Tiempos Lovecraft
Si el escritor de horror H.P. Lovecraft vuelve a estar de actualidad en las reflexiones sobre el siglo XXI es porque anticipó la sensación de que fuerzas poderosas—tecnológicas, históricas o cósmicas— escapan a nuestro control, y no las entendemos.
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Desde principios de siglo, desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, trauma del que, en términos psico-geopolíticos, ni Estados Unidos ni el mundo se han recuperado (España no lo ha hecho del impacto de los atentados del 11M de 2004), vivimos unos «tiempos Lovecraft». Por algo el autor (1890-1937) –que me fascinó de adolescente en aquella primera antología en castellano de 1969, Los mitos de Cthulhu, de Rafael Llopis –vive un significativo revival. No ya porque haya festivales «weird and decadent» que lo celebren, sino porque ha vuelto tanto de la mano de referentes neoreaccionarios estadounidenses como de escritores críticos en Europa o las Américas. Quizás porque sus mensajes, de horror cósmico, más que de terror, cobran nueva relevancia en estos tiempos que algunos perciben como de locura. En una de sus obras cumbre, la novela ucrónica En las montañas de la locura (1931), apunta que «la emoción más antigua y fuerte de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y fuerte de los miedos es el miedo a lo desconocido». Y hoy hay miedo a este nuevo mundo desconocido, en sus diversas dimensiones, en el que hemos entrado.
Sin embargo, ante ese miedo, la gente puede preferir seguir esa pasión humana (junto al amor y el odio, según Lacan) que es la ignorancia; mejor no saber. «Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de negros mares de infinitud», según el escritor de Providence (La llamada de Cthulhu, 1926). Benjamin Labatut, en su opúsculo La piedra de la locura (2021, ahora reproducido por Le Grand Continent), acude a Lovecraft para explicar esa «cierta demencia que se ha infiltrado en el mundo, gota a gota, y está tomando cada vez más fuerza». Ante ella, pensaba Lovecraft, la ignorancia nos protege. Slavoj Žižek insiste en que en Lovecraft el terror no procede de la violencia física, sino del conocimiento. Lovecraft, según este filósofo esloveno, es interesante porque, como los mundos que describe, este puede contener algo radicalmente incomprensible, el conocimiento puede destruir nuestras certezas, y el horror aparece cuando lo Real irrumpe en nuestra visión ordenada del mundo.
Lovecraft dijo que «vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de negros mares de infinitud»
Howard Phillips Lovecraft era abiertamente racista (una pieza estructural de su imaginación literaria, según Michel Houllebecq), antidemócrata, anticristiano, politeísta, de unos dioses que tienen poder absoluto, pero carecen de comprensión. Un filósofo neoreaccionario como Nick Land, uno de los impulsores de la llamada «Ilustración Oscura», también bebe en Lovecraft. Como ese autor bloguero de ciencia ficción que firma como Zero HP Lovecraft (el cero se refiere a «cero puntos de vida» de los videojuegos), como recoge Arnaud Miranda (Les Lumières sombres. Comprendre la pensée néoréactionnaire). Claro que el tecnomagnate Peter Thiel no anda lejos cuando predica el Anticristo.
Michel Houellebecq, el novelista francés que tan bien sabe captar el espíritu de los tiempos, le dedicó en 1991 una biografía. Sostiene que la fuerza de Lovecraft nace de una emoción muy concreta: el rechazo visceral del mundo moderno. En cierto sentido, Houellebecq se ve a sí mismo como heredero parcial de Lovecraft, ante un mundo desprovisto de sentido trascendente y la fragilidad de la civilización moderna. Para el francés, el de Providence anticipa el nihilismo del mundo contemporáneo. No es casualidad que el resurgimiento de Lovecraft vaya acompañado, desde aquel 11-S y aún más en tiempos más recientes, del de Dostoievski y su nihilismo.
Hay otra idea de Lovecraft que resurge: la de inteligencias superiores a la humana, que nos perturban. En las dos obras citadas, los protagonistas descubren, con horror, que la humanidad no ocupa un lugar central ni privilegiado en el cosmos. Él hablaba de seres no terrestre o primigenios. Pero sus consideraciones bien podrían aplicarse a la nueva Inteligencia Artificial y sus amenazas. En esto, Lovecraft resulta también muy siglo XXI. Hoy la ciencia y la tecnología modernas pueden revelar cosas que la humanidad no está preparada para asumir, y que somos sumamente vulnerables.
El escritor insistía en que el verdadero horror no era el monstruo visible, sino lo que apenas podemos concebir
Muchos de los grandes desafíos actuales son difíciles de imaginar plenamente. Lovecraft insistía en que el verdadero horror no era el monstruo visible, sino lo que apenas podemos concebir. Fue un artista de la no descripción, de la sugerencia. Así el imaginario lovecraftiano puede servir como herramienta para pensar lo que todavía no sabemos describir bien.
Ahora se le cita como un «filósofo involuntario del siglo XXI», especialmente en debates sobre la IA u otros riesgos existenciales, como el cambio climático, las crisis geopolíticas (dadas, especialmente, las armas nucleares), u otras consecuencias de la ciencia y la tecnología como en biotecnología o ingeniería genética. Él, claro, no habló de la IA, pero su enfoque encaja con los debates actuales. Sus relatos ofrecen una metáfora poderosa para pensar inteligencias o fuerzas que superan radicalmente a la humana. Muchos de sus protagonistas descubren, siempre con horror, que la realidad es más compleja de lo que la mente humana puede procesar. Además, los sistemas de IA avanzados se están volviendo opacos, difíciles de interpretar incluso para sus creadores, no digamos ya para sus usuarios, lo que plantea enormes problemas. También para su uso militar, que ya han surgido en la guerra de Irán. Estamos ya en una situación en que no nos enteramos cuando una decisión la ha tomado una persona o un agente de IA.
Peter Thiel, Elon Musk y otros «señores del aire» no creen en la democracia, o creen que la democracia coarta la libertad, y su prioridad es esta última. Sí creen en un gobierno -y en la guerra- por IA. No es que de esas inteligencias lovecraftianas surja la maldad, sino la total indiferencia hacia la suerte de los humanos. ¿También la IA? Descontrolada, puede volverse un agente del Caos, algo que se está empezando a estudiar en serio. El universo que describía Lovecraft era caótico. Labatut se pregunta, con Lovecraft, ¿cuándo dejamos de entender el mundo, y empezamos a ser gobernados por la sinrazón? La sinrazón era parte central del universo de Lovecraft. Se ha vuelto acuciantemente actual.
Andrés Ortega es analista y escritor. Sus dos últimos libros son ‘Soledad sin solitud’ (Premio Internacional de Ensayo Jovellanos 2025), y la novela de anticipación ‘Sé Agua’.
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