La libertad confundida
El viejo truco del poder, el de prometer la libertad para justificar una injerencia a un país, vuelve a escenificarse en la reciente intervención de Donald Trump en Venezuela. Es el espejo de un tiempo donde el lenguaje de la liberación se vacía para llenarse de intereses.
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El viejo truco del poder, el de prometer la libertad para justificar una injerencia a un país, vuelve a escenificarse en la reciente intervención de Donald Trump en Venezuela. Es el espejo de un tiempo donde el lenguaje de la liberación se vacía para llenarse de intereses. Esta cínica manipulación, sin embargo, revela una perversión del concepto mismo de libertad y de cómo su instrumentalización esconde nuevas formas de dominación. «Liberar al pueblo» o «restaurar su democracia»: son frases que hemos escuchado a menudo; es una retórica vestida de causa noble. Pero, ¿puede realmente alcanzarse la libertad mediante su negación temporal? ¿Qué tipo de libertad es aquella que debe ser implantada desde fuera, por la fuerza o la coerción económica?
Esta paradoja no es nueva: fue un mecanismo central en la geopolítica del siglo XX. Hoy presenciamos una versión actualizada del mismo fenómeno, pero, con Trump, aún más descarada. Se presenta como el síntoma de una distorsión que atraviesa la política exterior contemporánea y que parece navegar en la zona gris entre lo que Isaiah Berlin definía como la «libertad negativa» (ausencia de interferencia externa) y la «libertad positiva» (capacidad de autogobernarse). La intervención se justifica así en un acto de prestidigitación conceptual: se viola la primera (la no interferencia) en nombre de una supuesta segunda (un autogobierno futuro). ¿Estamos, entonces, ante un caso del fin justifica los medios? ¿Puede surgir la libertad a golpe de misil?
¿Puede realmente alcanzarse la libertad mediante su negación temporal?
Hannah Arendt, en Sobre la violencia, nos alertaba sobre la peligrosa tendencia de justificar cualquier medio apelando a fines nobles. «La práctica de la violencia, como toda acción, cambia el mundo, pero el cambio más probable originará un mundo más violento». Medios violentos o coercitivos tienden a corromper los fines que persiguen. Esta lógica teleológica es la que ha guiado a los regímenes totalitarios a lograr fines determinados y a justificar crímenes en «pasos necesarios». El filósofo Philip Pettit va más allá de la mera ausencia de intromisión a través del concepto de «libertad como no-dominación»: somos libres no solo cuando nadie se entromete, sino cuando no vivimos bajo la posibilidad arbitraria de que alguien lo haga; una especie de «amo» arbitrario con la capacidad de intervenir en mi vida sin justificación, y que si salgo perjudicado o no depende de su buena voluntad.
¿Puede un pueblo cuya soberanía ha sido vulnerada considerarse verdaderamente libre? ¿No está la autonomía y la autodeterminación en el corazón mismo del concepto de libertad política? La injerencia impone una voluntad ajena, convirtiendo aquello que pretendía ser autónomo en heterónomo, es decir, algo que actúa bajo reglas externas, lo que impide que un pueblo decida su propio destino o sistema de gobierno y anulando las libertades morales de los individuos. Al intervenir factores como presiones económicas o militares, se quiebra el principio de soberanía, donde el poder debería emanar exclusivamente de la voluntad del pueblo.
¿Puede un pueblo cuya soberanía ha sido vulnerada considerarse verdaderamente libre?
La filosofía kantiana aporta una perspectiva crucial, en particular a través de su concepto de autonomía como fundamento de la dignidad humana y la verdadera libertad. Para Immanuel Kant, ser libre no es actuar según inclinaciones externas o imposiciones ajenas, sino actuar según leyes que la razón se da a sí misma. Este razonamiento encuentra fundamento en Hacia la paz perpetua, donde Kant estableció como principio fundamental que «ningún Estado debe inmiscuirse por la fuerza en la constitución y el gobierno de otro Estado». Tal intromisión de potencias extranjeras constituye siempre una violación de los derechos de un pueblo independiente y un peligro para la autonomía de todos los Estados, pues socava el principio mismo de soberanía sobre el cual se construye un orden internacional justo y pacífico.
¿Puede una nación alcanzar una autonomía real si su orden político es determinado por una voluntad exterior, por muy «ilustrada» que esta se declare? Desde esta perspectiva, los llamados a derrocar gobiernos desde el exterior, especialmente cuando provienen de potencias con capacidad real de influir en los acontecimientos, crean precisamente la relación de dominación que la verdadera libertad debería evitar. Un pueblo no puede considerarse libre si su destino político está sujeto a los vaivenes de potencias extranjeras, por bien intencionadas que estas se presenten. Como nos recordaba el filósofo argentino Enrique Dussel, la verdadera liberación no puede ser un regalo de los opresores, sino el fruto de la autoafirmación de los oprimidos. Ningún pueblo puede ser libre si no es dueño de su propio proceso de liberación.
La advertencia del intelectual venezolano Arturo Uslar Pietri en su seminal artículo Sembrar el petróleo (1936) vuelve a resonar hoy. En él advertía sobre los peligros de la dependencia excesiva de un único recurso natural: el petróleo. Para Uslar, el pueblo venezonalo nunca sería dueño de su destino mientras el petróleo sea su único destino. La misma intervención que promete liberación puede convertirse en nueva forma de dominación. El desafío para Venezuela, y para cualquier nación en crisis, es encontrar el camino que evite tanto la perpetuación de la tiranía interna como el intercambio de esta por nuevas formas de dependencia externa.
Óscar Bodí es director y fundador de Everit
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