Derechos Humanos

«La triste realidad es que las vidas de los congoleños y las nuestras no son percibidas de igual manera»

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20
febrero
2024

Tres cuartas partes del suministro mundial de cobalto se extrae en República Democrática del Congo, a menudo por niños en condiciones infrahumanas. El escritor, investigador, guionista y activista contra la esclavitud moderna Siddharth Kara se adentró en la realidad del país y el resultado se puede leer ahora en español en ‘Cobalto rojo. El Congo se desangra para que tú te conectes’ (Capitán Swing, 2024). En este libro denuncia la vulneración de derechos humanos y la violencia que se vive en las minas donde se extrae este material, componente esencial en nuestros dispositivos móviles; una realidad invisible pero devastadora que muestra la otra cara del progreso tecnológico actual.


¿Cómo llegas a la República Democrática del Congo y qué te empuja a llevar a cabo la gran investigación que recoges en el libro?

Durante muchos años, desde los 2000, me he dedicado a investigar sobre el trabajo infantil en muchos países alrededor del mundo. Hacia 2016 unos colegas en África me contaron que algo malo estaba pasando en la R. D. Congo acerca de la extracción de cobalto y decidí ir a ver qué pasaba. En ese momento yo pensaba que el cobalto era un color, y poco sabía acerca del hecho de que se usaba para hacer baterías en la mayoría de gadgets que usamos diariamente. En el primer viaje me dediqué a establecer relaciones en el terreno para ganarme la confianza de los actores locales. Fue en estas primeras visitas en las que vi la magnitud del problema y su severidad. Algunas de esas imágenes eran tan devastadoras y estaban tan directamente relacionadas con nuestro día a día que me rompieron el corazón. Tenía que contarlo.

¿Cómo fue el proceso de aproximación a las comunidades locales y la realización de entrevistas? ¿Fue difícil acceder, que se abrieran, que quisieran participar?

Fue un proceso largo, que tomó diferentes viajes para establecer relaciones de confianza con las comunidades. La gente no estaba segura de participar, de hablar sobre lo que pasa. La verdad no se supone que deba revelarse, y existen stakeholders muy poderosos que tienen demasiado control en todas las operaciones. Me tomó un buen tiempo hablar con la gente y generar la confianza necesaria para que se sintieran cómodos para hablar. Tuve que demostrar primero que mis intenciones eran solamente informar al mundo de sus historias y su realidad. Personas como tú o como yo no pueden funcionar sin cobalto, pero no sabemos de dónde viene ni tampoco cuál es la historia que se esconde detrás. Y el mundo tiene que saberlo.

«Las conversaciones más dolorosas fueron seguramente con padres que habían perdido a un hijo en los túneles de las minas de cobalto»

¿Cuál fue tu entrevista más difícil?

No hubo nadie que fuera particularmente más difícil que los demás, pero hubo encuentros que fueron mucho más dolorosos y devastadores. Incluso cuando no hay una conversación puede ser devastador. Me acuerdo de ver a niños colgados en las minas, a diez metros con solamente una cuerda, niños de ocho, nueve, diez años, sin ir a la escuela, expuestos diariamente a tóxicos altamente contaminantes, en situaciones miserables… a cambio de un euro al día. Un sueldo que permite que tú conectes tu teléfono móvil cada día. Encontrarte de cara con esta dura realidad es escalofriante. Las conversaciones más dolorosas fueron seguramente con padres que habían perdido a un hijo en los túneles de las minas de cobalto. Las confesiones sobre el inmenso dolor por la pérdida de un hijo quemado vivo para sacar cobalto es algo inexplicable e inimaginable.

¿Cuál es el dato que menos se conoce acerca del cobalto rojo?

Es la historia entera la que no se conoce, por ello es necesario generar muchísima conciencia y sacar a la luz la verdad para que millones de personas en el mundo sepan que no pueden funcionar sin cobalto más de 24 horas, y que tres cuartas partes de la disponibilidad global vienen de Congo en condiciones infrahumanas. Las compañías que venden estos materiales se aseguran de que se explique que sus productos cumplen con los derechos humanos y no tienen ninguna relación con el trabajo infantil, pero estas afirmaciones son ficciones si comprenden cómo funcionan las cadenas de suministro. La triste realidad es que no puedes separar lo que ha hecho un niño de lo que ha hecho un excavador en este tipo de contextos, y afirmar que sí se puede hacer es falso. Estamos directamente relacionados con las condiciones de quienes sufren, y las historias que cuentan las compañías de coches y de telefonía son ficciones que perpetúan el business as usual de estas aberrantes realidades.

«Existe una responsabilidad en el diseño de la cadena de suministro de la que actualmente no se rinden cuentas»

¿Qué responsabilidad tienen las empresas tecnológicas en esta tesitura?

Toda la responsabilidad se encuentra en la cadena de suministro. Hay una enorme demanda de cobalto. Han sido decisiones de diseño las que han aumentado la demanda de cobalto porque maximiza el uso de la batería y todo lo que sigue hace que la demanda se encuentre en el pico de la ola. Cada día y para cada nuevo producto. Ni los derechos humanos ni ninguna de las promesas de estas empresas son verdaderas en Congo. Existe una responsabilidad en el diseño de la cadena de suministro de la que actualmente no se rinden cuentas pero que es la única que permitiría que la situación cambiase.

 ¿Existen alternativas realistas al cobalto rojo?

La alternativa es consumir materiales de forma responsable. No hay nada malo con el cobalto, lo que está mal es el proceso de extracción y de minería que viola los derechos humanos y destruye el medio ambiente, que tala millones de árboles, emite sustancias tóxicas al entorno desde las instalaciones de procesamiento y que hace que todo el país esté contaminado y destruido para que nosotros podamos vivir nuestras vidas recargables y tener vehículos eléctricos a costa de la destrucción del corazón de África y de la gente que vive allí. El cambio no consiste en sustituir el cobalto por otra tecnología, sino solucionar el problema de violencia y vulneración de derechos que existe hoy.

«Hay mucho de neocolonialismo en esta situación, los gobiernos occidentales no han prestado atención a las consecuencias de su paso por el territorio africano»

 ¿Cómo se relacionan las dependencias coloniales respecto a la situación actual?

Hay demasiados actores relacionados con este gran crimen contra la población de Congo. El Gobierno de la República Democrática del Congo tiene mucho que decir acerca de no ser transparente sobre la realidad de la minería, pero también las compañías chinas que controlan gran parte de las minas y están generando tanto daño medioambiental y permiten el empleo de niños en la cadena de suministro. Pero claro, también son parte de ello los compradores de los materiales, los elaboradores de políticas de defensa de derechos humanos que no se implementan, los creadores de vehículos eléctricos que han aumentado la demanda de este material y permiten que la violencia siga campando y se pueda extraer este material sin responder a la responsabilidad de su extracción. Hay muchos actores involucrados, pero al final se trata de los que están en la cima de la cadena de suministro, quienes toman las decisiones finales y tienen el poder de cambiarlas, pero no lo hacen. La responsabilidad se encuentra en aquellos que han iniciado la cadena, que han causado la situación original y permiten que se perpetúe. Hay mucho de neocolonialismo en esta situación, y es que los gobiernos occidentales no han prestado ningún tipo de atención a las consecuencias de su paso por el territorio africano.

¿Existe una forma sostenible y alineada con los derechos de los trabajadores de continuar extrayendo cobalto rojo?

Si el cobalto se encontrara en Barcelona, Londres o Nueva York, la situación habría sido sostenible desde el inicio, o como mínimo mucho más que en Congo. Esta situación solamente sucede porque el cobalto aparece en África. Si fueran niños occidentales, estarían en la escuela, porque las compañías deberían cumplir con criterios de producción sostenible y de tóxicos. Todas estas regulaciones que aplicamos en nuestra infancia y nuestro medio ambiente esconden una realidad: cuando lo mismo pasa en un país africano parece que a nadie le importa. Aquí emerge el verdadero problema, que no reside en el cobalto en sí sino en la forma en que hemos tratado a las personas africanas con diferencia de a nosotros mismos. El hecho de que las empresas tecnológicas tengan aún instaurado el marco colonial de que las vidas de las personas en Congo no son tan importantes como las nuestras, y por ello podemos explotarlas tanto como queramos. Es duro, es incómodo, pero es la realidad: si valoramos la vida de todas las personas por igual, no estaríamos en la situación que estamos. Después de leer el libro las evidencias hablan por sí solas.

«Las compañías nos han asegurado que esto no sucede, pero nos han hecho partícipes contra nuestra voluntad de una trama escondida de sufrimiento y devastación»

¿Qué puede hacer un ciudadano corriente del Norte Global para evitar esta situación?

Los ciudadanos corrientes deberían sentir rabia y enfado de ser participantes involuntarios en este ciclo de violencia, en saber que sus hábitos de consumo esconden la violencia hacia el trabajo infantil, la tala de árboles o la polución de las aguas. Las compañías nos han asegurado que esto no sucede, pero nos han hecho partícipes contra nuestra voluntad de una trama escondida de sufrimiento y devastación. Con este enfado, debemos generar conciencia de lo que sucede, de que esto no puede suceder y que todo el mundo debe saberlo. Dar voz a las voces de Congo para que surjan a la superficie de nuestras realidades y para que la industria del cobalto rojo se vea presionada por la sociedad civil internacional. En este punto será cuando los líderes deberán tomar medidas porque la presión de la opinión pública será demasiado fuerte. En cuanto a nuestros hábitos de consumo, hay poco que podamos hacer, pero quizás no renovar nuestros teléfonos tan a menudo, quedarnos con una versión antigua pero que funciona bien para evitar que la extracción se dispare. Me gustó mucho ver vídeos de unos jóvenes en TikTok que leyeron el libro y decidieron terminar con su consumo de vapeo porque sus baterías llevaban cobalto, y empezaron una campaña para levantar conciencia acerca de estas prácticas. Creo que todos los formatos son buenos y que es importante que minimicemos nuestra contribución a la demanda, aunque este no sea el problema de raíz.

¿Cuáles han sido las principales consecuencias del libro? ¿Tienes planes para continuar esta línea de investigación?

Ahora mismo para mí ir a Congo es arriesgado, me he ganado muchos enemigos. Sin embargo, tengo muchos colegas en el terreno que están usando el libro como forma de herramienta para concienciar a la sociedad civil y conseguir financiación para fines activistas en el territorio. Dentro de todo lo que pueda, continuaré trabajando y colaborando con estos proyectos, y usaré toda la energía generada con la oleada del libro para avanzar en esta dirección.

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