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La fascinación por los seres alados

Desde las alas que fabricó Dédalo con plumas y cera para que su hijo Ícaro escapara del laberinto de Creta, el hombre no ha dejado de imaginarse un ser alado, capaz de volar. Pocos deseos con tal intensidad han pervivido a través del tiempo. De ahí que la figura del ángel sea un arquetipo tan querido por los humanos.

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30
octubre
2026

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El celebérrimo poema de Poe, en el que un cuervo visita a un amante afligido; el ruiseñor con el que el poeta Keats reflexiona sobre la fugacidad de la vida; el cisne de nieve («con el ágata rosa del pico») de Darío; la mariposa de Chuang Tzu y su inquietante parábola (el hombre que soñó ser una mariposa ¿acaso al despertar no está siendo soñado por una mariposa dormida?); el albatros, de Baudelaire, las moscas que acudieron golosas a una panal, de Félix de Samaniego, las gaviotas («banderas de dos alas») de Neruda, las serpientes aladas de las que hablaba Herodoto en su Historia… Animales alados.

El ángel de la historia, alegoría con la que Benjamin nos recuerda que el progreso no es una secuencia ni lineal ni luminosa; el arcángel san Gabriel, que anuncia a María; el Ángel de la Guarda, «dulce compañía»; Luzbel, el ángel díscolo; Bruno Ganz y Otto Sander interpretando seres seráficos que insuflan ánimo a los hombres en El cielo sobre Berlín, de Wenders; Seth (Nicholas Cage), el espíritu celeste que renuncia a su condición por amor en City of Angels o Clarence Odbody, el ángel de segunda que sostiene a James Stewart en ¡Qué bello es vivir!… Seres alados.

Superman, Thor, Iron Man, Capitana Marvel o Namor son superhéroes que surcan el cielo a su antojo. Para Freud, volar se emparenta con la infancia, con el deseo de esquivar la autocensura, con aflojar el corsé de la represión, con la sensación física del clímax. Leonardo da Vinci, recién inaugurado el siglo XVI, ideó el «ornitóptero», armazón con un par de alas enormes ensambladas a un arnés que, mediante un sistema de palancas, poleas y pedales, permitía volar. Resultó fallido, pero al menos lo imaginó y lo construyó. Vuelo.

La cuestión es: ¿por qué sentimos esa inmensa querencia por los seres alados, esa fascinación ecuménica por el vuelo? El hombre también carece de branquias, no puede retozar bajo el agua más de noventa segundos, y a su ojo le falta el tapetum lucidum, que permite la visión nocturna de ciertos animales. Sin embargo, lo que más desea por encima de cualquier otra facultad es volar. «Los alados siempre son los grandes mensajeros entre los humanos y los dioses. Nos traen, una y otra vez, el mensaje de que hay una necesidad imperiosa de recuperar la mirada sagrada sobre el mundo», apunta la ensayista y escritora Elisabeth Riera en su libro Los alados. «La productividad, la competitividad, la acumulación de bienes materiales nos alejan de las alas. Volar cura de enterrarse en vida. Nos fascinan los seres alados porque están relacionados con nuestra capacidad de imaginar».

Elisabeth Riera: «Nos fascinan los seres alados porque están relacionados con nuestra capacidad de imaginar»

Durante muchos años, en las ferias y verbenas había una atracción que hipnotizaba a los niños, «el pajarito de la suerte» o «los pajaritos adivinadores». Consistía en que un pájaro (por lo general un canario) salía de una jaula, cogía con el pico uno de los muchos papelitos enrollados esparcidos sobre un tapete y, tras entregarlo al pajarero, el animal recibía alpiste. Esos papelitos contenían un mensaje sobre el futuro de quien había pagado previamente la consulta. En Grecia ya se utilizaban a las aves (su vuelo, su canto, sus plumas) para conocer qué iba a depararnos el destino. Ornitomancia. Este juego, el del «pájaro profeta», en el decir de Riera, despertaba y avivaba la capacidad de imaginar. «Sin imaginación, es decir, sin el vuelo, nos colocamos muy por debajo de nuestras posibilidades».

Para el ensayista Antonio Ruibal, existe en el hombre una sed de superación, de trascendencia, que hace que nuestro interés por los ángeles no decaiga. «Necesitamos personificar a los seres invisibles e imaginarios a partir del propio cuerpo y el ángel es una figura perfecta: por un lado, encarna la justicia, el vencimiento sobre el mal, al haber expulsado a los demonios del cielo; por otro, son protectores, y muy bellos», cuenta en El sexo de los ángeles y los santos. Son epicenos, por cierto, es decir, asexuados. Los ángeles.

Los seres alados nos permiten pensar que hay alguien que sabe de nosotros, que de alguna manera nos cuida, nos hacen sentir importantes, únicos. Nos abren la posibilidad de que exista otro mundo del que no tenemos constancia, salvo por los poetas (en el decir de Rilke). Volar permitiría, en nuestra tradición occidental, regresar a lo alto, de donde caímos. Hay algo de pureza en el vuelo. Una extrema libertad. Una absoluta ingravidez. La magia por excelencia. Por todo ello seguimos encandilados con esos seres que baten sus alas. Nos insisten en que podemos ser más nosotros mismos, tomar distancia, purificarnos.

Hay algunos insectos (especialmente polillas y moscas) oriundos de las islas subantárticas que han perdido su facultad de volar. Estas islas, ubicadas en los océanos del hemisferio sur que rodean la Antártida, se caracterizan por sus fuertes vientos. Con los años, estas especies decidieron ahorrarse la energía que requería encaran las corrientes de aire. Así que ahora muchos de ellas, aun teniendo alas, se arrastran por el suelo. Como las lombrices. El símil humano más emparentado con las alas es la imaginación. De ejercitarla depende el no arrastrarnos.

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