Derechos Humanos

Crecer bajo las bombas

Cerca de 50 millones de niños en el mundo han tenido que huir de sus hogares a causa de la violencia, la pobreza o los desastres naturales. Una afirmación que en 2018 se ha tornado en advertencia.

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Alejandra Espino

Redactora

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Unicef
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01
Feb
2018

«No hay causa que merezca más alta prioridad que la protección y el desarrollo del niño, de quien dependen la supervivencia, la estabilidad y el progreso de todas las naciones y, de hecho, de la civilización humana», sentencia el Plan de acción de la Cumbre Mundial a favor de la Infancia. Una afirmación que en 2018 se ha tornado en advertencia, pues aquellos llamados a ser el futuro viven en una grave situación de emergencia. «1 de cada 4 niños vive en un país afectado por un conflicto o desastre. Casi 50 millones de niños han tenido que huir de sus hogares a causa de la violencia, la pobreza o los desastres naturales», concluye Unicef en su informe Acción Humanitaria para la Infancia 2018, que ha presentado en el edificio de la Fundación Telefónica.

El recrudecimiento de la violencia, la escasez de recursos cada día más acusada, el aumento de la complejidad de los conflictos armados y la consecuente dificultad para dar una solución a las repercusiones sociales y humanitarias que todo esto provoca, ha sido (y es) la radiografía de una buena parte del mundo durante 2017. Iraq, Nigeria, la República Árabe Siria, la República Democrática del Congo, Sudán del Sur y el Yemen llevan ya muchos años en situación de emergencia. Allí, una gran parte de la población está formada por niños que más que vivir, sobreviven. Y lo hacen a pesar de la escasez de agua y de comida en una edad en la que el desarrollo biológico es especialmente vulnerable, pero también de la falta de escuelas donde formarse, de lugares donde jugar y, fundamentalmente, a pesar de la falta de oportunidades de futuro que se les presentan.

«Los niños tienen una capacidad de recuperación ante los traumas más rápida que los adultos»

Las situaciones extremas que se viven en estos lugares traen consigo otra realidad que no hace más que entorpecer las posibilidades de mejora: el auge de enfermedades. «El año pasado se produjo un número sin precedentes de brotes de cólera. En muchos casos, los enfrentamientos violentos y la interrupción de los servicios públicos causaron el desmoronamiento de los servicios de agua y saneamiento, que a su vez favoreció la propagación del cólera en las comunidades afectadas y generó una situación de emergencia dentro de otra emergencia», cuentan desde Unicef. «El año pasado tuvimos 72 casos de polio en Siria, una enfermedad que está a punto de ser erradicada y contra la que estaban vacunados el 100% de los niños del país en 2011», añade Fran Equiza, representante de la ONG en Siria.

Falta de agua potable, saneamiento deficitario y malnutrición  

El origen de la reaparición de enfermedades prácticamente extintas o el repunte de las que ya estaban controladas se encuentra en la gran mayoría de los casos en la escasez de agua potable, un saneamiento insuficiente y la falta de alimentos. Tres realidades que suelen ir de la mano y que son, a su vez, consecuencia de un conflicto violento y causa de muchas muertes. «En muchos países afectados por conflictos mueren más niños debido a enfermedades causadas por agua sucia y un saneamiento pobre que por la violencia directa», explica Manuel Fontaine, director de Programas de Emergencia de Unicef.

ninos guerra unicef

Ante situaciones de emergencia no se puede perder de vista el factor de la vulnerabilidad. Si bien es cierto que, como argumenta Sara Bordas, jefa de Operaciones de de la ONG en Bangladesh, «los niños tienen una capacidad de recuperación ante los traumas más rápida que los adultos», también es verdad que son los más perjudicados cuando faltan servicios básicos de salud y nutrición. Por poner dos ejemplos, en el campo de refugiados que acoge a la comunidad rohingya de Myanmar en Bangladesh, el 6,2% de los niños presentan desnutrición aguda o severa. En Guta, una localidad muy próxima a Damasco, el porcentaje aumenta hasta el 11,9%.

La incapacidad de establecer puestos de agua y centros sanitarios son los otros dos grandes retos a los que se enfrenta la ayuda humanitaria cuando acude a lugares en conflicto. Por un lado, se encuentran con la falta de espacio que hay en la práctica totalidad de campos de refugiados. «Cada persona debe tener 45 metros cuadrados contando con la casa y la letrina», explica Sara Bordas. En el campo rohingya donde ella pasa la mayor parte del tiempo, no llegan a los cinco metros cuadrados por persona. En el otro lado se sitúa la ventaja estratégica y la capacidad real de poder que supone controlar estos recursos, especialmente el agua, por lo que en lugares como Siria no es raro que acaben en manos de grupos terroristas como Daesh.

Educación, la pieza clave para asegurar el futuro  

Los estudios suelen ser lo primero que se abandona cuando tu casa es bombardeada o cuando tu ciudad es asediada. Y lo último en retomar cuando cuando vuelve la vida normal. Ir a la escuela es un derecho que tienen, pero también es el salvavidas ante la radicalización y la posibilidad de perder a generaciones enteras de un país.

«Necesitamos poner a esos niños en el colegio, necesitamos que aprendan a convivir, que lo que han visto de sus mayores los últimos siete años no es lo normal. Es una interrupción de la vida, no es lo que debe existir. Ellos dentro de 30 años serán ministros, maestros, periodistas, tendrán compañías… Y el modelo de sociedad que quieran construir depende de lo que nosotros hagamos ahora», reflexiona Fran Equiza.

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