Opinión

La peor parte

La intimidad del recuerdo y la pena, infinita, que provoca la ausencia. Fernando Savater (San Sebastián, 1947), desnudo y con el corazón en un puño, retrata cómo el dolor se ha instalado, implacable, en su vida, desde que en 2015 muriese Sara Torres –Pelo Cohete, para los amigos–, su mujer y gran amor de su vida. Reproducimos un extracto del último libro del gran pensador vasco.

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16
Mar
2020
la peor parte

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Para evitarnos rodeos, el comienzo del final de lo bueno de mi vida fue el diagnóstico fatal a Pelo Cohete (algunos de sus amigos y luego yo mismo la llamábamos así porque en la época estudiantil en que la conocí llevaba a veces un pelo erguido tipo cresta punki). Después vinieron nueve meses de pesadilla terapéutica cada vez más horrible y, finalmente, el apagón. La muerte de mi mujer, del amor de mi vida, del amor en mi vida, de mi amor a la vida. La caída irremediable en el océano de la desgracia. Aquí debiera venir el punto final: el resto es silencio. Hubiera sido lo más decente, lo único presentable. Si tres o cuatro años atrás alguien me hubiera dicho que iba a seguir viviendo más o menos como si nada en la hipótesis absurda de que Pelo Cohete muriese, le hubiera partido la cara. Su muerte (impensable, increíble, inasumible hasta como hipótesis fantástica del género macabro que tanto nos gustaba a ella y a mí) decidiría la mía con la inexorabilidad de cualquier ley física, natural. De hecho, lo que me preocupaba era lo contrario, qué sería de ella si, como parecía biológicamente lógico (y, por mi parte, decididamente deseable), yo moría antes. ¿No haría, llegado el caso, ningún disparate? Siempre me decía que no temía a la muerte («y no como tú», añadía con su sonrisilla entre tierna y fatua que tanto echo de menos), que más bien la había deseado muchas veces, desde niña. Y que, por supuesto, no pensaba sobrevivir a mi pérdida, ya se encargaría ella del asunto. Coño, era muy capaz.

Lo único que me hacía realmente insoportable el pensamiento de morir (idea siempre intimidatoria, pero para mí ya asumible de puro obsesiva) era dejarla sola, desolada, empujada a quitarse la vida. Otras veces me daba por pensar qué sentiría al ver mi rostro después de muerto. Ella, que ponía tanto celo en que me diera potingues para suavizar las arrugas, a la que nunca se le escapaba nada de mi aspecto («¡qué mala cara tenías ayer! Parecías muy cansado»), cuando me viera con la mala cara final… Me subleva la idea de que alguien me vea muerto, sobre todo entonces ella. Me da vergüenza. Es una especie de abandono imperdonable. Quizá por eso Montaigne prefería morir lejos de los suyos, entre desconocidos: a quien no nos ha visto vivir le resulta irrelevante vernos muertos. Que debería ser yo quien la viese muerta, para recordarla así siempre, y yo quien la viese agonizar, sufrir, extinguirse ante mis ojos, hundirse en la nada como en la negrura del océano, impotente para ayudarla, aumentando sus padecimientos con mis temblores y torpezas… Eso, afortunadamente, nunca lo imaginé. Me pilló de improviso. Egoísta hasta el final –es decir, optimista–, me preocupaba medio hipócritamente por ella, pensando que le iba a tocar el mal trago de mi muerte, la cual, por suerte, tendría el lado bueno de ahorrarme el espanto de la suya. Nunca he sabido ponerme en lo peor, aunque me las doy de pesimista (¡cómo se reía por esa pretensión Cioran de mí!), hasta que llega. Siempre llega y entonces nos enteramos de en qué consiste lo peor. Ahora ya he aprendido la lección… o eso creo, al menos. ¿Seguiré siendo optimista, un optimista destrozado?

«¿Seguiré siendo optimista, un optimista destrozado?»

La pasión y muerte de Pelo Cohete, su calvario atroz, asistir al sufrimiento de la persona a la que nunca soporté ver sufrir lo más mínimo, que lo sabía y conseguía lo que quisiera de mí con una lágrima, con un puchero, me enseñó también muchas más cosas terriblemente importantes y definitivas sobre mí, sobre el mundo. En primer lugar, que perder las ganas de vivir no significa tener más ganas de morir que de costumbre. Yo había creído, de modo más o menos consciente, que el apego a la vida y el deseo de muerte eran vasos comunicantes, de modo que el descenso de nivel de uno significaba el aumento del otro. Pero no es exactamente así. Por seguir con la comparación, ambos vasos pueden estar casi vacíos a la vez, aunque en cambio no es posible que estén llenos al unísono. Con la pérdida de mi amada, perdí también el afán de futuro y sobre todo el regocijo de la vida, pero seguí sintiendo la habitual antipatía por la muerte. Es como cuando padecemos un fuerte catarro nasal que embota nuestro sentido del gusto: seguimos teniendo apetito y nos atrae el aspecto de los platos preferidos, pero al probarlos vemos que han perdido su sabor y así nos aburrimos pronto de comer.

Las tareas de la vida que siempre me fueron gratas me lo siguen pareciendo, pero en cuanto las emprendo constato que se han convertido en algo insulso, átono, fatigoso e insignificante. Quizá el placer de la lectura sea la única excepción, incluso diría que ahora se ve reforzado por la deserción de los demás. En cambio, escribir se ha convertido en un gesto vacío porque ya no puede alcanzar su objetivo natural: ser leído y aprobado por ella. Desde hace treinta años, yo escribía para que ella me quisiera más: habría cambiado el Cervantes y el Nobel sin dudarlo por su sonrisa al terminar una página y la forma algo pícara en que me decía: «Qué bueno, ¿no?». No solo los elogios sino su crítica, que podía ser inmisericorde y casi siempre diabólicamente certera, también me estimulaba (después de irritarme, lo admito) y me daba fuerzas, porque yo sabía que su censura venía de que no aceptaba verme deficiente, ambiguo, ñoño. Le gustaba sobre todo mi capacidad de condensar los argumentos de una larga charla en pocas líneas y de forma clara. Si me señalaba un párrafo con su inapelable «eso no se entiende bien», había que volver a escribirlo, sin remedio; yo sabía de sobra que si ella no lo captaba de inmediato, ningún otro lector lo haría ni en diez años.

Vivir sin alegría ha sido una experiencia nueva para mí, una ruptura con mi yo anterior. Estaba acostumbrado a despertar siempre como cuando era niño, con un latente «¡vaya, otra vez!» gorjeando dentro. Y con el litúrgico «¿qué pasará?» con el que acababa cada episodio de cualquiera de los tebeos que tanto me gustaban y que leía puntualmente cada sábado por la noche. Yo sabía que cabía esperar mil peripecias divertidas, pero que nada irreparable le ocurriría al protagonista, o sea, a mí. Aunque me quejaba, lloraba y maldecía como todo el mundo, jamás me lo creí; la vida me parecía estupenda, a veces algo horrible, sin duda, pero no menos estupenda, como una buena película de terror tipo Alien o La semilla del diablo. Incluso en mis peores momentos, en la tortura del cólico nefrítico, en el hastío de un cóctel formal o una conferencia académica (son las peores experiencias que a bote pronto puedo recordar), sonaba como fondo de mi ánimo el basso ostinato de la alegría aunque ni siquiera yo pudiese darme cuenta. Ha sido al dejar de oír ese íntimo hilo musical cuando, tras la inicial extrañeza, me he dado cuenta de lo que había perdido. «Reconocí a la alegría por el ruido que hizo al marcharse», dijo Jacques Prévert (el poeta preferido de Pelo Cohete cuando la conocí), y podría hacer mía esa constatación. No se ha tratado de mudar mi estado de ánimo a otro menos agradable, sino de quedarme sin mi combustible existencial, sin lo que me permitía aguantar, inventar, querer, luchar. Hasta entonces nunca hice nada sin alegría, como de sí mismo dijo Montaigne. Ahora tengo que acostumbrarme a ir tirando, tirando de mí mismo, de residuos del pasado. Puedo jurar con la mano en el corazón que no he vuelto a ser feliz de verdad, íntimamente, como antes lo era cada día, ni un solo momento desde que supe de la enfermedad de Pelo Cohete. No sé cuánto durará esta sequía atroz, porque creo que es imposible vivir así. Para mí, imposible. Cuando me preguntan qué tal me encuentro, siento ganas de contestar lo mismo que aquel torero del XIX al que los de su cuadrilla le hicieron esa pregunta mientras le llevaban a la enfermería tras una cornada mortal: «¡Z’acabó er carbón!».


Este es un fragmento de ‘La peor parte: memoria de amor’, de Fernando Savater. (Ariel)

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