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Lo intolerable

El profesor de Pensamiento Político Contemporáneo Enrique Díaz Álvarez afirma que, hoy, la exhibición de la crueldad está institucionalizada. Es un arma política.

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08
julio
2026

La secretaria de Seguridad Nacional de Esta­dos Unidos visitó el Cecot [Centro de Confinamiento del Terrorismo, un centro penitenciario en El Salvador] en marzo de 2025. El video que compartió en su cuenta oficial de X dura treinta y tres segundos y ninguno de ellos tiene desperdicio: son capas y capas de información. Ve­mos a esa mujer con una gorra policial, una camisa ajustada y un cabello largo y ondulado recién salido de la peluquería. En la mano izquierda lleva un Ro­lex. Habla a la cámara de frente. Agradece la colabo­ración del Gobierno de Bukele – por la renta de ese resort penitenciario, básicamente–, y luego amena­za firmemente a los migrantes presentes y futuros: si no abandonan Estados Unidos, serán persegui­dos y arrestados, y podrían acabar en esa tétrica pri­sión salvadoreña.

Aquí, el fondo importa, literalmente. Y es que un par de metros detrás de la alta funcionaria, aparecen hacinados, dentro de una celda, los hombres rapa­dos a cero que hemos visto antes. Los torsos, desnu­dos, son morenos y los calzones, blancos. Los más tatuados se encuentran en la primera fila, de pie. En la parte posterior se ven las literas, atiborradas a lo Auschwitz. Todos miran a la cámara sin hablar ni inmutarse. Parecerían esperar a que el técnico que graba la escena grite: «corten». El panóptico peni­tenciario que analizó Foucault ha mutado: ya no es solo una celda de visibilidad inspirada en la casa de las fieras; es, sobre todo, un plató de televisión. Y cada vez somos más los «observadores anónimos y pasaje­ros» de esa jaula cruel y sofisticada.

No es fácil procesar este cambio. A principios de milenio salieron a la luz las imágenes de los soldados estadounidenses vejando a los presos iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib. Parte de la conmoción pública radicó en que aquellas fotos habían sido tomadas por los soldados mismos mientras sonreían a la cá­mara. El Gobierno del presidente Bush intentó des­ligarse por todos los medios de la brutalidad y falta de pudor que mostraban sus chicos. Se habló de mal­trato, nunca de tortura. Se cuidó toda filtración que impugnara el relato de su misión civilizatoria. Hoy, la exhibición de la crueldad está institucionalizada. Es un arma política. Sorprende el cinismo con el que circulan esas imágenes atroces desde las cuentas ofi­ciales de funcionarios e instituciones públicas de ese país.

El objeti­vo evidente es que nos habituemos a la crueldad has­ta normalizarla

No es fortuito el descaro con el que la Adminis­tración de Trump, junto a sus aliados narcisistas, nos permite echar un vistazo a los espacios y procedi­mientos de esas prisiones que acumulan demandas por violaciones de los derechos humanos. El objeti­vo evidente es que nos habituemos a la crueldad has­ta normalizarla. Ampliar el umbral hasta que nada nos repugne ni resulte intolerable. El perpetrador ya no sonríe a la cámara, sino que más bien se jacta in­disimuladamente y nos trolea.

[…] Es evidente que la Administración de Trump busca amedrentar a los migrantes con detenciones ilegales y arbitrarias, pero su objetivo es también aclimatarnos a un autoritarismo cruel y omnipoten­te. Nos llevamos las manos a la cabeza al ver cómo Trump comparte videos, generados con IA, en los que pilotea un avión militar con su corona puesta para luego echar un montón de mierda sobre los cientos de manifestantes que protestan contra su despotismo en Times Square; o cómo se puede ter­minar de limpiar étnicamente Gaza hasta convertir­la en una Riviera repleta de cócteles sin alcohol.

Esto es lo que el cinismo de las plataformas neo­fascistas está poniendo en juego mientras abrimos otro yogur. Parece que es tiempo de cambiar de es­trategia y contrarrestar estos mecanismos de poder con imaginación moral y política. Se trata, como menciona Rita Segato, de concebir contrapedago­gías capaces de rescatar una sensibilidad y unos víncu­los que se opongan a la represión y la crueldad del tiempo presente, así como de visualizar caminos al­ternativos.

No creo que sea banal o ingenuo pensar en deto­nar narrativas y acciones que movilicen afectos ale­gres, esperanzadores, comunes. Tomarse el juego en serio sin caer en lo solemne o lo aleccionador. Son muchos los errores y las carencias de la izquierda para asumir una superioridad moral per se. Quizá después de ejercer un poco de autocrítica se estará más cerca de hacer valer el sentido del humor como una herramienta poderosa contra los sinvergüenzas. Y desplegarlo hasta provocar que sientan precisa­mente eso, vergüenza. Hasta la médula.

No todo está perdido. Algo está cambiando cuan­do una ciudad como Minneapolis se moviliza solida­riamente y planta cara a las brutales redadas del ICE. También cuando un joven nacido en Uganda se ha convertido, contra todo pronóstico, en el primer alcalde socialista y musulmán de Nueva York. Zohran Mamdani ha sabido usar el lenguaje de las redes sociales para proyectar un programa político que, entre otras cosas, dignifica a los trabajadores mi­grantes y entusiasma a una generación que no quie­re vivir peor que sus padres ni ser expulsada de la ciudad en la que nació por la especulación inmobi­liaria.


Este texto es un fragmento de ‘Lo intolerable’ (Anagrama), de Enrique Díaz Álvarez. 

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