Opinión

TTIP: ¿oportunidad o amenaza?

La posible aplicación del Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversiones ha traído consigo opiniones encontradas. Ethic recoge en este análisis coral la visión de distintos expertos.

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20
Sep
2016

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El TTIP, ese acuerdo cuyas negociaciones cocinan Estados Unidos y Europa para crear el área comercial más grande del mundo, ha suscitado una gran polvareda de polémica. Antonio Garrigues-Walker, Teresa Ribera, Juan Torres, Daniel Lacalle, Ska Keller, Emilio Ontiveros, José Ignacio Torreblanca, Manuel Conthe y Rosa Martínez analizan para Ethic la naturaleza del acuerdo y sus negociaciones.


Antonio Garrigues-Walker
Jurista cofundador de Transparencia Internacional España

«Nadie quiere dañar el medio ambiente ni la salud humana»

Hay que valorarlo dentro del contexto de dónde deben estar las prioridades europeas y dónde están los riesgos para Europa. Y tener en cuenta un dato importante: el Acuerdo del Pacífico ya se ha hecho. La agenda del Pacífico empieza a prevalecer en Estados Unidos sobre la agenda atlántica. El tema de los mares es importante también. El Mediterráneo, médium terre, estaba en medio de la tierra y era Europa la que dirigía el mundo. Luego fue América y ahora va a ser el Pacífico. Esto va a implicar un desplazamiento de la actividad comercial, lo que para España es malo y para Europa todavía es peor.

El TTIP está generando en Europa una oposición radical. Yo afirmo categóricamente que es un tema que tiene que ser perfectamente negociable. Estoy convencido de que nadie quiere dañar el medio ambiente ni la salud humana. No se trata de ceder, se trata de que tiene que haber una voluntad negociadora. Tiene que haber límites, líneas rojas. Las negociaciones las está dirigiendo fundamentalmente Alemania, y Alemania es un país serio. Como todo en la vida, si Europa llegara a tener una postura común en este tema, las cosas se simplificarían mucho. Igual que en materia de refugiados, sigue desunida. Estados Unidos no tiene que insistir demasiado, y Europa puede perfectamente mantener sus principios.

En materia laboral, todo incremento de la actividad comercial y de servicios crea empleo. Pero comprendo que haya discrepancias de opinión. Aunque hay que decir que los riesgos también vienen del hecho de que se estén produciendo avances en la robótica, la inteligencia artificial, que pueden afectar a la creación de empleo de una manera dramática. En definitiva, pueden entenderse. No se deben formular posiciones radicales, sino llegar a un acuerdo. Habrá que vigilarlo con especial cuidado.


Teresa Ribera
Directora del Instituto de Desarollo Sostenible y Relaciones Internacionales (IDDRI)

«No cabe el oscurantismo en las negociaciones»

Depende de lo que contenga, de lo que favorezca, de lo que impida, de las garantías de protección y del modo en que se garantice el acceso a los sistemas de solución de controversias para todos aquellos que perciban la vulneración de un derecho o la necesidad de resolver un conflicto. Pero, como casi todo, depende también de la percepción que tenga la sociedad sobre su utilidad y legitimidad.

La idea es, conceptualmente, buena: firmar un tratado internacional transatlántico que simplifique aspectos regulatorios facilitando las relaciones comerciales, allí donde las dos grandes partes firmantes se sientan suficientemente cómodas y reconocidas entre sí. Simplificaría y abarataría muchos procedimientos beneficiando, por tanto, a consumidores, empresas y contribuyentes a las haciendas públicas que pagan los gastos de control y verificación administrativa. Se trata de un marco de negociación flexible que permite el reconocimiento mutuo de los procedimientos, ordenado todo ello en capítulos susceptibles de alcanzar un mayor o menor grado de detalle en función de la compatibilidad entre las partes. Cabe excluir aquello en lo que no estemos de acuerdo o introducir salvaguardias cuando se estime que el nivel de protección es inferior.

La puesta en escena, hasta la fecha, deja mucho que desear, suscitando dudas que hacen muy difícil respaldar el trabajo hasta ahora realizado sin revisar a fondo qué y cómo se propone acordar. El TTIP será bienvenido si cumple con el mandato que recibió la Comisión, en línea con la esencia misma de la Unión Europea: lograr una unión destinada a promover el desarrollo sostenible basado en un crecimiento equilibrado, tendente al pleno empleo y al progreso social y en un nivel elevado de la calidad y mejora del medio ambiente. No caben, sin embargo, ni el oscurantismo, ni la desprotección de aspectos básicos para los europeos ni, mucho menos, la dilución general del acceso a la justicia pública e independiente.


Juan Torres
Catedrático de Economía en la Universidad de Sevilla

«Lo peor del acuerdo es la pérdida de derechos sin debate social»

¿«Armonización normativa»? Estamos acostumbrados ya a que las políticas económicas se apliquen a base de eufemismos que ocultan lo que llevan dentro. Se habla de libre comercio cuando, en realidad, las grandes potencias se protegen, o de desregulación cuando se trata de regular con ética diferente a la anterior. Lo mismo sucede ahora.

Lo peor del acuerdo son muchas cosas: el secretismo, que es radicalmente incompatible con el «libre mercado» que dice favorecer; la pérdida de derechos y protección sin debate social; el incremento de poder de mercado y la pérdida de competencia; el incremento del riesgo que conlleva y la pérdida de seguridad jurídica.

El TTIP creará empleos en unas actividades gracias a la reducción de costes laborales y se perderán en otras. Decir que el saldo será positivo equivale a decir que implica una pérdida neta de bienestar.

La inclusión de tribunales de arbitraje privados me parece la prueba palpable de que el capitalismo de nuestros días, que se refleja en este tratado, es incompatible con la democracia tal y como la hemos entendido hasta ahora y cómo creo que debe ser entendida: uno no puede ser el juez de sus propias actuaciones.

Por otro lado, hay quien entiende o defiende cierta opacidad en las negociaciones por tratarse de un tema complejo. Pero no es tan complejo como se dice. Es bastante elemental. Y lo que debe determinar que se lleva a cabo un debate social sobre algún tema no es su complejidad, sino su impacto sobre el patrimonio y las condiciones de vida de las personas.


Daniel Lacalle
Economista y gestor de fondos de inversión

«Ningún tratado se ha negociado como si fuera un ‘reality show’»

Lo primero y más importante: la armonización normativa no es rebajar las leyes al mínimo divisor común. Ningún tratado de libre comercio, jamás, se ha superpuesto a las leyes de los países. Eso es una interpretación torticera. Se trata de establecer normas comunes que hagan más fácil a las empresas llevar a cabo sus negocios; sin duplicidades burocráticas.

Cuando se habla del TTIP en España, parece como si Estados Unidos fuera un escenario de malvados cowboys. El primer problema es que el debate parte de falacias. Si en la UE hay una serie de productos que no está permitido comercializar, no se van a aprobar. Pero, segundo: ¿no será que en la UE hay una serie de productos vetados por razones peregrinas? Podríamos plantearnos de una vez esta glorificación del intervencionismo en que vivimos.

Nadie dice que no vaya a haber un control exhaustivo de las normativas de seguridad y de administración de productos farmacéuticos o cosméticos. Ya tenemos decenas de tratados de libre comercio con otros países y no estamos comiendo yogures nigerianos.

Respecto a la reivindicación de mayor transparencia, ningún tratado se ha negociado como si fuera un reality show. Da exactamente igual, como si lo firman dos tíos en un garaje. Todos tendrán que ser ratificados, no solamente por el Parlamento Europeo. Son temas muy complejos, se llevan a cabo entre varias delegaciones.

Por otro lado, las grandes empresas no necesitan tratados de libre comercio. Los tratados eliminan precisamente algo que ellas ya tienen: influencia sobre los gobiernos. El TTIP va a beneficiar a las pymes exportadoras. Además, todos los tratados que existen han mejorado la renta disponible de las familias y han aumentado el PIB. En cuanto a los tribunales de arbitraje, existen en todo el mundo para facilitar que se cumplan las normativas, para evitar el abuso de los cambios normativos por parte de los Estados.


Ska Keller
Europarlamentaria del Partido Verde Europeo

«Negociar en secreto es hacerlo en contra de los ciudadanos»

La última visita de Obama a Hannover se ha interpretado como un esfuerzo para acelerar las negociaciones y lograr un acuerdo sobre el TTIP para finales de año. Creo que es un error: debería escuchar nuestras preocupaciones, compartidas, por cierto, por muchos ciudadanos estadounidenses. Nos negamos a cualquier mínimo recorte en lo que concierne a los derechos alcanzados para proteger a los trabajadores, pequeños negocios, consumidores, privacidad de datos y cuidado del entorno.

La protección, en cambio, que el tratado le daría a los inversores, concediéndoles privilegios, mermaría el poder de decisión de los regímenes democráticos en favor de las multinacionales. Un ejemplo es la autorización que Obama dio a la empresa TransCanada para la utilización de un oleoducto que pasa por zonas de especial protección medioambiental. Los ciudadanos de ambos lados del Atlántico deben tener cuanto antes acceso a los textos objetos de negociación, especialmente cuando tienen impacto en los procesos democráticos.

Consideramos que cualquier negociación en la oscuridad es, al fin y al cabo, una negociación contra los ciudadanos. Por el momento, ninguno de los puntos del TTIP en la mesa de negociación aborda directamente alguna de estas objeciones.

Creo en que podemos elaborar un acuerdo sólido entre Estados Unidos y la UE, las dos economías consumistas más grandes del mundo, que den más poder a nuestras democracias y ciudadanos, que aumente el poder de los trabajadores y la presencia de servicios públicos y que luche contra la evasión fiscal. Queda claro que, por el momento, las intenciones de quienes negocian el TTIP van por otro camino.


Emilio Ontiveros
Catedrático de Economía de la Empresa de la UAM

«El proteccionismo no es precisamente favorecedor del crecimiento»

El comercio entre países es necesario y un exponente de progreso. Su ampliación en los momentos actuales es conveniente: desde el inicio de la crisis ha reducido su ritmo de crecimiento, hasta hacerlo por debajo de lo que lo hace el PIB global. Es una señal inquietante: las tentaciones proteccionistas emergen cuando las economías atraviesan fases de incertidumbre. Y el proteccionismo no es precisamente favorecedor del crecimiento, del empleo, de la estabilidad economía y geopolítica.

Desde esas bases, cualquier acuerdo que contribuya a mejorar las relaciones comerciales entre las dos potencias más importantes en la escena global es un buen propósito. Aunque con los datos hasta ahora disponibles, serían las exportaciones estadounidenses a Europa las que más crecerían. Entre ambos bloques existen posibilidades de mejorar el acceso al mercado y una mayor armonización normativa. Esto último puede ser favorable para las empresas de menor dimensión y de menor capacidad negociadora.

Para que el acuerdo comercial genere resultados favorables, es necesario mantener los estándares de protección del consumidor. Las cautelas principales en ambos sectores se refieren a la tentación de que se violen exigencias hoy asumidas en Europa que tratan de salvaguardar la salud e higiene de los consumidores, además de los derechos, claro. Algunas organizaciones de consumidores han mostrado reservas al respecto. La atención hay que ponerla en la posible simplificación excesiva de los procesos de convalidación de la calidad de determinados bienes o servicios. En materia de productos agrarios, por ejemplo, las exigencias europeas son mayores que las estadounidenses. Rebajar los estándares, perjudicar al consumidor europeo, sería un error. En segundo lugar, debe ser compatible con las exigencias de la Organización Mundial de Comercio, que está para velar e impulsar la multilateralidad, no la bilateralidad. También debe exigirse una amplia transparencia de lo que se va negociando y mecanismos periódicos de evaluación por los Parlamentos.


José Ignacio Torreblanca
Profesor de Ciencia Política en la UNED

«Que EEUU esté al otro lado incita al movimiento antiglobalización»

Creo que hay dos planos en el debate sobre el TTIP. Uno me parece razonable y tiene que estar sometido al escrutinio público: los contenidos del texto. A veces, puede haber inconvenientes entre querer tener acceso al mercado y las concesiones que tengas que hacer. Pero depende del sector. No me parece tan importante la discusión.

Que se hable de cuáles son los costes y cuáles los beneficios es un debate sano. Es lógico preocuparse por si se van a bajar los estándares o si perjudicará al medio ambiente. Aunque, como hemos visto, en la cuestión de emisiones diésel es en Estados Unidos donde se ha destapado y en Europa donde los intereses se han doblegado.

Creo que se ha construido una especie de pantalla ideológica moralizada. Tiene mucho que ver con el hecho de que Estados Unidos sea quien está al otro lado. Incita una serie de movimientos, como el antiglobalización, muy fuertes en la red. En todo acuerdo tan complejo habrá cosas que te gusten y cosas que no. Que existan unas certezas tan globales es inquietante. Greenpeace hace muy bien en denunciar lo que considera que medioambientalmente está mal, pero carga mucho la mano contra el tratado. Esas cláusulas a Europa a veces le han beneficiado, porque no hay una justicia social internacional.

Tiene que haber mucho debate público sobre muchas cosas. Precisamente, el negociador comunitario tiene que tener clara cuál es la posición europea. Si no contacta con todos los grupos de interés y no incorpora esas limitaciones, va a negociar algo que luego no va a ser ratificado. Son juegos de doble nivel: un nivel Europa-Estados Unidos, y luego otro de cada actor. El superior fracasa si lo hace el inferior. Si quieres hacer un acuerdo secreto y opaco, eres muy tonto, porque te lo van a tumbar. Aunque decir que es un tratado secreto es desconocer mucho cómo funciona la realidad. Todas las negociaciones son opacas en el sentido de que quieres facilitar el resultado. Como se suele decir, nada está firmado hasta que todo está firmado.


Manuel Conthe
Jurista y economista, expresidente de la CNMV

«El arbitraje no es más que jugar la final en campo neutral»

Está habiendo una especie de pánico antiliberal. El TTIP será positivo en la medida en que abra el mercado de compras públicas en Estados Unidos a las pymes españolas. Que un producto fabricado en Europa pueda venderse en Estados Unidos es una buena noticia. Es verdad que algunos sectores, como la agricultura, pueden sentirse amenazados por competidores americanos más baratos. Aunque hay quienes acuden a que nos van a envenenar. La Comisión es muy sensible a lo que piensan los medioambientalistas. Pero este es un tema proclive a que surjan estos pánicos morales. La armonización de estándares no es más que mutuo reconocimiento. ¿No es molesto ir a otros países y que haya distintas modalidades de enchufes?

En materia de arbitraje, el TTIP introduce unos cambios súper drásticos, que debieran ser del agrado de los críticos, ya que judicializa mucho el sistema. Hoy por hoy, no hay esa institución de armonización de la doctrina. Lo que ha propuesto la Unión Europea es que haya un panel fijo de jueces. No va a haber tribunales ad hoc, sino cinco árbitros permanentes de nacionales de la UE, cinco designados por Estados Unidos y otros quince que se distribuyen por salas. Es lo más parecido a un tribunal permanente. Luego, hay un órgano de apelación, de forma que puede unificar doctrina. La propuesta de la Comisión delimita con mucha precisión bajo qué supuestos se puede apelar al Tratado para un inversor que se considere agraviado. Yo suelo decir que el arbitraje es jugar la final en campo neutral. ¿Para qué se necesita un tribunal especial? Por la misma razón que si vas a jugar contra Francia: no te gusta que sea en París.

Por otro lado, decir que hay falta de transparencia no es cierto. Si tienes paciencia, te puedes pasar tres meses leyendo documentos en la web de la Comisión. Lo que pasa, y es de sentido común, es que la publicidad hay que darla una vez que se llegue a algún acuerdo. Cualquier negociador mínimamente sensato sabe que hay fases de negociación que tienen que ser secretas.


Rosa Martínez
Coportavoz de Equo

«El sistema de tribunales ‘ad hoc’ no entra en la lógica de la defensa del bien común»

La armonización siempre es a la baja. Se habla mucho de estándares ambientales y derechos laborales que en Estados Unidos no están recogidos, como el derecho a la baja por maternidad, por ejemplo. Debe haber líneas rojas.

El problema es el oscurantismo, la falta de transparencia y una estrategia clara. Se tiene que dar más información, porque nos jugamos mucho. Hay otros muchos tratados de libre comercio funcionando en el mundo. El de México y Estados Unidos, por ejemplo, ha destruido empleo a ambos lados de la frontera. Los sindicatos en Estados Unidos están en contra de ese acuerdo.

El TTIP y los tribunales de arbitraje benefician a las multinacionales. Si yo, como Estado, no permito el fracking, ¿por qué tengo que indemnizar a la empresa que quiere hacer fracking en mi territorio? Y esto puede aplicarse a todos los ámbitos, ya sea en temas de derechos laborales, de salud o de soberanía.

Es importante recurrir a la justicia internacional que pueda haber para este tipo de mecanismos. Son tribunales ad hoc como si fuera un contrato entre particulares. Todo lo que sea privatizar, nombrar a las personas que toman decisiones a dedo, que no tengan que responder ante nadie, son cuestiones importantes y dejarlo en manos de tribunales de arbitraje privados no entra en la lógica de la defensa del bien común.

Lo más importante es la concienciación de la opinión pública. Por su parte, para los partidos políticos, su posición sobre el TTIP es un asunto electoral. Su postura puede determinar que se elija por una u otra opción política. Es una cuestión política. Es difícil que se llegue a aprobar el tratado por la presión social. Con la última filtración [de Greenpeace] quedó claro lo que todo el mundo sospechaba.

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