¿Recuperar especies extintas?
La ciencia explora técnicas para recuperar especies que desaparecieron de la Tierra. Los avances en genética y en conservación de semillas abren posibilidades y, también, debates inevitables, sobre viabilidad ecológica, técnica y ética.
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En los últimos años, la posibilidad de recuperar especies extintas ha dejado de pertenecer únicamente al terreno del cine de los 90 y sus posteriores revivals. Los avances en genética, biotecnología y conservación están permitiendo explorar escenarios que hace apenas unas décadas parecían inalcanzables. Recientemente ha acaparado mucha atención mediática la recreación de animales similares a los antiguos lobos gigantes — similares a los célebres lobos huargo de Juego de Tronos—, generando todo tipo de reacciones en el ámbito científico. Sin embargo, más allá del innegable impacto de estos anuncios, la cuestión es más compleja y exige, por el momento, una mirada prudente.
Al mismo tiempo, existen líneas de trabajo menos espectaculares pero decisivas, como la conservación de semillas y recursos genéticos vegetales. Distintos centros de investigación y bancos de germoplasma desempeñan un papel clave en la protección de la biodiversidad agrícola y silvestre. Ambos enfoques, la recuperación genética animal y la preservación vegetal, muestran distintas formas de afrontar un mismo desafío: evitar que la pérdida de biodiversidad se vuelva irreversible.
La llamada desextinción se define como el conjunto de técnicas orientadas a recrear organismos similares a especies desaparecidas. En la práctica, esto no implica revivir exactamente a un animal extinto, sino generar individuos con rasgos genéticos próximos a los de sus antecesores. El caso de los lobos gigantes es bastante ilustrativo. En dicho caso, se han obtenido lobos actuales con características físicas asociadas a esa especie prehistórica a partir de ADN antiguo y herramientas de edición genética.
Desde el punto de vista científico, este resultado tiene límites claros. El ADN antiguo suele estar fragmentado y degradado, lo que impide reconstruir un genoma completo y funcional. Los ejemplares creados mediante estas técnicas no pueden considerarse miembros auténticos de la especie extinta, aunque sí permiten estudiar características concretas de su biología y su evolución. Este matiz es clave para comprender el alcance real de estos avances.
La llamada ‘desextinción’ se define como el conjunto de técnicas orientadas a recrear organismos similares a especies desaparecidas
No es la primera vez que se intenta algo parecido. En 2003, un equipo científico logró clonar un bucardo, una especie de cabra montesa que se había extinguido pocos años antes. El animal, no obstante, nació con graves problemas respiratorios y murió a las pocas horas. Aquel experimento mostró que la tecnología podía dar resultados parciales, pero también evidenció las dificultades biológicas y éticas que entrañan este tipo de proyectos.
Además del reto técnico, existe una cuestión ecológica fundamental. Los ecosistemas actuales no son los mismos que aquellos en los que vivieron las especies desaparecidas. El clima, la vegetación y las relaciones entre especies han cambiado de forma significativa. Introducir un organismo con rasgos antiguos en un entorno moderno plantea interrogantes sobre su capacidad de adaptación y sobre el impacto que podría generar en los equilibrios existentes.
Por este motivo, muchos especialistas subrayan que la desextinción, tal y como se plantea hoy, tiene un valor principalmente experimental y científico. Permite comprender mejor procesos evolutivos y explorar nuevas herramientas de conservación, pero no constituye una solución directa a la pérdida acelerada de biodiversidad. La protección de especies actuales, por tanto, sigue siendo una prioridad más eficaz y urgente.
Mientras la desextinción animal avanza cautelosamente, la conservación genética vegetal ofrece ejemplos más consolidados de cómo prevenir la desaparición definitiva de especies y variedades. En la Región de Murcia, el Banco de Germoplasma del Instituto Murciano de Investigación y Desarrollo Agrario conserva miles de muestras de semillas, tanto de cultivos tradicionales como de especies silvestres. Estas colecciones se almacenan en condiciones controladas y se regeneran periódicamente para garantizar su viabilidad a largo plazo.
Este trabajo resulta esencial en un contexto marcado por la homogeneización agrícola, el cambio climático y la presión sobre los ecosistemas. Muchas variedades locales han sido desplazadas por cultivos más productivos, lo que ha reducido la diversidad genética disponible. Los bancos de semillas actúan, entonces, como una reserva estratégica que permite recuperar cultivos adaptados a condiciones específicas y estudiar características que podrían ser clave en el futuro.
A esta labor científica se suma el papel de las iniciativas ciudadanas y educativas. Encuentros de semillas tradicionales, como los que se celebran en distintos municipios murcianos, fomentan el intercambio de conocimientos y materiales entre agricultores, investigadores y ciudadanos. Estas redes contribuyen a mantener vivo un patrimonio agrícola que, en muchos casos, ha estado a punto de desaparecer.
Los bancos de semillas actúan como una reserva estratégica que permite recuperar cultivos
Desde una perspectiva científica, la conservación genética no se limita al almacenamiento. El análisis genómico de semillas y plantas permite identificar rasgos de resistencia a la sequía, a enfermedades o a suelos salinos. De esta manera, estos estudios ofrecen herramientas para mejorar cultivos actuales sin perder diversidad, una cuestión clave para la seguridad alimentaria en un escenario de cambio climático.
Este enfoque preventivo, sin embargo, contrasta con la lógica de la desextinción de la que hablábamos antes. Mientras esta última intenta recuperar lo que ya se ha perdido, los bancos de germoplasma buscan evitar que la pérdida se produzca. Ambas estrategias comparten el uso de tecnologías avanzadas, pero responden a prioridades distintas dentro de la conservación de la biodiversidad.
La investigación actual también muestra que los conocimientos obtenidos a partir del ADN antiguo pueden aplicarse a la protección de especies vivas. Estudiar genomas extintos ayuda a comprender procesos de adaptación y extinción, información valiosa para diseñar estrategias de conservación más eficaces. En este sentido, la frontera entre desextinción y conservación resulta más difusa de lo que parece.
Desde luego, recuperar especies extintas plantea preguntas científicas, técnicas y ecológicas muy complejas y que aún no tienen respuestas definitivas. Frente a la fascinación pública que generan estos avances, la comunidad científica insiste en la necesidad de actuar con cautela y rigor. Preservar la biodiversidad existente, reforzar los sistemas de conservación genética y comprender mejor los límites de la intervención humana son, realmente, las tareas prioritarias.
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