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Las tristezas sin nombre

John Keonig, una suerte de arqueólogo lingüista, decidió crear el diccionario de las tristezas sin nombre, en el que incluye cientos de neologismos que nombran realidades para las que aún no existía una palabra.

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28
abril
2026

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El lenguaje va enriqueciéndose con la aparición de realidades que no tenían cabida en su registro, porque ha de nombrarlas. Así aporofobia, mileurista, basuraleza, ciberacoso, posverdad, homoparental… Del mismo modo en que necesitamos un diagnóstico para nuestro síntoma, buscamos la palabra adecuada para designar aquella emoción concreta que nos habita. Esa palabra servirá como exorcismo anímico. Un miedo, cuando se viste de palabras, enflaquece. Por ejemplo: ese temor a que los vínculos afectivos que nosotros consideramos profundos no lo sean para el otro. ¿Cómo llamar a ese temor? Naclofobia. Del griego anachlós –lo unido de manera endeble– y fobia, miedo. La palabra no existía hasta que John Keonig, una suerte de arqueólogo lingüista, decidió crearla. No fue la única. Acumuló tantos neologismos que confeccionó un diccionario. El diccionario de las tristezas sin nombre. Ninguna pena es lo suficientemente escurridiza como para no poder definirse.

No se trata de un compendio de palabras ajenas a la alegría. Keonig rescata el significado original de «tristeza», cuyo término en inglés, sadness, proviene de la raíz latina satis, que significa plenitud. De ahí satisfecho o saciado. Tristeza aludía a una experiencia intensa, del orden que fuera, luminoso o lamentable.

La primera entrada de este diccionario es «crisalismo», que refiere la tranquilidad amniótica de estar bajo techo durante un día de tormenta. Y, llueva o no, ¿quién no hay sentido el arrebato de dejar su empleo para regentar una granja, un huerto, en un lugar apenas habitado? Se trata de experimentar un «trumspringa», de la etimología alemana «salirse del centro de la ciudad». ¿Acaso no miramos alguna de nuestras cicatrices con cierto orgullo por lo que significan de superación, de suerte, de distinción? Es una marca «escabulosa», del inglés scab, costra, más fabuloso.

Imagínense inmersos en la lectura de magnífico libro, de esos de los que nos cuesta cerrarlos, un libro cuya trama nos interpela en lo más íntimo. Quién, al terminar una lectura así, no ha sido invadido por una impresión de pérdida. Está uno «hojatriste», entonces. Para aliviar esa congoja, podríamos pensar en todas aquellas oportunidades pendientes: los países a los que aún no hemos viajado, los estudios que todavía podemos iniciar, las personas a las que conoceremos… Se trata de poner en práctica un «til», del inglés «till», caja registradora que contiene monedas sin gastar.

La primera entrada de este diccionario es «crisalismo», que refiere la tranquilidad amniótica de estar bajo techo durante un día de tormenta

¿Recuerdan a Dorothy, la niña a la que un tornado la llevó, junto con su perro Totó, a la Tierra de Oz? Cuando después de numerosas vicisitudes y aventuras consigue regresar a su casa, susurra a su mascota: «Ningún lugar como el hogar». Pero ¿de veras no extrañará ese otro país tan distinto, tan pinturero? Esa sensación, la división entre la vida que se desea y la que se tiene también tiene un nombre: «ozurie», del inglés prairie, pradera, añadido a Oz.

De la frustración a no poder volar («mapiohancia»), al empeño de hacer balance vital en los cumpleaños («etoscopia»), pasando por el miedo a que alguno de nuestros amigos esté enfadado con nosotros y no lo sepamos («lisamanía») o esas amistades latentes que cuando retomamos, aunque hayan pasado algunos años sin vernos, pareciera no se han interrumpido nunca («lailou»), la inquietud que provoca aquel a quien caemos hiperbólicamente bien, lo que nos induce a pensar que nos confunde con algún otro («dolonia») o el estado de confusión en el que el sentido interno del tiempo se desajusta respecto del calendario, por lo que tenemos la sensación de que algo ocurrido recientemente sucedió hace años («ectesia»). Todo tiene su palabra. Es cuestión de indagar en las distintas etimologías y… voilà! Mentando interjecciones, del voilà mal pronunciado viene la palabra «uala», que alude a aquello que llevábamos años malinterpretando sin saberlo hasta que un día caemos en la cuenta de su verdadero significado.

Injertos de palabras, palabras tonsuradas, amputadas, distorsionadas, palabras construidas a partir de distintos idiomas, por completo impredecibles. Pero que delimiten la incertidumbre de lo que sentimos. Una palabra que las de nombre.

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