Tiny Desk Concerts: intimidad en tiempos de espectáculo
Con un escenario de menos de 20 metros cuadrados, los Tiny Desk Concerts se han convertido en uno de los formatos más populares de la industria musical. Nada de edición en los 30 minutos que duran; todo lo que sucede en ellos es auténtico. Artistas emergentes y consagrados comparten las mismas condiciones y los espectadores, en remoto, disfrutan de las canciones interpretadas con la naturalidad propia de lo íntimo.
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En estos tiempos en los que los conciertos adquieren magnitudes cercanas a lo grotesco (el de Shakira congregó, en la playa de Copacabana, a más de dos millones de asistentes), pantallas LED de tamaño colosal para poder hacerse una idea de lo que sucede en el escenario (las de la Gira PopMart, de U2, en 1997, las más grandes hasta la fecha, tenían 16,7 metros de alto por 51,8 metros de ancho), complementos como traídos de Matrix (las pulseras LED, conocidas como Xylobands, que se entregaban en los espectáculos de Coldplay cambiaban de color al ritmo de la música), coros más propios de tragedias griegas que de artistas (el más numeroso hasta la fecha es el que utilizó Michael Jackson para su gira Dangerous World Tour, 1992-1993, donde, en la canción final, Heal the World, había un coro de unos 3.000 niños). A ello se añaden los fastuosos juegos de luces, los efectos de sonido, las coreografías próximas de lo circense, los cambios de vestuario… y los precios segregados por las distintas zonas del recinto: los paquetes VIP pueden alcanzar los 2.800 dólares (Paul McCartney) y fácilmente ya rebasan los 1.000 (Taylor Swift o Madonna).
La antítesis de todo ello son los Tiny Desk Concerts («conciertos de pequeño escritorio»), una variante que lleva arrasando en popularidad desde que se pusieron en marcha en 2008. Música en directo, donde la voz no está ecualizada, ni edulcorada, sin efectos ni alharacas más allá de las que sean capaces de conjurar los músicos y el vocalista. Eso sí, se disfrutan en remoto.
Estos encuentros se han convertido en unos de los más populares de la industria musical, ofreciéndose tanto a artistas emergentes como a consagrados. Se graban en un pequeño habitáculo —el despacho de su promotor—, duran unos 20 minutos y se cuelgan a continuación en el canal de Youtube de NPR Music, que cuenta con más de 11 millones de suscriptores y más de 4.000 millones de visitas.
Todo comenzó por el ruido
Durante el festival de música South by Southwest (una cita anual celebrada en la localidad estadounidense de Austin, Texas, y en la que, además de música, hay espacios dedicados al cine), el músico Bob Biolen y el productor de NPR Music (National Public Music, un conglomerado de medios de comunicación sin ánimo de lucro) Stephen Thompson acudieron a escuchar a una cantautora de indie folk que por aquel entonces despuntaba, Laura Gibson.
Los músicos no cobran ni se les costean los viajes y han de caber en el espacio original
Disfrutar de aquel concierto resultó casi imposible, debido al ruido de los asistentes, más concentrados en conversaciones paralelas, en brindar con las botellas o vasos de cristal, y el abrir y cerrar de puertas por el que se colaba la algarabía del afuera. Ante la frustrada experiencia, Thompson le comentó a Gibson que se pasara cualquier día a cantar en sus oficinas. La propuesta tenía más de delicadeza por salir del paso que de propuesta en firme.
Tres semanas después, Gibson se presentó en las oficinas de NPR en Washington. Bob Boilen despejó su despacho, conectaron un par de micrófonos y grabaron la actuación, incluyendo una breve entrevista previa. Decidieron no editar el contenido (nada de reverb, pulido de sonido ni limpieza en la voz) al hacerlo público. Salvando las distancias, el formato recordaba bastante a los míticos «Umplugged» que emitió la MTV en los 90 o, por qué no, a Cantares, aquellos conciertos con entrevista de propina que se grababan en el Corral de La Pacheca.
Lo de Tiny Desk Concert alude, además del escritorio del propio Boilen, que permanece emplazado en su lugar original, junto a los músicos, al nombre de su primera banda, Tiny Desk Unit, de tendencia psicodélica. Casi 800 conciertos después de aquel primero, el formato ha cambiado muy poco: no se permiten equipos que amplifiquen el sonido ni la voz, la duración no puede superar la media hora, el repertorio se escoge entre los músicos y los productores y los intérpretes (que no cobran ni un denario ni se les costean los viajes o la estancia) han de caber en el espacio original. El récord lo tiene Mucca Pazza, una magnífica banda instrumental que consiguió que sus 23 músicos cupieran (eso sí, subidos en mesas, sillas y estanterías, y aún así tocaron acompasados, en un ejercicio tan musical como equilibrista).
Brutalismo para el Tiny Desk de C. Tangana
Los cinco conciertos más vistos son los de Dua Lipa; Mac Miller y Thundercat, que fusionaron el hip-hop con funk, soul, R&B progresivo, psicodelia y jazz; el del rapero Anderson Paak, que actuó al alimón con la banda de R&B Free Nationals; Sting, que compartió escenario con el jamaicano Shaggy; y C. Tangana, en 2021. El caso de este último se desvió de la naturaleza propia de los Tiny Desk, ya que se grabó en la Casa Carvajal, en la madrileña localidad de Somosaguas, uno de los ejemplos icónicos de arquitectura racionalista y brutalista española de los años 60. Allí montó C. Tangana una fiesta flamenca con quince personas, madre y tía del artista incluidas, además de Antonio Carmona, Kiko Veneno o La Húngara.
Por este formato han pasado cantantes españoles como Amaia, Diego El Cigala y C. Tangana, entre otros
No ha sido el único español que ha pasado por el formato. Concha Buika, Diego El Cigala, Tarta Relena y su insólita manera de reinterpretar el folclore, la trombonista y cantante de jazz y bossa nova Rita Payés, Nathy Peluso, Silvia Pérez Cruz, María José Llergo («I’m María José Llergo, from Andalucía, Spain»; con esta escueta presentación, su estampa de la Virgen de Luna pegada al micrófono y sin guitarra española que asomase, fue uno de los conciertos más emocionantes), el malabarista del underground Rusowsky, Guitarricadelafuente o Amaia han dejado bien alto el pabellón musical patrio.
Aunque la esencia de estos conciertos se ha mantenido a lo largo del tiempo, también ha habido alguna excepción en las localizaciones. La primera grabación fuera de las oficinas de Bob fue la del rapero Common, en la Casa Blanca, invitado por Obama. Durante la pandemia, cambiaron de nombre (Tiny Desk (Home) Concerts, y se grababan de manera remota, donde el artista considerase más adecuado. Sting lo hizo desde el salón de su casa, Justin Bieber en su estudio y Miley Cyrus desde su habitación.
Aunque durante los primeros años estos encuentros estaban en la órbita del folk-indie, poco a poco ampliaron su espectro hasta incluir en sus conciertos todo tipo de géneros, desde el jazz a la música latina, pasando por el flamenco, el rap, el hip hop o incluso el punk (memorables los 13 minutos de concierto de la banda británica Idles). Nadie quiere quedarse fuera: Bono, Taylor Swift, Adele, Alicia Keys, The Cranberris o Cat Stevens (Yusuf, ya convertido al islam) han probado este formato.
Además de disfrutar de un concierto íntimo, más auténtico y orgánico, el encuadre ha propiciado el simpático juego de ir descubriendo los detalles que pueblan ese espacio (un pequeño muñeco de Elvis Presley, un libro sobre Bowie, una fotografía de Ringo Star, una botella de cerveza…) y que, en cada actuación, difieren.
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