Perder la noche
Perder la oscuridad es negarnos el inigualable asombro de quien identifica por primera vez una estrella o constelación, y aprende así a ubicarse no solo en tierra y en la Tierra, sino también en el cielo, en el cosmos, en un universo inaprensible. Es perder la emoción de saber que compartimos rumbo y planeta.
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En la bruma repleta de reflejos y polución que baña nuestras ciudades apenas se distinguen algunos puntos de luz en el cielo, los que con más ahínco y fuerza nos envían sus rayos a través del vacío cósmico. Recorremos el cielo a tientas, perdida la mirada entre huecos imposibles de obviar, guiados únicamente por recuerdos, mapas fosforescentes y aplicaciones móviles.
La culpa es de la polución lumínica y muy particularmente del llamado sky glow, el resplandor incesante que, en forma de domo, encapsula a las urbes y a sus habitantes. En 2020 un hecho traumático limpió la atmósfera lo suficiente para permitir una mejor visibilidad en muchas ciudades alrededor del mundo. Fue durante el confinamiento impuesto para frenar la expansión de la COVID-19. La disminución de los aerosoles y partículas causantes de la contaminación atmosférica, que en su mayoría provenían de los tubos de escape, nos permitió respirar y ver mejor. El sky glow no desapareció del todo, pero se atenuó notablemente. Las montañas parecían más cercanas, el aire más limpio y cortante, y las estrellas refulgían como si hubiesen pasado un paño a la cúpula celeste. Duró poco.
De la misma forma en que se aclaró la atmósfera urbana cuando se restringió la movilidad, volvió a emponzoñarse con una rapidez fulgurante en cuanto retornó lo que quisimos llamar normalidad. El rebote de las emisiones contaminantes se sintió —y de qué manera— en los meses posteriores al confinamiento, tanto en lo que respecta a los gases de efecto invernadero como en la contaminación atmosférica. Desde entonces, el domo resplandeciente que bloquea la vista del cielo vuelve a reinar en las noches.
Para ver una muestra de cómo es el cielo de verdad, debemos desplazarnos a lugares en los que la luz artificial brilla por su ausencia
Tanto es así que, para ver una muestra de cómo es el cielo de verdad, debemos desplazarnos a lugares en los que la luz artificial brilla por su ausencia. Algunos de estos han obtenido certificaciones por la limitada presencia de luz de origen humano, como son los sellos DarkSky o Starlight. En esta última participa el Instituto de Astrofísica de Canarias, impulsor en 2007 de la Declaración sobre la Defensa del Cielo Nocturno y el Derecho a la Luz de las Estrellas, también conocida como la Declaración de la Palma. DarkSky, por su parte, ha señalado distintos santuarios nocturnos, el más grande de los cuales se encuentra en Oregón (Estados Unidos), y donde aquello que se quiere preservar no es el suelo o la vida terrestre, como en el resto de los espacios protegidos, sino el cielo y el titileo de las estrellas. Existe ya un creciente «turismo de la noche oscura», en el que algunos humanos, al contrario que las polillas, se alejan lo más posible de la luz para encontrar aquello que resulta imposible en una ciudad.
Lamentablemente, los centros de observación astronómica (tanto de aficionados como profesionales) también son víctimas de la contaminación lumínica, a pesar de estar situados habitualmente en áreas alejadas de cualquier fuente de luz. En los últimos años, además, les ha surgido un nuevo impedimento para explorar el cosmos: los satélites artificiales. El auge de los distintos aparatos en órbita —particularmente los miles que ya ha lanzado SpaceX, la compañía aeroespacial de Elon Musk—, sumados a la cada vez más numerosa chatarra espacial, están tejiendo una red que, aunque sea difícil de ver a simple vista, acaba distorsionando mediciones y fotografías de precisión. Hasta tal punto, de hecho, que ya afectan al 6 % de las observaciones del telescopio Hubble, situado a 593 kilómetros de la superficie terrestre. Su impacto va más allá de lo que el ojo humano puede apreciar, dado que los satélites también interfieren con las mediciones realizadas en la radioastronomía, como consecuencia de sus emisiones de ondas electromagnéticas. Esto dificulta la detección y el estudio de aquellos cuerpos celestes que escapan al espectro detectable por los telescopios ópticos.
Con todo ello, cada vez resulta más difícil maravillarse cuando se levanta la vista tras la puesta del sol, incluso aunque se haga a través de unos prismáticos, de un telescopio de aficionado e incluso de imágenes profesionales. Perder la noche es perder una parte nuclear de nuestra identidad y esencia, de las referencias culturales y vitales que han impregnado y acompañado a las civilizaciones desde su aparición en todos los rincones del planeta. Es olvidarnos de la curiosidad infinita que alimentó experimentos científicos y de las preguntas sin respuesta que hilaron ritos y leyendas. Es renunciar a los misterios insondables del cosmos, a sentir un miedo dolorosamente humano y tangible ante una inmensidad que apenas percibimos tras las múltiples y muy opacas cortinas de nuestra cotidianidad. Es rechazar la maravilla que no se puede describir con palabras, la contemplación de la nada salpicada de fotones mientras un escalofrío nos recorre la espalda, sabiéndonos vivos aquí y ahora.
Perder la noche es negarnos el inigualable asombro de quien identifica por primera vez una estrella o constelación, y aprende así a ubicarse no solo en tierra y en la Tierra, sino también en el cielo, en el cosmos, en un universo inaprensible. Es perder la emoción de saber que compartimos rumbo y planeta.
La oscuridad es tan importante como la luz. Dejar que la noche se deshilache entre destellos fluorescentes y sombras amarillentas es renunciar a un patrimonio tan valioso como el Sol. Es aceptar una realidad borrosa y cercenada, incompleta.
Es, asimismo, condenarnos a vivir en un mundo sin coordenadas.
Este texto es un extracto de ‘La Tierra no es tu planeta’ (Arpa Editores), de Andreu Escrivà.
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