Cultura

«Las miradas de los niños que fotografío me torturan por las noches»

Entrevistamos a Pedro Armestre, fotógrafo comprometido y multipremiado, que acaba de exponer su trabajo ‘Destierradas’.

Entrevista

Luis Meyer
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31
Oct
2018
Pedro Armestre
El fotógrafo fotografiado: Pedro Armestre junto a una de sus imágenes, en la calle Serrano de Madrid.

Equipado con lo mínimo (una pequeña cámara y un par de objetivos), Pedro Armestre (Orense, 1972) retrata injusticias sociales y medioambientales por todo el mundo. Ser testigo directo de las imágenes más crudas de la realidad no es tarea fácil y en esta entrevista con Ethic -con motivo de su última exposición, ‘Destierradas’- Armestre se sincera y nos habla del fuerte impacto psicológico que supone su trabajo. 

Las fotos de Destierradas denuncian los excesos de algunas empresas en regiones desfavorecidas, y se han expuesto en plena calle Serrano de Madrid, la arteria comercial de las marcas de lujo. La imagen de dos metros que muestra las condiciones infrahumanas en una mina de oro de Guinea Bissau está justo al lado de la joyería Suárez, una de las más prestigiosas. ¿Ha sido premeditado?

Claro que lo ha sido. Nada es casual en esta exposición, así lo planteamos yo y Alianza por la Solidaridad. Mostrarla en este barrio de clase alta y conservadora tiene más mérito que hacerlo, por ejemplo, en Lavapiés. Allí jugaríamos en casa, y tendría mucho menos impacto.

Una sola imagen, ¿puede cambiar las cosas?

La clave para comprobarlo es el retorno económico. La forma de medir el impacto es cuando, a raíz de esa foto, hay gente que pone pasta por la causa que estamos denunciando. Así de fácil. Pero tengo que matizar que, en realidad, me dedico a campañas integrales, mi trabajo va mucho más allá de hacer fotos. Elaboro estrategias para conseguir que esa imagen llegue al público y lo sensibilice. La instantánea es solo el resultado de mucho trabajo anterior, que parte de qué es lo que buscamos y por qué. Me siento más realizado con una exposición como Destierradas que trabajando para un un periódico, por ejemplo, porque sé que no la publico en un medio, sino que me la van a publicar en veinte medios.

Una de las fotos de ‘Destierradas’, de Pedro Armestre. Puedes ver más en nuestra galería.

Retratas la miseria para que el resto del mundo tome nota. ¿Dónde está el límite entre la información y el morbo?

El morbo está en la mente de quien observa. Yo soy un mero eslabón entre una realidad y otra. Reflejo lo que hay en una realidad, y se la muestro a la otra. Cuando trabajo con Save the Children, por ejemplo, tengo unas restricciones brutales por la protección a la infancia. Pero es por proteger al menor de edad, no porque le vaya a sentar mal una de mis fotos a un señor que está cómodamente sentado en una terraza de Madrid. Cada vez que la sociedad llama a un fotógrafo morboso, aprovechado, o buitre, me alegro, porque eso significa que le estamos tocando las pelotas. Si no me dijeran ninguna de esas cosas, significaría que no estoy revolviendo conciencias. Dicho esto, en términos periodísticos, una situación terrible, dada en un informativo, es información. Pero cuando lo pones en un programa de entretenimiento, en bucle, eso sí que es morbo, para aumentar la audiencia, y hacer caja.

«Cada vez que la sociedad llama a un fotógrafo morboso, me alegro, porque eso significa que estamos tocando las pelotas»

¿Y qué pasa con el fotógrafo? En tu caso, ¿has dejado de publicar una imagen porque te pareciera demasiado fuerte? ¿Has aplicado la autocensura alguna vez?

Una vez, casi. Haciendo una galería para El País sobre los rohingyas, tomé la imagen de un niño que me molestaba especialmente. Era como un perrillo mojado y abandonado. Me lo encontré en un camino de pronto, con cara de pánico, y unos ojos enormes que me miraban acojonados. Hice dos disparos y no pude seguir. Al volver a ver la foto después, se me encogía el alma, y no la incluí. Pero esa noche me desperté, y me dije: ‘Mi trabajo es remover conciencias. Empezando por la mía’. Al día siguiente llamé para que la incluyeran.

Cuando vemos una foto de un hecho dramático, casi nunca pensamos en la persona que la ha tomado, en el fotógrafo.

Es normal, y es como debe ser. Pero mucha gente piensa que los fotógrafos somos gente aventurera, que nos encanta viajar y vivir experiencias, la adrenalina. Hay una parte de eso, por supuesto. Porque si no, no estás en este circo. O no lo aguantas. Pero yo no me voy para vivir aventuras, sino para recoger testimonios. Y eso tiene una carga emocional brutal. Cada viaje te deja unas cuantas mellas, y la gente, eso, no lo ve.

¿Y qué haces para sobrellevarlo?

Este año estoy bastante tocado, voy a ir al psicólogo a que me organice un poco la cabeza. He viajado mucho, y no me ha dado tiempo a procesar todo lo que he visto y vivido. Me he enfrentado a muchos viajes muy complicados y dramáticos, he saltado de uno al siguiente sin tiempo ni capacidad para asimilar el anterior. Me he enfrentado a situaciones que no tienen nada que ver con las nuestras, en la otra punta del planeta. Me he dado cuenta de que estoy totalmente desequilibrado. Y no me di cuenta hasta que paré, para tomarme un respiro, unas vacaciones.

¿Hay una fotografía, en concreto, que te haya provocado este estado?

No es una imagen, ni dos, ni tres. Son miradas. Son las que me torturan por las noches. Tengo fantasmas. Sobre todo miradas de niños. En Bangladesh con los rohingyas, en Sierra Leona, denunciando el matrimonio infantil allí en la frontera con Liberia, en zonas extremadamente remotas, en las que pienso: ‘Yo estoy de paso, pero estas niñas tienen este terror y no pueden salir de aquí. No pueden escapar.

Claro, porque tú acabas tu trabajo, te subes a un avión y vuelves a tu realidad.

Y te conviertes en un trastornado. Llegas a tu casa y en muchas cosas no entiendes a tu familia, ni a tus amigos, porque te sientes de pronto en una sociedad frívola. Pero es un pensamiento injusto, porque no es así. Sencillamente, tu entorno está en una realidad distinta, no ha vivido lo mismo que tú.

¿Te arrepientes de lo que has vivido?

En absoluto. Es un privilegio poder estar a caballo entre esos dos mundos, y poder experimentar en vivo todas esas cosas. Poder comparar con conocimiento de causa.

Una de las fotos de ‘Destierradas’, de Pedro Armestre. Puedes ver más en nuestra galería.

También trabajas para Greenpeace. ¿Qué imágenes de catástrofes medioambientales te han impactado más?

La catástrofe del Prestige. El día que empezó a hundirse el barco, yo había quedado para tomar unas cañas con unos amigos. Lo vi en la tele, y me pedí una sin alcohol. A la hora estaba en un coche camino a Galicia, aunque no tuviera ningún encargo. Y llegando me llamó el director de Greenpeace, y luego los de varios periódicos. Había llegado muy pronto, y en ese momento solo estaba trabajando la prensa local, por eso vendí muchas fotos. Pero me afectó muchísimo.

«Ahora que cualquiera puede hacer una foto técnicamente impecable con un teléfono móvil, lo que te diferencia es la composición»

Resulta curioso que menciones un hecho tan concreto, ya pasado, cuando has estado en varias expediciones en el Ártico, un problema tan presente.

Porque lo del Prestige tenía unas connotaciones especiales. Soy gallego, y ver aquel desastre ecológico en playas y lugares que conocía de siempre, que eran familiares para mí, fue realmente triste. Por supuesto, el deshielo del Ártico me impacta muchísimo cada vez que voy y lo veo en directo.

¿Cómo fue llevar hasta allí a un genio de la música como Ludovico Einaudi, con un piano de cola, y que tocara encima de un cascote de hielo?

De locos. Así me tacharon en Greenpeace cuando llegué con la propuesta. Pero era algo tan genial, que debía hacerse, y para Greenpeace hay pocas cosas imposibles. Posiblemente sea una de mis fotos más famosas, pero eso demuestra que la técnica es lo de menos, sobre todo en esta era que la que cualquiera puede hacer una foto técnicamente impecable con un teléfono móvil. Lo importante, lo diferenciador, es la composición. Allí está el trabajo hercúleo, llevar a Ludovico hasta esa parte del mundo y que se pusiera a tocar en un glaciar. Una vez lo logramos, lo único que tuve que hacer fue ‘clic’ con mi cámara. La foto, ya estaba hecha antes.

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