Justicia para Anne Brontë
La pequeña de las Brontë pasó a la historia como la hermana sosa. En realidad, fue la autora de dos novelas con mensajes revolucionarios.
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En las películas sobre las hermanas Brontë, Anne suele ser (salvo en To Walk Invisible, una excepción) poco más que un personaje de figuración, con pocas líneas y poco peso en la trama. La cultura popular ha asumido que puede que las hermanas escritoras fuesen tres, pero que las que realmente importan son dos, Charlotte y Emily.
Esto está muy conectado con ese mito que la investigadora Lucasta Miller investiga en su libro, muy esclarecedoramente titulado The Brontë Myth. Charlotte y Emily encajaron con las pulsiones de los siglos XIX y XX, respectivamente, y se sucedieron como «la hermana del momento». Charlotte Brontë pudo, incluso, vivir su época de gloria antes de morir, cuando ya era la única hermana restante y los círculos literarios estaban fascinados con la historia de la autora de vida trágica que escribía aquellas novelas desde los tenebrosos páramos.
Emily Brontë se convirtió en la hermana favorita cuando, en las primeras décadas del siglo XX, se pusieron de moda el psicoanálisis, el modernismo y otras vanguardias que veían en Cumbres borrascosas una obra experimental (y también cuando el mainstream biempensante decidió cancelar a Charlotte cuando se publicaron, en 1913, las apasionadas cartas que le había escrito a su profesor de francés, casado). Anne Brontë no ha tenido, todavía, su gran momento dorado, a pesar de que, en realidad, sus obras son tan interesantes que, para su fandom (que existe), sobresalen por encima de las que produjeron las tres hermanas.
Anne Brontë pasó a la historia como la hermana piadosa y aburrida del trío de escritoras y como la autora poco relevante. Si había entrado en la historia lo había hecho navegando en la estela que dejaban sus dos hermanas que eran mejores. Hasta su biografía se transmitía como inevitablemente aburrida: la última hija, criada por su tía y que prácticamente no dejó nunca la casa familiar.
La vida de Anne Brontë es mucho más que todo eso. En realidad, de las tres, Anne fue posiblemente la que tuvo una vida laboral más interesante y que la llevó más tiempo fuera del hogar. Lo dejó cuando era muy joven (y sola) para ser institutriz. Incluso su religiosidad tiene matices que ahora, desde el mundo del siglo XXI, nos cuesta interpretar, pero sobre lo que quienes han recuperado su figura (como Adelle Hay en Anne Brontë Reimagined) insisten en que implican creencias más subversivas de lo que podría parecer ahora a primera vista.
Pero si su vida privada fue aburrida o no es irrelevante, porque si Anne Brontë ha pasado a la historia es como escritora. No conservamos sus obras de juventud, ese ciclo de Gondal que ella y Emily escribieron de forma conjunta, ni otros escritos que seguramente serían ahora muy relevantes y que se perdieron con el paso de los años. Sí conservamos sus dos novelas, Agnes Grey y La inquilina de Wildfell Hall.
Agnes Grey ha padecido la comparación con la novela de Charlotte, Jane Eyre, porque ambas cuentan las historias de dos institutrices y porque Jane Eyre fue ya desde su publicación un best-seller. Sin embargo, no solo Agnes Grey es anterior, sino que además se basa en la realidad. Anne Brontë no escribió ni una historia gótica ni una fantasía romántica, sino que tomó lo que ella misma había vivido (ella, que sí había trabajado durante años como institutriz) para capturar las miserias del día a día de esas trabajadoras. Anne dejó testimonio, haciendo una suerte protocrítica de clase y feminista de lo que había vivido.
En ‘La inquilina de Wildfell Hall’ cuenta la historia de una mujer atrapada en un matrimonio abusivo
Pero es, justamente, La inquilina la más subversiva de las novelas de Anne Brontë y, seguramente, de las tres hermanas. Pensar que no lo es supone, en realidad, pecar de un cierto presentismo, de ver con los ojos del siglo XXI algo que se escribió y publicó en el siglo XIX. Quienes la leían en su época supieron verlo: esta era una novela sobre la que se temía que le diese ideas a las mujeres que la leían. Su primera edición se agotó en cuestión de semanas (por lo que se vendió mucho más rápido, en realidad, que las novelas de sus hermanas).
En La inquilina de Wildfell Hall cuenta la historia de una mujer atrapada en un matrimonio abusivo y, sobre todo, cómo decide tomar las riendas de su vida para escapar a esa situación. Lo hace llevándose a su hijo y siendo autónoma a nivel económico. Anne Brontë da a su protagonista toda la agencia, haciendo de paso que se salte todas las leyes de su época y lo que la sociedad biempensante asumía como correcto. La escritora defiende la libertad de las mujeres para tomar sus propias decisiones, tener su propio dinero y propiedades (algo que las leyes matrimoniales británicas no contemplaban y no lo hicieron hasta finales del XIX) y mantener la custodia de sus hijos (las madres la perdían en caso de separación, algo que evidenció el polémico caso de Caroline Norton).
Además, la protagonista no es castigada por ninguna de esas decisiones. Al contrario, la historia la recompensa: la novela tiene un final feliz (al menos, desde la óptica de su tiempo). Y no solo eso: todo este desarrollo de la trama le permite a la escritora desmontar también al héroe byroniano: Anne Brontë hace un «amiga date cuenta» con unos cuantos siglos de adelanto. Si tiene a su mujer encerrada en el ático, parece decirte la hermana pequeña, no es un hombre atormentado que va a cambiar por ti. Mejor, huye.
Charlotte Brontë, la albacea literaria de su hermana, vetó nuevas reimpresiones de la novela durante años
Era, en resumen, una novela polémica, que tocaba temas complicados (por ejemplo, el alcoholismo, que las Brontë conocían de primera mano gracias a su hermano Branwell y que Anne desromantiza en su novela), tanto que en la segunda edición su autora acabó incluyendo una nota previa para reivindicar poder escribir sobre todas esas cosas.
Fue, igualmente, una novela de vida póstuma compleja. Charlotte Brontë, la albacea literaria de su hermana, vetó nuevas reimpresiones durante años. Solo dio luz verde a una reimpresión que se convertiría, a la larga, en un golpe mortal para la supervivencia dentro del canon de esta novela. Para cumplir con los requisitos de extensión de la colección en la que iba a aparecer, la novela tuvo que ser mutilada, lo que le hizo perder calidad y eliminó pasajes relevantes. Como cuenta en Take Courage Samantha Ellis, esa versión mutilada fue la que se convirtió en canónica, al ser reeditada en múltiples colecciones de novela popular. Incluso ahora mismo se pueden encontrar reediciones y traducciones que toman ese texto sesgado como referencia. Y no fue hasta 1992 que se publicó una edición académica que resolvía todo este entuerto.
Esto ha hecho que las palabras de Anne Brontë fuesen censuradas y las capas de dinamita que ella había aplicado fueron desmanteladas. No deja de resultar paradójico que esto le pasase a la hermana Brontë que pasó a la historia como la que era silenciosa y gris, la que se puede perder entre las sombras.
La verdadera Anne Brontë murió en 1849, en un pueblo costero al que insistió en ir a pesar de que estaba muy enferma, porque quería ver el mar. Está enterrada en un cementerio al lado del mar y no con su familia, que está en la iglesia de Haworth a donde ahora peregrinan en masa turistas literarios.
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