Cultura

Juan Soto Ivars: «En la izquierda se promueven otras leyes mordaza»

Nos reunimos con el escritor y columnista Juan Soto Ivars, que reflexiona sobre el lastre social de la corrección política.

Artículo

Luis Meyer
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02
Oct
2018
Soto Ivars

La redacción de Ethic tiene tres puertas. Por eso, cuando llega, lo primero que comenta es: «Igualita que la habitación de Kafka». Le confesamos que en este habitáculo se viven momentos tan o más surrealistas que los que describía el autor de La metamorfosis, y nuestro invitado responde, comprensivo: «Yo he estado a punto de convertirme en insecto varias veces».

Esto es un encuentro informal, con hamburguesas y algunos botellines de cerveza desperdigados sobre la mesa. Posiblemente, la mejor manera de entrevistar (por llamarlo de alguna manera) a un personaje difícilmente acotable. Juan Soto Ivars (Águilas, 1985) empezó como escritor, luego pluriempleó a su pluma en la prensa, y a su lucidez lingüística como miembro del consejo asesor de la Fundéu.

Aunque dio sus primeros pasos con novelas como Siberia o Ajedrez para un detective novato (ambas premiadas), enseguida se dio cuenta de que la realidad circundante contenía temas mucho más ricos y agradecidos para un escritor, y se lanzó como ensayista con Un abuelo rojo y otro abuelo facha y Arden las redes, donde advierte del poder letal de un mero tuit e inaugura el término «poscensura». Acaba de volver a lo novelable con Crímenes del futuro (Candaya), aunque lo que cuenta tiene más de distopía que de ciencia-ficción: un mundo en el que desaparece toda forma de Estado, reemplazado por poderosas multinacionales.

Actualmente es columnista en El Confidencial, y lo ha sido en El Mundo y El País, aunque de este último provocó su propio despido, valiéndose de lo mejor (y según él, lo único) que sabe hacer: escribir. Su última columna para el suplemento Tentaciones contenía un mensaje cifrado en forma de acróstico que rezaba «Cebrián es un tirano como Calígula». «Cuando demandó a El Confidencial por haber publicado su relación con el caso de Los papeles de Panamá, fue la gota que colmó el vaso. Ya no quería estar en ese medio», cuenta, pero matiza: «Ahora, con el cambio de la ejecutiva y la llegada de Soledad Gallego-Díaz como directora, El País vuelve a ser un gran periódico».

Juan Soto Ivars, con todo, se niega a calificarse como periodista. «Le tengo demasiado respeto a esa profesión. Yo no tengo fuentes, ni agenda, no hago investigación ni reportajeo. Lo mío es otra cosa, no es periodismo», se confiesa. Es consciente de que pertenece a ese nuevo fenómeno de columnistas estrella, cuya fama trasciende lo que escriben, y que incluye a jóvenes opinadores como Manuel Jabois, Diana Aller, Antonio Lucas o Sabina Urraca. «No me han pedido un autógrafo por la calle aún, pero tampoco me extrañaría si sucede. Y al revés: perfectamente podrían partirme la cara. Lo curioso es que cuando menos interesas es cuando escribes acorde con lo que esperan de ti. Si me salgo un poquito del camino esperado, las visitas de mi columna se multiplican vertiginosamente, al mismo tiempo que los comentarios que me ponen a parir».

Se confiesa de izquierdas, porque le preocupan «los mismos temas», pero en sus columnas no se casa con ninguna ideología concreta. De hecho, es especialmente crítico con los desmanes de la clase política situada en ese espectro ideológico. «Muchos de quienes me leen me tachan de derechista. No me pillan el punto», explica. Acepta la etiqueta de librepensador. Y como tal, mantiene una cruzada contra las redes sociales o, más concretamente, la poscensura que en ellas se ha generado, en gran parte, promovida por los sectores de izquierda.

«La víctima de la poscensura no son las personas, ni los colectivos. Es el debate público»

«Empecé a interesarme por la libertad de expresión cuando vi casos de linchamientos digitales. Gente que usa su libertad de crítica se une en grupos demasiado grandes para acabar atacando la reputación de una persona que ha dicho algo que les parece inconveniente», cuenta. «Recuerdo artículos muy tempranos de Javier Marías, donde gruñía por esto, porque él no está acostumbrado a que le critiquen, porque viene del papel. Y alertaba de este linchamiento digital, como un nuevo tipo de censura. Se publicó un libro en Estados Unidos muy bueno, de Jon Ronson, Humillación en las redes, que contaba los primeros casos paradigmáticos. Como el de una chica que viajaba a Sudáfrica de vacaciones, en 2011, y antes de subir al avión puso un chiste en su muro de Facebook: ‘Espero no coger el sida. Jaja, es broma, soy blanca’. Y cuando aterrizó, la habían despedido del trabajo. A partir de casos como este empecé a ver la libertad de expresión como una amenaza. Los de nuestra generación venimos de una época en la que se podía decir todo. Como mucho, los católicos fundamentalistas podían montar un pollo por la obra del Teatro Alfil Me cago en Dios, o ese tipo de cosas, pero eran grupos organizados y perfectamente detectables como fanáticos. Pero de pronto la ofensa se convirtió en algo negativo para nosotros, porque se estaba ofendiendo a gente con la que estábamos de acuerdo: feministas, gente de izquierdas… y ahí empecé a preocuparme de verdad. Porque gente que piensa como yo está abogando por la limitación del derecho a la libertad de expresión en aquello que no les gusta».

Soto Ivars diferencia estos casos de la censura, un movimiento vertical del poder político, de un Estado, hacia quien piense diferente. «Pero esto era otra cosa, porque no puedes acusar de censura a quien no ostenta el poder político. Había surgido un poder nuevo, un poder colectivo, el de las redes sociales, que es mucho más grande de lo que pensamos. Y que tiene cosas positivas, claro: por ejemplo el movimiento Me Too, que ha derrocado al productor más influyente de Hollywood. Antes de las redes nadie podría haber acabado con Harvey Weinstein, era demasiado poderoso. Controlaba los medios de comunicación».

El autor establece una línea entre el activismo y el linchamiento. «La poscensura es cuando ese movimiento estalla por algo que se ha dicho. Pero pienso que nada de lo que se diga merece un linchamiento. Ni siquiera la mayor atrocidad. Menos el insulto o la calumnia que puede hacerte un daño personal, o a tu negocio, que está tipificado como delito en el Código Penal, todo lo demás se tiene que poder decir. Porque somos adultos y tenemos la capacidad de combatir las ideas con las que no estamos de acuerdo. Por tanto, la poscensura surge cuando mucha gente ejerce en grupo y a través de las redes sociales un poder de silenciamiento. La censura típica es la del editor de una revista al que ponen una multa por un artículo. O el caso de Willy Toledo, al que procesan por cagarse en Dios. Pero la víctima de la poscensura es el debate público. Incluso ataca a los de su propio bando, os pongo un ejemplo: el humorista Bodegas, y su polémico monólogo sobre los gitanos. Todo el mundo sabe que no es racista, es un humorista, digamos, de los nuestros. Y por un chiste se convierte en el racista de la semana, cuando todos sabemos que no es así. A él le afecta eso, porque no lo es. A Trump le da igual que le llamemos racista».

En la conversación surge otro aspecto peligroso del poder de las redes sociales, o de los medios influyentes: la incitación al odio. En un tuit reciente, el autor escribía que eso le parece el concepto más discutible del planeta, y que lo único que había generadoValtonyc con sus letras es odio en masa hacia su persona: «Cuando Jiménez Losantos suelta una burrada en la radio, la gente no se siente incitada a odiar a aquellos a los que menciona, sino al propio Jiménez Losantos. Cuando Willy Toledo se caga públicamente en la Virgen, el único odio que genera es el de los católicos hacia su persona. No de la sociedad hacia los católicos. Hace falta una sociedad muy diferente a la nuestra para que la incitación al odio tenga efectos. Como en Ruanda, cuando una emisora de radio llamaba a la matanza de la etnia rival. O la de Alemania en los años treinta. Hoy, en nuestra sociedad, no existen líneas rojas en la incitación al odio. Las últimas fueron en Euskadi, cuando ETA estaba matando. Ahí, la situación era tan particular, con asesinatos políticos, que sí debía perseguirse la incitación al odio de la izquierda abertzale. Pero si te fijas, las denuncias de incitación al odio se han multiplicado por diez desde que ETA entregó las armas. Los casos son abundantes: Soziedad Alkoholika, La Polla Récords, los grupos de rock radical vasco… Sufrían menos censura cuando ETA estaba activa. Y eso, en mi opinión, es porque cuando mejor estás más te molesta lo que oyes».

La Ley Mordaza, según Soto Ivars, no es más que la poscensura que surge de la calle y de las redes, que ha llegado al Poder Judicial. En una de sus columnas más polémicas, consideraba que la izquierda vive acomplejada, muerta de miedo a que les consideren fachas, machistas o racistas. «Lo que a mí me da miedo, y por eso critico en eso a la izquierda, es que cada vez hay más ‘leyes mordaza’. Hace poco, Podemos tramitó una proposición de ley de ofensas al mundo LGTBI, que tenía un artículo copiado directamente de la Ley Mordaza. Eso ocasionó que David Bravo [entonces diputado por Almería] se saliera del partido. La ofensa, que te convierte en alguien que tiene razón, acaba derivando en legislaciones represivas. No podemos legislar como si fuéramos niños. Porque se carga el derecho a la libertad de expresión, que se basa en la confianza de que somos adultos. Hay columnistas y escritores que traslucen un ramalazo homofóbico, por ejemplo. Pero considero que eso no es más que una limitación del propio autor. Y la española es una sociedad especialmente poco homófoba, como demuestran todos los estudios. Por eso, convertir esos mensajes contra los gays en una noticia de portada, atribuyéndole a una persona carca y antigua un poder de resonancia enorme, es un error».

Al igual que hace él mismo, para Soto Ivars es fundamental que cada cual pueda expresar lo que se le pase por la cabeza, sin restricciones. «Estoy de acuerdo en que la gente que está en contra de la inmigración pueda expresar su xenofobia. Igual que quienes piensan que la tierra es plana o que el 11-S fueron los alienígenas, o quienes niegan el cambio climático o alertan de que las vacunas causan autismo. Eso siempre es bueno, porque origina una contestación, una refutación. Es la forma de combatir ideas estúpidas. Si esas ideas se prohibieran, la gente se las pasaría por Whatsapp igualmente, y adquirirían una fuerza mucho mayor».

Según el escritor, las redes sociales no son peligrosas porque por allí puedan circular mensajes de cualquier tipo, sino por las reacciones en masa a esos mensajes. Durante la conversación, sale a colación el hecho de que uno de los creadores de Facebook acabara de declarar que se arrepiente, porque esa red social está contribuyendo a destruir la democracia. «Y es verdad. Cataluña, por ejemplo, es un laboratorio perfecto para investigar la capacidad de polarización de las redes sociales. Es una polarización atroz: hay dos pensamiento únicos. El de Ciudadanos, el PP, Sociedad Civil Catalana y los españolistas, y luego el de los independentistas. Y se alimentan de medios que dicen lo contrario. En el 1 de octubre, cuando las hostias, escribí un artículo sobre lo que había visto, que era muy horrible. Viejas recibiendo porrazos. No soy independentista, pero aquello me afectó mucho. Pues bien: en las redes, los españolistas decían que habían sido vídeos falsos. Los otros, exageraban lo que había sucedido. Tanto unos como otros mentían. Eso es lo que hacen las redes sociales en una sociedad muy dividida por culpa de una política del sí o no. El Brexit es otro ejemplo claro: todas las teorías que corrían por las redes sociales antes del referéndum eran alucinantes. Eran desinformación pura. No hablo de la de los medios. Sino la de las redes sociales. Porque el problema es que tú compartes lo que te quieres creer. No lo que es verdad».

Aunque es murciano, Soto Ivars reside desde hace tiempo en Cataluña con su mujer, y ha vivido en directo los últimos capítulos del conflicto. Por supuesto, se ha formado una opinión, que traslada sin recato a sus columnas: «No hay que llegar al extremo que dice El Mundo, de que exista una alienación en las escuelas, por ejemplo. Pero sí hay un victimismo generalizado por el hecho de ser, y sentirse, catalán. Arcadi Espada tiene una frase muy buena: que ahora hace falta un héroe del repliegue en el independentismo. Esto es: se han dado contra la pared del Estado, han visto que van a la cárcel, dónde está el límite. Y ahora hace falta alguien que, sin cambiar mucho el discurso, empiece a hacer el Moonwalker. A dar pasitos leves hacia atrás. Y que sea capaz de hacerlo sin que los ‘indepes’ le llamen traidor. Pero eso sucederá dentro de mucho, no creo que antes de diez años. Ahora, los políticos independentistas han visto que se pueden mantener en el poder sin hacer nada. Con pura propaganda. Con sus tuits».

«Un albañil y un abogado, hasta hace poco, compartían clase media según la derecha»

Sea cual sea el tema de conversación, la corrección política es siempre un anatema para el autor. «Está en la izquierda y la derecha. La de la primera intenta imponer, desde la soberbia y la arrogancia, una serie de conceptos que tenemos que asumir si queremos ser buenas personas. En cambio, la de derechas conecta con las aspiraciones, a través de eufemismos. Te dicen que no eres pobre, sino ‘no rico’. Clase media. Un albañil y un abogado, hasta hace poco, compartían clase media según la derecha. Pero el primero se basaba en el crédito y, el segundo, en el patrimonio que producía. También te dicen que no estás explotado, sino que formas parte de la economía colaborativa. Defienden a empresas como Glovo. No tiene trabajadores, sino colaboradores, que facturan como autónomos, según los kilómetros recorridos para la aplicación. Y pagan más o menos según la hora. Pues bien: Glovo decide bajar los bonus, pero los trabajadores se enteran cuando entran en la aplicación. No se les comunica. No se pueden sindicar, porque son freelancers. Pueden trabajar hasta 10 horas diarias, pero no están contratados. Eso tiene un nombre: explotación».

Pero, ¿podemos realmente hablar de lucha de clases? Nuestro invitado lo tiene claro: «Por supuesto. Esa es la gran cuestión. La lucha de clases no es cosa del pasado. Ya no se trata de obreros contra patronos, pero la teoría de Marx sigue muy presente. Lo vemos en nuestro día a día». Se explica: «Todos vivimos más o menos igual. Todos nos tomamos nuestras cañas. Todos nos pagamos nuestro alquiler, o nuestra hipoteca. Pero, de entre tus amigos, hay un grupo que puede ir al dentista si se les jode una muela, y otro que no se lo puede permitir. Si hay un gasto inesperado, hay una parte que no lo puede asumir. Eso son dos clases sociales. Yo acabo de ascender de clase. Pero hace dos años tuve este problema: tuve una caries, y me vi obligado a pedir dinero a mis padres. A mi mujer le pasó algo parecido, pero ni siquiera sus padres podían costeárselo. Eso pasa todavía hoy, y eso es diferencia de clases».

Soto Ivars vuelve a su cruzada contra la corrección política. La columna que más ampollas ha levantado de su carrera se titulaba Izal y la rebelión de las groupies (cómo destrozar la vida de un artista), en la que escribía: «¿Por qué ha desaparecido el término ‘groupie’ desde que empezaron a pasar por la picadora tipos como Izal? ¿Nunca han existido las zorras? ¿Me lo estáis diciendo en serio?». En ella, no solo defendía al cantante Izal, acusado de acosar a una joven en las redes sociales (asegura tener el controvertido chat de Whatsapp al completo y hablar con conocimiento de causa), sino que ponía el foco en otras chicas que se acercan a los famosos con motivos espurios. Curiosamente, lo que más misiles ocasionó en su contra no fue el contenido, sino el hecho de denominarlas zorras. «He visto a dos activistas discutir porque una se refería a otra como señora y la otra como mujer. Hasta el punto de que ‘señora’ se veía como algo peyorativo. No hay que llegar a esos extremos. Porque la manera en que nos expresamos depende mucho de muestra cosmovisión. No de una intencionalidad». El autor lamenta: «El feminismo de la diferencia está muy acallado, y no debería ser así, porque tiene un poder político que es vital. Creo que la defensa de la equiparación de los permisos de paternidad y maternidad es fundamental para una sociedad más igualitaria. ¿Se puede llegar a eso sin necesidad de desdoblar el lenguaje, de decir siempre ‘¿todos y todas?’. Por supuesto. De hecho, se está llegando. El debate sobre si hay que decir ‘miembras’ se come demasiado espacio en los medios y deja en un segundo plano lo realmente importante de este movimiento».

Antes de despedirse, vuelve a la poscensura: «Los usuarios más reaccionarios de las redes se encargan de ridiculizar el feminismo con esas cosas que no tienen tanta importancia. Eso es lo peligroso». El escritor sale por la misma puerta kafkiana por la que entró. Y, a pesar de participar durante un par de horas del surrealismo de la redacción de Ethic (agudizado por las cervezas), no, no se convirtió en insecto. Una lástima. Habría sido un gran titular.

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