Álvaro Siza
«La concentración total en el turismo es un peligro para la ciudad»
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Cuando en 1992 el jurado del Pritzker reconoció a Álvaro Siza (Matosinhos, Portugal, 1933) con el premio más importante en arquitectura, dijo de él «ser uno de los mejores arquitectos de este siglo, pero relativamente desconocido para la mayor parte del mundo». Su arquitectura, a diferencia de la de otros compañeros de profesión, es silenciosa, sencilla y profundamente social. Abarca desde centros educativos a viviendas sociales, donde la calidad estética es tan importante como el bienestar del usuario. A punto de cumplir 93 años, nos recibe en su estudio de Oporto —un espacio de enorme belleza, bañado por la luz del sol y con vistas al río Duero— para conversar sobre algunos de los desafíos de la actualidad.
¿Qué significa para usted hacer arquitectura social?
Se trata de ofrecer una respuesta real a las necesidades y deseos de las personas. Desde hace mucho tiempo, la arquitectura ha encarado el tema básico del bienestar común. Pero fue después de la Revolución Industrial cuando los arquitectos empezaron a darle especial importancia. La concentración masiva de trabajadores en las ciudades, unida a los bajos salarios y las malas condiciones de vida, hizo necesarias nuevas soluciones habitacionales y urbanísticas. En Portugal este fenómeno fue afrontado seriamente tras la Revolución de los Claveles. El entonces secretario de Estado de Vivienda y Urbanismo, Nuno Portas, concibió un importante programa público de vivienda social conocido como el SAAL (Servicio de Apoyo Ambulatorio Local). Como había hecho cincuenta años antes el gran arquitecto alemán Bruno Taut, el SAAL promovió la construcción de cientos de casas destinadas a gente que no superaba determinada renta. Yo trabajé en dos de esos proyectos en Oporto: en los barrios de São Victor y en Bouça. Las casas tenían que ser de calidad, pero a un coste muy bajo, impulsando así la innovación.
Uno de los mayores problemas que afronta la sociedad actual tiene que ver, precisamente, con la vivienda. Ciudadanos de todas partes del mundo —Madrid, Londres o Lisboa— se ven incapaces de acceder a un hogar. ¿Qué lectura hace de esta situación?
La vivienda atraviesa en la actualidad una situación terrible. Hace poco vi anunciado un programa de vivienda de precio regulado en el que los alquileres eran de 2.300 euros al mes, siendo el salario mínimo en Portugal de 920 euros. Pienso que este no es un caso aislado.
El problema no es solo la falta de vivienda. Los nuevos modelos habitacionales tampoco tienen en cuenta las necesidades de la población. Hay que volver a la participación ciudadana. Las viviendas deben ser el resultado de muchas horas de escucha y conversación con la ciudadanía. El SAAL, por ejemplo, era un programa especial porque involucraba a todos los actores. Por un lado, estaban los responsables del proyecto, liderados por un arquitecto y varios estudiantes; y, por otro lado, estaban los futuros usuarios, organizados en asambleas de hasta 300 personas. Los responsables hablaban con las asambleas y, aunque no siempre estaban de acuerdo con ellas, prevalecía la idea de que había que dialogar y explicar las cosas. Pero esto se ha perdido. Esas inmobiliarias que han construido ahí con esos precios no han hablado con la población. La tendencia en nuestros días es darle el control total al arquitecto, sin que este tenga que consultar a nadie. El SAAL demostró que el diálogo, cuando es conducido con honestidad y empeño, se vuelve un elemento valioso para los arquitectos y no un obstáculo. Otro aspecto importante es que los proyectos de vivienda social necesitan el apoyo político. En el caso del SAAL, cuando el apoyo político desapareció y emergieron intereses inmobiliarios, el programa se disolvió.
«Los nuevos modelos habitacionales no tienen en cuenta las necesidades de la población»
Mientras la arquitectura social pierde protagonismo, muchas administraciones apuestan por invertir en arquitectura orientada al turismo. ¿Qué opinión le merece este fenómeno?
Muchas veces es así, pero no es la posición correcta. La concentración total en el turismo es algo peligroso, entre otras cosas, porque el turismo es una actividad bastante vulnerable. El mundo es grande y el destino turístico cambia. Además, es muy volátil, pues depende de factores externos. Basta con que estalle un conflicto en un país vecino para que la actividad turística se vea mermada. Desde un punto de vista arquitectónico, el turismo tampoco representa necesariamente una oportunidad. Al contrario, la arquitectura se plantea muchas veces desde una perspectiva puramente económica y el arquitecto queda relegado a una posición de subalternidad sin capacidad de profundizar.
En Portugal los estragos del turismo son evidentes. Si bien ha traído consigo movimiento de personas y pluralidad de ideas, no todo lo que ha generado ha sido bueno. De hecho, está lejos de la perfección. Los beneficios del turismo se ven contrarrestados por cambios en el mercado que hacen difícil para un habitante de una ciudad como Oporto tener una vivienda allí. Hoy en día, vivir en Oporto es un problema porque los alquileres han subido, como también ha subido el coste de construcción. En los últimos años, un gran número de turistas ha comprado muchas de las viviendas del centro y eso ha llevado a una subida desmedida de los alquileres. En consecuencia, hoy la población de Oporto tiene que vivir en la periferia. A ello se suman todos los problemas de tráfico resultantes que han penalizado la calidad de vida en la ciudad.
«La arquitectura en Europa vive una situación de ataque, de disolución»
¿Cómo valora el estado actual de la arquitectura en Europa?
Desafortunadamente la arquitectura en Europa vive una situación de ataque, de disolución. El arquitecto es visto como un comodón: alguien que es caro y que crea problemas. Hay una tendencia generalizada a minimizar el papel del arquitecto, reduciéndolo a delineante de los constructores. Y por si esto fuera poco, se nos responsabiliza de todo: de los problemas de los ingenieros, de los obreros… En la obra pública, por ejemplo, yo ya no participo. Los concursos están hechos para priorizar al arquitecto más barato. Yo he tenido trabajo en España, Francia, Italia, Alemania, Países Bajos y en otros países de los que ya no me acuerdo. Pero desde hace un tiempo ya no soy invitado. Un proyecto que gané en Giudecca (Venecia) lleva más de cuarenta años en construcción… El proyecto se inicia, pero al cabo de un tiempo se abandona. Esto no es fortuito: es un símbolo del estado en el que se encuentra la arquitectura, una profesión en riesgo de desaparecer.
Incluso yo tengo dificultades para encontrar trabajo. Llegué a tener 25 empleados; ahora tengo nueve. Mantengo el estudio con trabajos que nada tienen que ver con la arquitectura. Hago escultura, pinto… Porque apenas tengo trabajo de arquitectura en Europa. La mayoría de mis proyectos están fuera: en China —donde he diseñado varios museos— y en Corea del Sur. Allí las condiciones son mucho mejores: mis clientes todavía siguen los proyectos con entusiasmo y desean calidad y buenos constructores. Sin embargo, se está empezando a sentir un cambio también allí: hay problemas económicos, guerras cercanas… Estoy preocupado, porque si me quedo sin trabajo en China o en Corea, tendré que cerrar el estudio.
Un aspecto que me llama la atención de usted es que, frente al ordenador, sigue prefiriendo el dibujo a mano y la maqueta física. En una época eminentemente digital, ¿qué utilidad le sigue encontrando al trabajo manual?
En mi caso, aprendí a dibujar de niño y desde entonces siempre me ha acompañado la pasión por el dibujo. Dicho esto, dibujar es una forma muy útil de resolver problemas. Sobre esto tiene Alvar Aalto un texto fundamental. En él, describe que, a veces, cuando un proyecto se estanca, deja de trabajar en él y en su lugar pinta un cuadro o hace un dibujo. Según Aalto, a veces, de ese dibujo, que nada tiene que ver con el proyecto en crisis, surge una idea que le permite salir del bloqueo y continuar con el edificio. En el caso de los arquitectos, el dibujo es también una herramienta muy útil porque implica una conexión mente-mano, de la cual muchos ya han hablado. La mano, con sus gestos espontáneos, puede abrir vías nuevas para el proyecto. Ocurre además que el boceto permite ensayar distintas soluciones en muy poco tiempo. El boceto es muy rápido: se hace en segundos. Pero el boceto no funciona por sí solo. Debe estar acompañado de cálculos matemáticos y geométricos, trabajo con ordenadores, etc. Es una herramienta complementaria.
La tendencia actual, sin embargo, se caracteriza por un uso cada vez más excesivo —incluso dependiente— de la tecnología. Se escriben textos y se crean obras de arte sin intervención humana directa. En arquitectura, por ejemplo, encontramos la arquitectura paramétrica, donde los edificios se diseñan a partir de algoritmos. ¿Qué opinión le merece este fenómeno? ¿Está atravesando la creatividad humana un momento de ocaso?
El auge de la tecnología en detrimento de la creatividad humana es un tema central en nuestros días. Es un asunto con tendencia a volverse incontrolable y, por tanto, con resultados probablemente dramáticos. Está en el aire y se ha escrito mucho sobre eso. Lo más preocupante, a mi parecer, es la posibilidad de que la tecnología pueda tomar sus propias decisiones, una cualidad hasta ahora reservada a las personas. Robots con capacidad de decisión y, por tanto, con una especie de vida propia. Desconozco cómo será el desenlace y si la creatividad humana sobrevivirá. En arquitectura, si los ordenadores son capaces de encontrar las soluciones adecuadas, para mí no hay ningún problema. Pero, por alguna razón, los ordenadores todavía no han ganado al diseño a mano. Al menos, no a mí.
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