Derechos Humanos

Ayuda Humanitaria: de la Guerra Fría al 11 de Septiembre

José Antonio Bastos, presidente de Médicos Sin Fronteras España, advierte sobre los riesgos que conlleva para las poblaciones afectadas «la politización que el rol humanitario ha sufrido en la última década».

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17
Nov
2011
Por José Antonio Bastos, presidente de Médicos Sin Fronteras España

Quizás sepan ya que Médicos Sin Fronteras cumple 40 años y, como podrán imaginar, esta no es una ocasión para alegres celebraciones. Quizás sí para conmemorar el que un grupo de médicos y periodistas, allá por 1971 en París, decidieran sentar las bases de una nueva forma de ayuda internacional que acudiera donde las necesidades urgentes de poblaciones en crisis lo requirieran, para prestar asistencia médica urgente y testimonio. Y sobre todo, es una ocasión para la reflexión sobre los obstáculos que hoy nos dificultan el acceso a las poblaciones atrapadas en conflictos.

En estos escenarios, se dan obviamente una serie de factores limitantes inherentes al tipo de contexto, y que se relacionan con la seguridad o la falta de respeto a la misión médica. De hecho, no ha existido una «edad de oro» del humanitarismo: siempre ha habido obstáculos para acceder a las poblaciones atrapadas en zona de guerra. Pero en los últimos años, la ayuda humanitaria parece haber sido víctima de su propio éxito.

Durante la Guerra Fría, MSF cruzó ilegalmente numerosas fronteras, empezando por la afgana a finales de los setenta. Por aquel entonces, los países que obstaculizaban la ayuda humanitaria solían ser aliados de la Unión Soviética, así que aquella ruptura de la soberanía de los Estados eran bien tolerada por el otro bloque. Para los años noventa, la situación había cambiado: la política internacional criminalizaba a los grupos rebeldes, y en Angola, o en Sierra Leona, ya no eran aliados en la Guerra Fría. Aquello se tradujo en la denegación de acceso para la ayuda humanitaria, basada en la naturaleza «delictiva » del enemigo y de cualquier ayuda que se le prestara.

El 11-S supuso una nueva vuelta de tuerca: el enemigo ahora es global, y conflictos como los de Afganistán o Somalia forman parte de una guerra más amplia, la guerra contra el Terrorismo. En este escenario, en el que hay que ganarse el apoyo de la opinión pública «de aquí» y los corazones y las mentes de la población «de allí» la ayuda humanitaria se ha convertido en algo muy atractivo desde el punto de vista político. Es la coartada perfecta para las intervenciones en el extranjero. Han proliferado las guerras mal llamadas «humanitarias» un término que no debería utilizarse para intervenciones que están destinadas a la protección de los civiles.

A la oficialización del rol humanitario de los ejércitos se ha añadido desde el 11-S la formulación explícita de la ayuda humanitaria como una herramienta para alcanzar objetivos políticos y militares: Colin Powell no tuvo ningún empacho en afirmarlo hace ya diez años, al atribuir a las ONG el papel de «multiplicadoras de la fuerza» del esfuerzo bélico en Afganistán. Estas doctrinas encuentran justificable el desplazamiento de militares sin uniforme en vehículos blancos o la distribución de comida a cambio de información sobre el enemigo, como ha ocurrido precisamente en Afganistán, o el organizar una falsa campaña de vacunación contra el sarampión para localizar a Osama Bin Laden, como ha ocurrido en Pakistán.

La confusión de «banderas» es algo más que una cuestión semántica y no es una cuestión de orgullo: tiene gravísimas consecuencias ya que el acceso a las poblaciones atrapadas en las guerras se construye sobre la confianza, la de las partes en conflicto y la de la población. Estos peligrosos abusos erosionan esa confianza, y empujan a las organizaciones humanitarias a uno de los dos bandos, exponiéndolas a ser blanco de ataques. La primera víctima, siempre, es la población, que se queda sin asistencia.

La politización de la ayuda en beneficio de intereses que no son los de las poblaciones en crisis, su utilización como elemento de una negociación o como herramienta de pacificación, lleva también a su condicionalidad: se entrega o se deniega en función de lo que interese en cada momento. En Somalia, la asistencia ha sido utilizada como una recompensa para aquellos que están en el lado «correcto», y bloqueada para quienes tienen la mala suerte de vivir en el lado «equivocado». También los angoleños que en 2002 vivían en los territorios controlados por la UNITA y a los que, en plena hambruna, se negó la ayuda internacional hasta que la guerrilla aceptase los términos negociadores de Naciones Unidas.

Son millones las personas que viven hoy atrapadas en conflictos crónicos, y pocas las organizaciones que pueden prestarles asistencia en estas circunstancias. El objetivo siempre ha sido el mismo: preservar la vida, aliviar el sufrimiento y restablecer la dignidad de las personas en periodos en los que su supervivencia está amenazada. Pero constatamos que el acceso a quienes sufren estos conflictos es más difícil hoy que cuando el mundo estaba dividido en dos bloques.

Por eso tenemos poco que celebrar y bastante que reclamar. Los actores humanitarios estamos obligados a explicar de una manera entendible nuestro mensaje, y a trabajar en la más estricta neutralidad e imparcialidad, por muy incómodas que éstas sean, incluso para la opinión pública de nuestras sociedades. Y a los actores implicados en los conflictos, debemos exigirles el respeto sin condiciones del Derecho Internacional Humanitario, y en especial el respeto de la misión médica, última opción para muchas de las víctimas de estas guerras.

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