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Radiografía de la natalidad en España

La baja natalidad no responde solo a un cambio cultural o de valores, refleja también la distancia entre el deseo de ser madre o padre y las condiciones necesarias para serlo.

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15
junio
2026

Dice Diana Oliver en su libro Maternidades precarias que las mujeres hemos pasado de la obligación de ser madres a no poder serlo. «Ser madre no es un derecho. Pero la maternidad está directamente relacionada con los derechos de las mujeres», afirma. «La historia de las madres es una historia de derechos y libertades que, por su ausencia o su presencia, condicionan la experiencia. El destino. ¿Podemos decidir cuándo, cómo y con quién tener hijos? Quizás esa libertad para decidir sea tan solo un trampantojo para muchas».

La fecundidad en España lleva más de un siglo descendiendo, aunque no siempre al mismo ritmo. A comienzos del siglo XX, la tasa superaba los cuatro hijos por mujer. En los años 60, el baby boom produjo un repunte. En 1964, nacieron cerca de 700.000 personas en España. Seis décadas después, en 2024, hubo 318.005 nacimientos, según el INE. Menos de la mitad. Como explican las sociólogas Teresa Castro Martín, Julia Cordero y Marta Seiz en su estudio Tendencias de la fecundidad en España, la drástica reducción de la fecundidad de los últimos 60 años «está estrechamente relacionada con la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral, el acceso generalizado a métodos anticonceptivos modernos y los profundos cambios en los valores sociales, que impulsaron una mayor autonomía individual y nuevas dinámicas familiares». En pocas décadas, España ha pasado a situarse entre los países de Europa con tasas más bajas de fecundidad.

Durante los primeros años 2000 se produjo un ligero repunte, vinculado al ciclo económico y a la llegada de población migrante. Sin embargo, a partir de 2008, «en un contexto marcado por el deterioro de la situación económica, por el aumento del desempleo y de la precarización laboral, así como por la reducción del gasto público impuesta por las políticas de austeridad, la fecundidad reanudó su descenso», afirman Castro Martín, Cordero y Seiz. En solo 15 años, los nacimientos se redujeron un 38%. La crisis financiera marcó a una generación que hoy ronda o ha superado los 40, obligada a posponer la emancipación y la formación de una familia. Nuevas crisis han prolongado ese aplazamiento entre las generaciones más jóvenes, para quienes la maternidad se retrasa o deja de ser una opción.

La edad media a la que las mujeres son madres se mantiene estable en 32,6 años desde 2021. Entre las madres de nacionalidad española es algo superior, 33,2 años, frente a los 30,5 de las extranjeras. En paralelo, los partos de madres de 40 años o más han aumentado un 7,3% en la última década y ya representan el 10,4% del total.

Un estudio del CIS de 2024 sobre fecundidad, familia e infancia muestra una gran brecha entre el deseo de formar una familia y las posibilidades de hacerlo. Al 58,9% de las personas encuestadas que no son padres o madres les habría gustado serlo. Al preguntar por los motivos para no tener hijos o hijas, la respuesta es mayoritariamente económica: el 77,3% señala la falta de medios, el 44,1% los problemas de conciliación y el 26,4% el miedo a frenar la propia carrera profesional. Además, las desigualdades de género atraviesan todas esas razones: el 53,7% afirma que tener hijos afecta más a las madres en términos de oportunidades laborales.

En los medios de comunicación, es frecuente recurrir a un discurso utilitarista para responder a los miedos que genera la llegada de personas extranjeras. La inmigración aparece como un alivio demográfico y como un recurso para sostener el mercado laboral mientras la generación del baby boom llega a la jubilación. A ello se suma la idea de que las mujeres migrantes tienen más hijos por una cuestión cultural. Sin embargo, este marco simplifica una realidad mucho más compleja y dice poco sobre las condiciones reales de vida de esas mujeres y aún menos sobre sus decisiones reproductivas a largo plazo.

Según un estudio reciente de Funcas, entre 2009 y 2024, el número de mujeres en edad fértil nacidas en el extranjero creció un 33%. En ese mismo período, sin embargo, los nacimientos de madres extranjeras cayeron un 9,7% y su tasa de fecundidad bajó un 32%. La inmigración adelanta el calendario reproductivo, pero no lo altera de fondo, ya que el país acaba transformando el comportamiento reproductivo de quienes llegan.

Crecer aquí —con las dificultades de acceso a la vivienda, la precariedad laboral y la falta de conciliación— condiciona las decisiones reproductivas con independencia del origen. Las hijas de personas migrantes nacidas o criadas en España presentan niveles de fecundidad iguales o inferiores a los de la población autóctona. Si las mujeres españolas ya encuentran dificultades para sortear esas barreras, las migrantes las enfrentan con menor red de apoyo, mayor exposición a la precariedad y, en muchos casos, con menor protección laboral y social. Por eso, el estudio concluye que «España no tiene solo un déficit de madres. Tiene un entorno que neutraliza la capacidad reproductiva de todas las que hay, vengan de donde vengan».

El mapa desigual de la natalidad

La caída de la natalidad no tiene las mismas causas ni consecuencias en un contexto con un marcado desequilibrio territorial. En España, cerca del 85% de la población vive en solo el 16% del territorio, mientras que el resto del país, de carácter mayoritariamente rural, concentra a algo más del 15% de la población.

La población rural está cada vez más envejecida y masculinizada. Son muchos los estudios que analizan qué necesitarían las personas más jóvenes y las mujeres para quedarse en los pueblos. Una encuesta realizada por REDR a más de 4.000 personas señala que la población joven rural y la urbana comparten barreras de acceso al empleo y a la vivienda, pero en los pueblos la situación se agrava por las dificultades para acceder a formación superior, la falta de oportunidades de empleo cualificado y las deficiencias en el transporte público.

Casi una de cada cinco personas en edad reproductiva cree que no podrá tener el número de hijos o hijas que desea

Las mujeres rurales, además, se ven empujadas a abandonar el medio rural por la falta de empleo estable y de calidad, la ausencia de servicios sanitarios especializados —como pediatría o pruebas diagnósticas—, la escasez de centros de formación y las deficiencias en la red de transporte. Aun así, hay señales que apuntan a un cambio de tendencia. Desde 2018, el 79% de los municipios de menos de 5.000 habitantes ha registrado un saldo migratorio positivo. Y entre quienes llegan, tanto población nacional como extranjera, crece especialmente el número de mujeres que se incorporan al mercado laboral. Son cifras que aún no resuelven los problemas estructurales, pero sí sugieren que, cuando se dan las condiciones mínimas, los pueblos vuelven a ser una opción de vida.

El descenso de la natalidad es un fenómeno que afecta, sobre todo, a países de renta alta, pero que empieza a extenderse a escala global. El informe anual del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) describe esta tendencia como una «crisis de fecundidad» estrechamente vinculada a la libertad reproductiva. Según sus datos, procedentes de una encuesta realizada en 14 países, casi una de cada cinco personas en edad reproductiva cree que no podrá tener el número de hijos o hijas que desea, y un 39% señala que las restricciones económicas ya han afectado o afectarán a su capacidad de formar la familia que querría.

La baja natalidad, por tanto, no puede explicarse solo como un cambio de valores. «Factores como la inestabilidad laboral, el alto coste de la vivienda, el insuficiente apoyo institucional a las responsabilidades de crianza y la escasez de políticas efectivas de conciliación dificultan que muchas personas y parejas puedan materializar sus proyectos vitales y familiares», afirman Castro Martín, Cordero y Seiz. Más mujeres pueden decidir sobre su cuerpo y su vida —un logro innegable del feminismo—, pero esa libertad formal no siempre se traduce en condiciones efectivas para ejercerla. Es el trampantojo que señalaba Diana Oliver. Hoy, la mayoría de las mujeres pueden optar por no ser madres, pero ¿pueden decidir serlo si es lo que desean? ¿En qué condiciones?

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