La vacuna contra la insensatez
«Que personas poco inteligentes hagan cosas poco inteligentes es fácilmente comprensible. Lo que resulta difícil de entender es que personas muy inteligentes hagan estupideces», señala José Antonio Marina.
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Tengo la soberbia del humilde, del que ha sido gato escaldado y cocinero antes que fraile, de quien sabe que no es oro todo lo que reluce y que muchas veces el rey va desnudo. He visto a demasiados pontificar sobre certezas que no tenían y tengo que tentarme la ropa antes de decir que tengo alguna. Pero las tengo, y se las voy a contar, advirtiéndole previamente que me ha costado mucho trabajo conseguirlas. No soy un iluminado, sino un currante intelectual. Pongo muchas citas porque eso es como fichar en el trabajo: un testimonio de las horas empleadas. Vamos a hacer un viaje desde lo visible a lo invisible, del caso a la teoría, para intentar resolver un enigma. Eso me obligará a algunas repeticiones, pero espero que cada vez a un nivel superior.
Que personas poco inteligentes hagan cosas poco inteligentes es fácilmente comprensible. Lo que resulta difícil de entender es que personas muy inteligentes hagan estupideces. En los estudios estadounidenses sobre el tema aparece como ejemplo el lío del presidente Clinton con una becaria, que estuvo a punto de hacerle perder la Presidencia de Estados Unidos. O el caso del presidente Johnson, cuyo gran objetivo era promover la Gran sociedad en que todos podrían vivir dignamente, pero se empantanó en la Guerra de Vietnam, que acabó haciéndole perder la presidencia y la salud. Un caso especial es el del presidente George W. Bush, cuya dificultad para atender a razonamientos complejos y su falta de curiosidad era reconocida incluso por sus colaboradores, aunque en el test de inteligencia daba una puntuación alta, lo que le permite a Stanovich ponerle como ejemplo para distinguir entre inteligencia y racionalidad. Bush tenía, a su juicio, una inteligencia alta, pero una racionalidad baja.
Tendemos a hablar de la inteligencia y de la razón como si fueran facultades innatas
Tengo una visión náutica y dramática de la inteligencia. Es un barco navegando en un mar oscuro y tormentoso en el que, como dijo el sentencioso Séneca, «el buen piloto, aun con la vela rota y desarmado, repara las reliquias de su nave para seguir su ruta». Tendemos a hablar de la inteligencia y de la razón como si fueran unas facultades innatas, que emergieron completamente armadas y de punta en blanco, tal como, según los griegos, sucedió con Palas Atenea, la diosa de la inteligencia, que nació perfecta de la cabeza de Zeus. Pero con la inteligencia no sucedió así. No hubo una creación instantánea del animal racional. Somos el resultado de una larga y azarosa evolución que nos llevó desde el instinto a la razón, que no obedeció a ningún plan, sino que se hizo a salto de mata, resolviendo los problemas que las mutaciones genéticas y el entorno planteaban, incluido el entorno social.
Esa evolución nos ha dotado de una inteligencia poderosísima pero vulnerable, con puntos ciegos, mecanismos equivocados, trampas cognitivas y emocionales en las que caemos irremediablemente, y de las que hemos aprendido a salir. Llamo «inteligencias triunfantes» a las que son capaces de hacerlo, e «inteligencias fracasadas» a las que no consiguen superar las emboscadas de nuestra inteligencia ancestral. Pondré un ejemplo. En los años veinte del pasado siglo, un gran neuropsicólogo, Alexander Luria, estudió algunas tribus de Asia Central. Comprobó que eran incapaces de realizar un razonamiento formal, es decir, de sacar inferencias abstractas. Les preguntaba: «Un vecino vuestro va a un país donde todos los osos son blancos. Mientras camina ve un oso. ¿De qué color es?». Los nativos no sabían contestar. Respondían: «¿Cómo voy a saberlo?», o «Pregúntaselo a ese vecino». Vivían en una scape room de la que no podían escapar.
Nosotros poseemos una inteligencia moderna, reflexiva, educada, capaz de utilizar lógicas formales, pero que manifiesta con frecuencia disfunciones que la impiden alcanzar su objetivo: dirigir bien el comportamiento para resolver adecuadamente los problemas. Entre estas derrotas de la inteligencia podemos incluir las equivocaciones, que pueden ser ocasionadas por ignorancia, olvido, malas inferencias o distracción, y la insensatez, cuando el error deriva de una mala concepción de la realidad o de un mal uso persistente de la inteligencia. El castellano reconoce la diferencia. Quien se equivoca está equivocado; quien comete insensateces es un insensato. La diferencia entre «estar» y «ser» es crucial.
Este texto es un extracto de ‘La vacuna contra la insensatez’ (Ariel, 2026), de José Antonio Marina.
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