Economía

«La economía no tiene en cuenta el planeta en que vivimos»

La académica de Oxford Kate Raworth publica Economía rosquilla, un libro con el que demuestra que la economía convencional nos ha llevado por el mal camino.

Artículo

Luis Meyer

Fotografía

Cristina Crespo Garay
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23
Mar
2018

No la llamen economista, porque les torcerá el gesto. Por mucho que esta académica de Oxford (como sí le gusta definirse) haya estudiado Económicas y su trayectoria, desde Naciones Unidas hasta Oxfam, haya estado ligada a la economía, ella insiste en que su intención iba en otro sentido: cambiarla de raíz. Kate Raworth (Londres, 1970), acaba de cristalizar su particular misión en un libro, Economía rosquilla (Paidós). En el resto del mundo escenifica como un doughnut, pero en nuestro país, al ser una marca registrada, la editorial ha tenido que recurrir a nuestro dulce idiosincrásico. Lo importante es que tienen la misma forma, la del diagrama con el que Raworth está poniendo patas arriba los fundamentos de la economía mundial.

La académica aboga por desterrar la curva del PIB como única medida de crecimiento, y fijarse en un dibujo circular compuesto por un anillo con un agujero en el medio. Fuera de él están los «excesos», como la polución o la pérdida de biodiversidad y agua potable; dentro del orificio las «carencias», entre ellas la igualdad social, el agua potable, la educación o la energía. En el medio, esto es, en la propia rosquilla, está el punto de equilibrio, allí donde realmente prospera una sociedad. El propio World Economic Forum lo difunde en su página web, y un medio como The Financial Times se ha referido al libro de Raworth como «un intento admirable de ampliar los horizontes del pensamiento económico».

«Basar el crecimiento en la curva del PIB es un error profundo de base»

Dices que la economía es errática, que está mal planteada de base. ¿No es una afirmación demasiado absoluta?

Cuando me fijo en la manera en la que gestionamos este mundo en el que vivimos, realmente pienso que vamos en la mala dirección. Estamos en un momento de mucha desigualdad en el que un enorme porcentaje de la población no tiene los bienes esenciales. Es una curva de desigualdad creciente, y vamos a llegar hasta los 10.000 millones de habitantes este siglo. De modo que la cosa no pinta muy bien. Creo que una de las razones es que hemos estado operando con las teorías económicas que se imparten en las universidades, que han acabado formando la narrativa aceptaba por la mayoría en las conversaciones de los parlamentos, en los medios.

Saliste muy decepcionada de la carrera de Economía.

Sí. Yo entré realmente para aprender sobre políticas públicas para afrontar los retos que veía que emergían a mi alrededor en los años ochenta. El agujero de la capa de ozono, la hambruna de Etiopía, los gases de efecto invernadero… Pero, estas cosas, se quedaban enterradas bajo grandes montones de teorías que no tenían en cuenta los factores externos, lo que realmente estaba sucediendo en el mundo. Sentía que lo que necesitábamos realmente era un nuevo y gran punto de partida, del que no se hablaba en la facultad.

¿Por qué escribiste este libro? ¿Crees que realmente cambiará las cosas?

Si te soy sincera, nunca pensé que llegaría a escribirlo. No era mi plan. Estudié Economía y terminé frustrada por lo que me habían enseñado. Tanto, que no me veía en absoluto presentándome como: «Hola, soy economista». Sentía una especie de vergüenza, porque pensaba que no estábamos haciendo lo correcto. De modo que decidí sumergirme por mí misma en la economía del mundo real. Estuve trabajando en un proyecto de cooperación en Zanzíbar y me quedé fascinada por la manera en que eran capaces de sobrevivir. De mantener sus economías familiares sin apenas recursos, gestionando lo poco que tenían de una forma inteligente, casi sobrehumana. Y me di cuenta de que la capacidad para tener una buena economía no depende del dinero que tengas, sino del uso que le des. Luego estuve trabajando en Naciones Unidas, en un equipo encargado del informe Human Developement Report (Informe de Desarrollo Humano), y lo que realmente hacíamos era redefinir lo que era el desarrollo humano. Más tarde, en Oxfam, seguí haciendo campañas que tenían una base económica, pero vinculada a la injusticia social o al cambio climático.

Y entonces, llegó la rosquilla…

La primera vez que dibujé ese diagrama, lo escondí en el cajón de mi escritorio. Porque lo veía como algo que me podía ayudar a entender las cosas de una manera global, pero nunca pensé que alguien más podía interesarse por eso. Y de repente me vi hablando, cada vez más, con los compañeros de Oxfam sobre qué es el verdadero desarrollo social, y poco a poco empezaba poner el ejemplo de mi diagrama, y al final terminaba dibujándolo en un papel… Y mi entorno me decía: «Esto es realmente interesante. Deberías ir a Naciones Unidas, y mostrárselo. Úsalo como una herramienta negociadora». Y allí estaba yo al poco tiempo, sentándome frente a esa gente tan importante, para unas negociaciones tan duras y relevantes, poniendo mi dibujo encima de la mesa como argumento. Y me sorprendieron las reacciones. Recuerdo a la portavoz de la delegación de Argentina. Era una mujer muy elegante, que se puso a golpear el dibujo con la yema del dedo índice mientras me decía: «Siempre he pensado que el desarrollo debería ser esto. Lleva esto a Europa, e intenta convencerles».

De modo que también tuve reuniones con representantes de la Unión Europea. Algunos lo veían válido, otros lo rechazaban. Pero por lo menos generaba debate allí donde lo llevaba. Se estaba generando una conversación necesaria. Y entonces me di cuenta del poder de estos dibujos. Porque si te limitas a llegar con un listado de conceptos, de lo que consideras importante para un desarrollo real de la sociedad de un país, y los muestras en un listado, no suele suceder nada. Pero si los muestras representados en una imagen, en el lugar que les corresponde, entonces generas reacciones. La gente empieza a hacer preguntas. A interesarse. Y esto es lo que me animó a reflejarlo en un libro. Con más diagramas. A poner en duda lo tácito, lo que se daba por sobreentendido. A poner en duda, por fin, nuestro sistema económico.

¿Te gustaría que este diagrama se enseñara en las universidades igual que, por ejemplo, la curva el PIB?

Lo que me gustaría, más que nada, es saber que tanto en los colegios como en las facultades, allí donde se estudien fundamentos económicos, el primer día de clase no se enseñara, como suele suceder, la gráfica de la oferta y la demanda. En cada universidad a la que voy a dar una conferencia, siempre que pregunto: «¿Qué es lo primero que habéis aprendido?», todos me responden, da igual el idioma que hablen, «la oferta y la demanda». Y eso lo único que lleva es a asegurar que la economía es el mercado. Y el mercado es beneficio. Son muchas falsedades en una sola afirmación. Me gustaría que en la primera clase se iniciara una conversación sobre qué es el mundo que habitamos. La economía es el poder que tenemos para gestionar los recursos. Y siempre debe de estar ligada al planeta del que dependemos.

Tu diagrama puede ser un buen punto de partida.

Puede ayudar a entender muchas cosas. Pero no quiero que acabe siendo un dogma, como la curva de crecimiento del PIB o el gráfico de la oferta y la demanda. Sí una vía para iniciar una conversación. De hecho, cuando enseño la rosquilla, suelo preguntar: «¿Qué falta aquí para ti? ¿Qué cambiarías?». E inicio un debate. Una diálogo crítico.

«La oferta y la demanda no debería ser la primera lección en la Universidad»

¿Por qué los economistas son incapaces de predecir una crisis con el tiempo suficiente para reaccionar?

Lo primero que te dirá un economista es que la ciencia de la economía no se trata de predecir. Que no entiendes lo que es. Que solo somos analistas de datos, y explicamos la relación de estos datos entre sí. Para mí es una postura con la que se ponen a la defensiva. El propio Alan Greenspan, en la última crisis, dijo públicamente: «Nunca pensamos que esto sucedería». Y eso que los economistas suelen tener modelos con infinidad de posibilidades. Pero ninguno incluía una herramienta que realmente les permitiera entender cómo funcionan las finanzas y el dinero. El economista Stephen D. King dijo que los modelos que usan los bancos centrales y el FMI son como tratar de analizar el comportamiento de los pájaros sin reconocer que tienen alas. Los modelos, por tanto, no sirven, porque excluyen las dinámicas del sistema financiero, y cómo dependen del mundo en el que vivimos. Y son lentos. No tuvieron en cuenta la crisis ecológica, por ejemplo. O por lo menos, no que sucedería tan rápido. Lo mismo con la crisis financiera. Lo de Lehman Brothers fue de un día para otro, y repercutió en el mundo entero, y seguimos sufriéndolo diez años después. Pero obviamente, un colapso de esa envergadura se venía fraguando desde mucho antes.

En tu libro mencionas los Objetivos de Desarrollo Sostenible como un paso en la buena dirección. Pero el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, dijo hace poco que vamos demasiado lentos, que a este paso no cumpliremos los objetivos marcados para 2030.

No soy excesivamente optimista ante ese escenario. Y no apostaría al 100% que cumpliremos con el calendario marcado. Pero sin duda es un avance, porque el mero hecho de que se hayan comprometido tantos países, supone que elementos como la lucha contra el cambio climático, o la justicia social, empiezan a formar parte de sus economías, y por ende de la economía global. Al menos, se toman en cuenta. Eso, sin duda, es un avance respecto a lo que teníamos antes.

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