‘Rebeldes’ o el dilema de la pertenencia
Francis Ford Coppola convirtió una rivalidad entre bandas adolescentes en una reflexión sobre las etiquetas que heredamos, los grupos a los que necesitamos pertenecer y la posibilidad de entender al otro sin dejar de ser nosotros mismos.
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Hay películas que hablan sobre los adolescentes y otras que recuerdan lo que significa ser uno. Rebeldes (The Outsiders, 1983), dirigida por Francis Ford Coppola a partir de la novela del mismo nombre de S. E. Hinton, pertenece a la segunda categoría. Sus personajes tienen 14, 16 o 17 años, pero el conflicto que los atraviesa es más antiguo: necesitamos pertenecer a algo y, al mismo tiempo, necesitamos saber quiénes somos fuera de aquello a lo que pertenecemos.
Greasers y socs viven en mundos distintos. Los primeros, en el lado marginal de la ciudad; los segundos, entre dinero, coches y una posición social que parece protegerlos de casi todo. La película podría haberse limitado a contar una historia de buenos y malos. No lo hace. La novela tampoco. Las emociones de Ponyboy, el adolescente a través de cuyos ojos conocemos este mundo dividido, funcionan como un espacio desde el cual él negocia su identidad, su posición social y las normas de su grupo.
En la escena del autocinema, Ponyboy y Johnny, dos de los greasers más jóvenes, terminan sentados junto a Cherry y Marcia, dos chicas socs. Pero no estamos ante un nuevo Amor sin barreras. Ni siquiera hay una historia de amor. El argumento es más sencillo, y al mismo tiempo, más complejo. Son un grupo de chicos y chicas de diferentes grupos sociales que, por azares del destino, se encuentran y, lejos de buscar alejarse, hablan entre ellos, se entienden, se reconocen.
Coppola envuelve las escenas de la película en una estética deliberadamente estilizada
Cuando Ponyboy acompaña a Cherry a por palomitas, lejos del resto, ella le dice algo que altera la imagen que él tiene de los socs: «Estoy segura de que crees que los socs lo tenemos todo hecho». Después admite que también ellos tienen problemas y concluye: «Las cosas están muy crudas por todas partes».
Cherry, sin duda, tiene privilegios que Ponyboy no tiene. Pero, durante algunos minutos, lo que desaparece es la comodidad de pensar que el otro grupo está formado por personas esencialmente distintas. Ahí es cuando Ponyboy empieza a descubrir que «soc» y «greaser» son etiquetas demasiado pequeñas para contener la complejidad de las personas que las llevan.
Johnny, sin embargo, lo pudo intuir antes, de una manera más dolorosa. Desde la novela, Hinton ya lo presenta como alguien especialmente vulnerable. La paliza que ha recibido de los socs no solo le ha dejado heridas en el rostro, sino que lo ha convertido en alguien que teme volver a quedarse solo. El adolescente que antes no tenía miedo de enfrentarse a otra pandilla empieza a llevar una navaja para protegerse. Pero su fragilidad no significa ausencia de carácter.
Podemos notarlo en el autocinema, cuando Dallas, un greaser de mayor edad, empieza a molestar a Cherry. Johnny, que apenas suele hablar y que además admira a Dallas, se interpone y le dice que la deje en paz. Ponyboy recuerda que nunca le había oído contestar así a nadie, y mucho menos a su héroe. Johnny pertenece a los greasers, los necesita, pero pertenecer no significa obedecer a ciegas.
Pero es en el solar, cuando Ponyboy y Johnny regresan del autocinema, donde todo lo que ya intuíamos comienza a coger forma. Allí, tumbados bajo las estrellas, Ponyboy empieza sacar su frustración ante una vida en la que parece que los socs siempre tienen las mejores cartas. Pero es Johnny, quien le da verdadera voz a lo que ambos sienten:
– No puedo aguantar mucho más, me mataré, o algo por el estilo.
– No, no puedes matarte, Johnny.
– Bueno, no voy a hacerlo. Pero he de hacer algo. Debe haber algún sitio en donde no haya socs ni greasers, sencillamente gente. Gente normal y corriente.
Este es probablemente el diálogo que mejor resume Rebeldes. Johnny no busca otro grupo, no quiere dejar de ser quien es, pero empieza a imaginar un lugar donde las etiquetas no determinen la vida de las personas.
Coppola envuelve estas escenas, como el resto de la película, en una estética deliberadamente estilizada. La luz dorada, los contraluces y los amaneceres convierten la Oklahoma rural en un paisaje casi suspendido en el tiempo. Sin embargo, también hubo quejas por esta elección del director. El afamado crítico Roger Ebert le reprochó en su momento un retoque excesivo, con personajes que en ocasiones parecían más imágenes cuidadosamente compuestas que adolescentes de carne y hueso. Pero incluso esa elección visual resulta coherente con lo que Coppola busca mostrar. Los personajes están atravesando una edad en la que todo parece definitivo y, al mismo tiempo, a punto de desaparecer.
Quizá por eso resulta tan extraordinario que la película terminara existiendo gracias a otro grupo que necesitaba pertenecer a una historia. En 1980, 104 estudiantes de entre 12 y 14 años de la escuela Lone Star en California firmaron una petición para que Coppola llevara The Outsiders al cine. Su bibliotecaria, Joe Ellen Misakian, había leído la novela con ellos y decidió enviar al director una carta con la petición. Tres años después, la película se estrenó. Sin redes sociales ni campañas virales, un grupo de jóvenes que había encontrado algo de sí mismos en un libro y decidieron hacer algo con ese sentimiento. Al final, quizá Rebeldes no trata tanto de elegir entre greasers y socs como de descubrir que ninguna de estas palabras basta para definirnos ni para explicar quiénes somos.
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