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Los pensamientos oscuros más recurrentes

Hacer daño a un niño, tirarse desde las alturas o gritar en sitios silenciosos son algunos de los pensamientos intrusivos más habituales.

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29
mayo
2026

Hay una cosa que los pacientes tardan mucho en contar, y que casi siempre sale en la tercera o cuarta sesión, cuando ya han pillado confianza. Bajan la voz, miran al suelo, y te dicen alguna versión de esto: «A veces pienso cosas horribles. Cosas que no quiero pensar. Cosas que me asustan de mí mismo».

Y entonces lo cuentan.

Cuentan que a veces, al coger a su bebé en brazos, pasa por su cabeza la imagen de dejarlo caer por la ventana. Cuentan que, mientras conducen, les aparece la idea de girar bruscamente el volante contra el camión que viene de frente. Cuentan que, al coger un cuchillo para cortar el pan, se les viene la imagen de clavárselo a su pareja, a la que adoran. Cuentan que en el metro, cerca del borde del andén, sienten el impulso momentáneo de saltar o de empujar al que tienen delante. Cuentan que en misa les aparece la necesidad de gritar una blasfemia. Cuentan que mientras hacen el amor con su pareja, se cuela de repente la cara de su cuñado, o de una compañera de trabajo, o incluso de alguien con quien jamás se acostarían.

Y lo cuentan convencidos de que son malas personas. De que algo falla en ellos. De que, si los demás supieran lo que pasa por su cabeza, se alejarían con razón.

Lo primero que hay que dejar claro es que esto le pasa a casi todo el mundo. Los estudios sobre pensamientos intrusivos llevan décadas confirmándolo con muestras de población general, personas sin ningún diagnóstico: alrededor del 90% de los encuestados reconoce haber tenido pensamientos de este tipo en el último año. Agresivos, sexuales, blasfemos, absurdos, violentos. La diferencia entre quien desarrolla un problema y quien no lo desarrolla no está en tener el pensamiento. Está en lo que hace con él.

Alrededor del 90% de los encuestados reconoce haber tenido pensamientos de este tipo en el último año

Los pensamientos oscuros más frecuentes en consulta, por si alguien está leyendo esto con alivio creciente, son unos pocos y se repiten con sorprendente regularidad entre pacientes que no se conocen de nada.

El pensamiento de hacer daño a un bebé o a un niño pequeño es probablemente el que más culpa genera, y aparece con especial intensidad en madres recientes, cuyo cerebro está en un estado de hipervigilancia protectora que paradójicamente produce imágenes de la peor cosa que podría pasar.

El pensamiento de tirarse desde una altura, sin deseo real de morir, es tan común que los franceses le pusieron nombre hace dos siglos, «l’appel du vide», la llamada del vacío.

El pensamiento sexual inadecuado, con personas con las que nunca querríamos acostarnos (un familiar, un menor, alguien del mismo sexo si eres heterosexual o al revés), genera una vergüenza especialmente intensa porque la persona interpreta que, si lo ha pensado, algo querrá decir.

El pensamiento de gritar algo inapropiado en un sitio silencioso, como un funeral o una biblioteca. El pensamiento de perder el control al volante. El pensamiento de haber atropellado a alguien sin darte cuenta. El pensamiento de ser homosexual sin serlo, o de ser heterosexual sin serlo. El pensamiento de que tu pareja no te gusta en realidad. El pensamiento de haber hecho algo horrible y no recordarlo.

Todos estos pensamientos aparecen porque sí. No los invocas. No los decides. Te llegan como te llega el hambre o un bostezo, sin pedirte permiso.

La trampa empieza cuando interpretas el pensamiento como información sobre ti. Cuando te dices «si lo he pensado, por algo será». Ese es el primer paso equivocado, y el más importante, porque a partir de ahí todo lo que hagas va a empeorar el problema.

Si interpretas que el pensamiento significa algo sobre ti, harás dos cosas: intentarás quitártelo de la cabez  y empezarás a vigilarte para comprobar que no vuelve. Ambas cosas lo perpetúan.

Prueba esto ahora mismo, sin trampa. No pienses en un oso verde. Durante los próximos diez segundos, bajo ningún concepto, pienses en un oso verde.

Ya sabes qué ha pasado. El intento de bloquear un pensamiento lo amplifica, porque para comprobar que no estás pensándolo, tu cerebro tiene que volver a evocarlo. Con los pensamientos oscuros pasa exactamente lo mismo, pero cargado de miedo y de vergüenza, que son dos gasolinas que hacen arder cualquier idea.

El intento de bloquear un pensamiento lo amplifica

La segunda cosa que la gente hace, y que también empeora las cosas, es evitar. Dejas de coger al bebé en brazos. Dejas de conducir por la autopista. Dejas de entrar en la cocina cuando tu pareja está de espaldas. Dejas de ir al metro. Y cada evitación confirma al cerebro que ahí había un peligro real, con lo cual la próxima vez la alarma sube de volumen.

¿Qué funciona entonces? Básicamente tres cosas, y ninguna es mágica.

La primera, entender qué es un pensamiento. Un pensamiento no es un acto, no es una intención y no es un deseo. Es un evento eléctrico en tu cabeza, uno de los sesenta mil que vas a tener hoy. Lo que te define no es lo que aparece, sino lo que haces con lo que aparece.

La segunda, dejar de luchar. Cuando aparezca la imagen de tirar al bebé por la ventana, en lugar de apartarla con todas tus fuerzas, obsérvala pasar. Puedes decirle hola, ya estás aquí otra vez, y seguir haciendo lo que estabas haciendo. Al principio esto parece imposible, porque llevas años entrenando lo contrario. Pero con práctica, el pensamiento pierde intensidad, no porque desaparezca, sino porque deja de engancharse contigo.

La tercera, dejar de evitar. Volver a coger al bebé. Volver a conducir. Volver a entrar a la cocina. El miedo solo se apaga cuando compruebas, con el cuerpo y no con la cabeza, que el pensamiento no produce la catástrofe.

Si te pasa esto, no eres raro. Eres exactamente igual que la mayoría de la gente que camina por la calle. La única diferencia es que tú lo estás mirando de frente.

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