Visita guiada al turismo del futuro

El mundo ha pasado de gestionar 25 millones de turistas en 1950 a los más de 1.000 millones
de hoy

Éric Mangin: «Las personas, cada vez más, viajan teniendo en cuenta premisas sociales y medioambientales»

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Conducido por un viajero cada vez más solidario, rutas a la carta y los desafíos geopolíticos, el sector aún debe responder a la masificación en algunas ciudades y a la irrupción de los alquileres turísticos si quiere hallar su destino.

Desde hace décadas, España es un país bruñido al sol. El turismo ha sido un refugio económico en los años en que llovían clavos del cielo y también en los años de intenso calor económico. Hoy, las estadísticas hablan y no callan, cuentan y no paran. Un 11% de la riqueza de España procede de esta actividad y emplea de forma directa al 13% de sus trabajadores. Una tierra, como esta, crecida en el exterior, ha abierto sus puertas y este año llegarán más de 75,6 millones de visitantes. Récord histórico. Es difícil imaginar qué habría sido del país en los años de plomo de la Gran Recesión si esta actividad no hubiera protegido la supervivencia de miles de familias.

Tuvo suerte. La historia, siempre caprichosa, se puso de su lado. Sus competidores mediterráneos fueron diluyéndose bajo la arbitrariedad de su propio destino. Empezó con la desintegración en los años 90 de la antigua Yugoslavia, le siguieron los grandes atentados y las guerras en Oriente Medio y Próximo y llegaron las primaveras árabes. Todas estas casualidades de la historia han convertido a nuestro país en un refugio desde 2010. España es el tercer destino del mundo que más visitantes recibe. Un cobijo que no excluye su fragilidad.  «¿Qué ocurriría si se produjese un atentado de grandes dimensiones? ¿Continuaría la bonanza?», se pregunta Miguel Ángel Bernal, coordinador del Departamento de Investigación del Instituto de Estudios Bursátiles (IEB).

Sin duda, la geopolítica marcará parte del futuro del turismo en España. Pero, mientras llega ese mañana, los expertos piden autocrítica a un país que parece repetirse constantemente: «Bueno, si vienen los turistas, ¿para qué cambiar?». Una idea que enmascara la necesidad de una transformación. «Seguimos con una oferta masiva, barata, madura, cuando podríamos optar por convertir, por ejemplo, la costa en destinos de calidad. Pero hacia ese paisaje solo se encaminan Mallorca, Ibiza y la Costa Brava», analiza Josep Francesc Valls, profesor de Esade. El turismo, diríase, se ha convertido en un rey desnudo. «Continuamos celebrando los récords del número de turistas, cuando deberíamos medir nuestro sector por la capacidad de innovar, sorprender y ofrecer experiencias», avanza el docente.

Pero no es así. Durante el silencio de la noche y las horas del alba, durante casi todo el día, Barcelona, Roma, Venecia o Florencia son sacudidas por un trasiego incesante de arrastrar de maletas. Como Sísifo, los turistas parecen condenados a repetir esa acción todos los días de su vida. «Los grandes destinos de atracción turística sufren una presión creciente, que supera en algunos casos su capacidad física de acogida, y esto provoca que emerjan efectos negativos», narra Paz Nachón, directora de Sostenibilidad de Accenture Strategy. Esa tensión la revelan los números. El mundo ha pasado de gestionar 25 millones de turistas en 1950 a intentar dar respuesta a los gustos de 1.138 millones durante 2014.

El problema es evidente y tiene su representación física, por ejemplo, en esos infinitos cruceros que fletan gigantes como Carnival Cruises o Royal Caribbean. Ambas compañías, no es de extrañar, duplicarán sus ingresos este año. Eso sí, a un alto coste. «El turismo masivo destruye la ciudad transformándola en una especie de gran resort», advierte Miguel Ángel Bernal. Porque, cuando su riada de visitantes se marcha, deja tras de sí una ciudad con más problemas que antes. Pulveriza el comercio tradicional y lo cambia por marcas estandarizadas, incrementa la inseguridad y, de paso, aumenta la presión sobre el patrimonio cultural y artístico. Al final, genera un sentimiento de rechazo hacia el visitante. «El burbujón del turismo ocasiona cambios en muchos barrios de Barcelona, obligados a arrodillarse ante las procesiones de turistas que, como mesías, salen a pastar», critica el escritor catalán Gustavo Duch.

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Mientras todo eso sucede, al fondo, una miríada de casas particulares, sostenidas en portales como Airbnb, terminan transformadas en fondas turísticas. ¿Consecuencia? El precio de los alquileres sube con fuerza (en Madrid, un 12% y, en Cataluña, el 17% en un año) y expulsa a los habitantes del barrio. «Las plataformas de alquiler son una realidad y sería utópico pensar que van a desparecer, pero deben competir en igualdad de condiciones que el alojamiento turístico hotelero. En la actualidad, la regulación resulta muy extensa, incluso excesiva, para la oferta reglada, mientras que para las viviendas en alquiler turístico es prácticamente inexistente», incide María Jesús Escobar, responsable del Sector Público de EY. Un problema grave. Aunque no para todos.

«El alquiler vacacional solo influye en un puñado de calles de Madrid y Barcelona», sostiene Fernando Encinar, jefe de estudios del portal inmobiliario Idealista. Quizá fuera así al principio. Pero ahora su efecto se extiende, como un bálsamo aplicado por un dios negligente, a barrios más allá de la almendra central de esas dos grandes ciudades. En Madrid, José Manuel Calvo, concejal de Urbanismo, quiere limitar los días al año que resulta posible alquilar una casa para fines turísticos, establecer una tasa y que solo puedan arrendar los inmuebles los propietarios particulares y nunca las empresas. Por su parte, Ada Colau, en Barcelona, ha cerrado el barrio de Ciutat Vella a la llegada de nuevos bares y restaurantes. Porque nadie quiere ese turismo, quiere otro; pero ¿cuál?

«Experiencias. Eso es lo que demanda el viajero ahora y en el futuro», observa David Hernández, consejero delegado de la agencia de viajes Pangea. Y añade: «Algo especial, distinto; único». ¿Por ejemplo? «Turismo solidario, trekking, recorridos en bicicleta o que un monje budista te enseñe meditación en el Reino de Bután», desgrana. Hay un turista nuevo y un turismo diferente que llama a la puerta. Una situación de la que ya advirtió el escritor Paul Bowles en El cielo protector: «Entre el turista y el viajero la primera diferencia reside en el tiempo. Mientras el turista, por lo general, regresa a casa, al cabo de algunas semanas o meses, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra».

Todo esto vaticina movimientos tectónicos en la industria. Durante los años de la crisis proliferaron infinidad de tecnologías (buscadores, comparadores y plataformas digitales) cuya base era el precio. «Ahora, con la mejora económica, nadie quiere pasar 20 horas en Internet buscando un destino, un vuelo o un hotel. El cliente se ha vuelto más sofisticado y ahí entra en juego el nuevo papel de las agencias de viajes», reflexiona David Hernández.

El viaje empieza a convertirse en otra cosa, el turista se transforma en un viajero, tal y como imaginó Paul Bowles, y su mirada es ancha, pero nunca ajena. Éric (Francia), Anouk (Venezuela) y Paul (Francia) representan un turismo que quiere transformar el mundo. A través de su plataforma U2guide, muestran lugares donde predomina el ser frente al estar. Proponen viajes solidarios y reales que beneficien a la economía de la zona. «El futuro del turismo está ligado al crecimiento de la conciencia social de la gente», explica Éric Mangin. «Las personas quieren cada vez darle mayor sentido a sus vidas. Y viajan teniendo en cuenta premisas sociales o medioambientales. Es verdad que el turismo de voluntariado en el extranjero está de moda. Pero, con el tiempo, la gente se dará cuenta de que eso ayuda más a su propio ego que a las comunidades». Éric cree que el formato de mayor impacto es del profit-for-non-profit (beneficio sin ánimo de lucro), que canaliza fondos de la empresa hacia organizaciones no gubernamentales locales.

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Al igual que sucede en otras actividades dentro de un planeta globalizado, el mañana del turismo camina hacia China. Es el mayor emisor de turistas del mundo. En concreto, 109 millones, que mantienen un nivel de gasto de 164.000 millones de dólares (145.000 millones de euros). Una cifra que pronto quedará bastante pequeña. En 2019, alcanzará —de acuerdo con Bank of America Merril Lynch— los 264.000 millones (234.000). El 5% de su población ya tiene pasaporte y sopla un viento de cola para una generación de millennials enriquecida. Sin duda viajan, pero sobre todo para comprar.

La firma Global Blue estima que el dispendio en artículos de lujo de los turistas chinos aumentó en el mundo el 26% durante 2015. «Ya destinan más per cápita en marcas de gama alta que cualquier otro país, y su gasto por viaje podría crecer un 75% en 2023», prevé Caroline Reyl, gestora del fondo de inversión Pictet-Premium Brands. De hecho, este mismo año pueden convertirse en el segundo mercado del planeta para los cruceros, por detrás de Estados Unidos. Por eso, la industria del mar quiere atraerlos, prestando más atención a los intangibles y vendiendo a los clientes más jóvenes «experiencias de lujo». Esta música suena familiar. Privilegiados frente a precarios. Turismo de lujo frente al de masas. ¿Una evidencia más de la injusticia del mundo? ¿Este es el futuro? «No hay una fractura entre un tipo de turismo y el otro. Lo que existe es una mayor segmentación», justifica Philip Moscoso, docente del IESE. Y también el auge de nuevos nichos. «Gracias al buen tiempo y a la excelente oferta de espectáculos, España se ha convertido en un enorme reclamo turístico. Los eventos musicales son una gran atracción, ya que el 30% de los extranjeros que viajan a nuestro país con tiques lo hacen con una entrada de música debajo del brazo», relata Celia Carrillo, directora de Marketing de Ticketmaster España.

Sin embargo, el turismo español debería recordar que el destino (geopolítico y económico) es una iglesia que solo escucha sus propios salmos. Reza por su cuenta. «El gran error que puede cometer la industria española en los próximos años es no poner freno a un crecimiento basado en el volumen (número de turistas que llegan) y no en la rentabilidad y sostenibilidad de los destinos», avisa María Jesús Escobar. O sea, ignorar que el turismo es una visita guiada a lo impredecible.


COMENTARIOS

  1. Hasta siete mil millones, todavía queda gente.


  2. El turismo ha pasado de ser una experiencia personal a convertirse en un bien de obligado consumo. El 90% de los viajes son una tortura para los consumidores, pero da igual, seguirán consumiendo con tal de colgar sus aburridos viajes en alguna Red social.


  3. Aumenta la presión en el sistema global, no se sabe dónde está el límite


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