo, ya sea el de Kioto, una favela de Río de Janeiro o cualquier centro medieval de Europa. Siguen los mismos patrones en su traza, en sus fachadas de en torno a los seis metros, en un tipo de escala humana en que ningún edificio tiene más de cinco plantas para no alienar a sus moradores. Son centros que incitan a salir a la calle y relacionarse. Contraponen el concepto de megalópolis como Los Ángeles, que fomentan todo lo contrario: desplazarse siempre en coche al trabajo por lo mucho que se ha expandido la ciudad, y llegar tarde a casa sin relacionarse con nadie. Eso es lo que origina, en muchos casos, el aislamiento persistente».

Sería un error pensar que la soledad se limita al hecho físico. En muchos casos es un sentimiento profundo que tiene poco que ver con un entorno más o menos nutrido. El psicólogo Andrés Arriaga reconoce que, entre sus pacientes, especialmente quienes han entrado en la cuarentena y trabajan desde casa, predomina esa sensación subyugante de desarraigo. Pero también tiene otros perfiles en su diván. «Una mujer de 44 años, con marido, hijos y un buen trabajo, pero con sus expectativas de vida no cumplidas. Su sentimiento de soledad surge en el hueco que queda entre las expectativas y la realidad», explica, y sigue: «Son personas que se sienten poco solidarizadas por el resto, porque quienes las rodean les dicen que lo han conseguido todo en la vida, que tienen éxito, y eso les genera la sensación de no poder compartir su frustración, su intimidad, no se ven en los ojos del otro, y es desolador».

Según Arriaga, las consecuencias psicopatológicas de la soledad son claras: «La formación de la autoestima viene de las fuentes ajenas. Si no existe eso, alguien en quien mirarse y que le devuelva su reflejo, uno no hace una construcción contundente de su propia imagen, y entonces los referentes solo vienen de ti, eres tú el que los produce, se desvirtúan y conducen inevitablemente a la melancolía y, en algunos casos, a la depresión».

Como tantas patologías de este tiempo cambiante y acelerado, la soledad aparece donde y cuando menos la esperamos. Ni el barullo de una calle frecuentada ni una red social con millones de usuarios al alcance de un clic son garantías para sortear ese sentimiento. Sencillamente, está ahí. Como lo describía la poetisa colombiana Beatriz Rivera: «Todos estamos solos en la ciudad, como calles sin pasos, escondidos del miedo y del silencio, desesperados de esperar la llegada de otras soledades que acompañen».

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