Globalizar los derechos

José Luis Fernández: «Llevamos 200 años hablando de derechos. Hay que convertir las aspiraciones éticas en leyes o costumbres»

Clara Bazán: «Todos los ODS impactan en los derechos humanos, de una manera u otra»

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Con los Objetivos de Desarrollo Sostenible en el horizonte, Gobiernos, sociedad civil y empresas están obligados a encontrar fórmulas de colaboración que permitan globalizar los derechos humanos. Ethic y Mapfre organizan un debate con expertos para diseccionar uno de los temas más candentes de la Agenda 21.

Globalización. Solo pronunciarlo produce vértigo. Un término resbaladizo, inabarcable, que engloba tantas acepciones como realidades pueblan el mundo. Globalización es crecimiento pero también es desigualdad. Globalización son tratados de libre comercio al mismo tiempo que muros que se levantan sobre interminables fronteras. Globalización es un jet privado. Un avión low cost. Y también una patera.

De nada valen loas ni abucheos frente a la globalización. ¿Acaso la globalización es buena o mala per se? ¿Una suerte de destino? Es más, ¿debemos hablar de la globalización o de globalizaciones? Porque, en una de ellas, la económica, el mundo ya se ha licenciado. ¿Dónde queda, sin embargo, la globalización de los derechos?

«Llevamos más de 200 años hablando de derechos, diciendo lo bueno que sería que todo el mundo pudiera viajar de aquí a allá sin que nadie se lo impidiera, o mandar una carta a un amigo sin que nadie le violara la correspondencia», introduce José Luis Fernández, director de la Cátedra de Ética Empresarial de la Universidad de Comillas. «Ya en el siglo XVIII, a las personas, por el hecho de serlo, se les reconocen unos derechos individuales. Después, en el XIX, cuando la Revolución industrial cristaliza, empiezan a conquistarse derechos laborales. Tenemos que preguntarnos: ¿se cumplen los derechos de la primera generación? No. ¿Y los de la segunda? No. Ahora estamos en la tercera, la de los derechos humanos. ¿Se cumplen? Tampoco», expone con contundencia.

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El texto que la Asamblea General de las Naciones Unidas alumbró el 10 de diciembre de 1948, tras el desvalijo de la II Guerra Mundial, juega aún hoy en el campo de la teoría. «A los que nos dedicamos al mundo académico, siempre nos entra la tentación de agarrar la derivada de la reflexión cuando abordamos los derechos humanos. Pero la teoría también mueve realidades, no solo la superestructura», recalca Fernández. «Aunque insuficiente, es bueno que los derechos humanos estén ahí como derechos utópicos hacia los que caminar. Hay que convertir las aspiraciones éticas en leyes o en costumbres».

El siglo XXI deberá hacerse cargo de una pesada herencia de tragedias humanas. El pasado septiembre, un incendio en una fábrica de embalajes en Dhaka, la capital de Bangladesh, recordaba el triste episodio acontecido en la misma ciudad en 2013, cuando el edificio Rana Plaza, que acogía varios talleres textiles, se derrumbó, dejando cientos de víctimas bajo los escombros, trabajadores (trabajadoras, en su mayoría) que cosían prendas para una serie de grandes marcas europeas y americanas.

En octubre, una investigación de la BBC denunciaba que refugiados sirios, en algunos casos menores de edad, estaban empleados de forma ilegal en fábricas textiles de Turquía, para proveedores de marcas de ropa europeas. Meses antes, era Amnistía Internacional quien advertía de los abusos laborales en las minas de cobalto en la República Democrática del Congo, por parte de proveedores que procesaban este preciado mineral para luego vendérselo a grandes compañías tecnológicas.

Horizonte 2030

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) han puesto en el tablero de juego el papel de las empresas como agentes clave para el desarrollo sostenible. «Hablar de derechos humanos es hablar de problemas muy complejos que requieren soluciones compartidas, trabajar en red», opina Clara Bazán, directora de Responsabilidad Social de Mapfre. «Necesitamos alianzas, saber qué opinan los demás sectores. En este sentido, los Objetivos de Desarrollo Sostenible nos abren la puerta a trabajar de esa manera colaborativa».

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«Las empresas, lo crean o no, son agentes de justicia», señala José Luis Fernández. Una pieza más de este rompecabezas llamado mundo global. La clave está, según el académico, «en que la gente se conciencie del impacto que tiene una empresa sobre los derechos humanos. Es una ética de la convicción». «Los mecanismos para transformar la sensibilidad individual en sensibilidad colectiva son básicos», añade José Alías, periodista y experto en responsabilidad social.

«Hasta ahora, los países emergentes culpaban solo a las multinacionales, y las multinacionales a la legislación de esos países», cuenta Isidor Boix, delegado de Responsabilidad Social Empresarial en la Secretaría de Internacional de CCOO Industria. «Los problemas de reputación tienen que ver con el impacto de la actividad voluntariedad, y hablar con los impactados», dice Boix. «Porque a veces se olvida –como apunta Alías– que los derechos humanos son un mínimo ético innegociable».

Las empresas españolas no son ajenas a este desafío. Del último Informe sobre la Responsabilidad Social Corporativa en las Memorias Anuales de las Empresas del Ibex 35, elaborado por el Observatorio de RSC, se desprende que 32 de las 35 las empresas que constituyen este índice de cotización tienen presencia en al menos uno de los 20 países considerados de riesgo extremo de vulneración de derechos humanos. Y ya son 23 de las 35 las que informan de forma explícita sobre la existencia de una política de respeto a los derechos humanos en el seno de su empresa.

«El interés de las empresas por los derechos humanos es aún limitado, pero prometedor», opina Cristina Sánchez, analista de la Red Española del Pacto Mundial de Naciones Unidas. «Creemos que se está avanzando en sensibilización sobre los derechos humanos en el sector privado. Los ODS han sido el empujón necesario del impacto que las empresas y organizaciones pueden tener en la sociedad», continúa.

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En efecto, la agenda mundial para 2030 da un paso fundamental: desplazar el debate del por qué al cómo. «Todos los ODS impactan en los derechos humanos, de una manera u otra», apostilla Clara Bazán, antes de insistir de nuevo en la necesidad de tender puentes y trabajar codo con codo con los distintos agentes.

Leonardo Pérez-Aranda, portavoz de Cooperación y Agenda ODS de Oxfam Intermón, reconoce el progreso que suponen los ODS al mismo tiempo que se muestra algo escéptico: «El abordaje que hizo la agenda de los ODS es un poco suave. Sin duda, logra trascender lo económico para subir un escalón más y poner sobre la mesa cuestiones relacionadas con los derechos humanos, pero llama la atención que ninguna de las 169 metas haga una mención expresa a los derechos humanos».

«Nos encontramos con las tensiones de un mundo globalizado en que los derechos se conjugan con países que producen a bajo coste, al mismo tiempo que los países del primer mundo tienen la tentación de bajar el listón de los derechos sociales», añade. El representante de Oxfam Intermón habla sin rodeos: «Si tienes una visión de empresa cortoplacista furibunda, no resolverás ningún problema. Hay que incidir en la estrategia, en el management; estar a la altura de los tiempos».


COMENTARIOS

  1. Entre tanto dato negativo, recordemos la gran labor de organizaciones como Amnistía Internacional o Médicos sin Fronteras. Su vigilancia y defensa de la vida regalan esperanza.


  2. Abusos laborales, trata de seres humanos, pobreza energética y de recursos, y por supuesto los refugiados de todos los países. Este siglo continúa siendo negro.


  3. Importantes los apuntes de Boix: multinacionales y gobiernos se culpan unos a otros basándose en las competencias y la lentitud burocrática, pero la realidad es una y comienzan a entenderlo: los derechos humanos son un “mínimo innegociable”.


  4. No hay que olvidar el dato: ninguno de los 169 ODS menciona de forma expresa los derechos humanos. Si la dignidad y el respeto a la vida no son una prioridad, mal vamos en solucionar el resto de problemas.


  5. Más claro agua, José Luis Fernandez. Se ha avanzado en la vigilancia de la aplicación de los derechos humanos y la sanción de su incumplimiento, pero de entrada no se respetan. Es una aplicación a posteriori.


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