La cultura de reparar frente a la cultura de reemplazar
Durante décadas hemos asociado el progreso a la expansión y al crecimiento físico. Sin embargo, los desafíos ambientales del siglo XXI nos obligan a replantear una idea aparentemente simple: quizás avanzar consista, muchas veces, en mejorar lo que ya tenemos.
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La sostenibilidad nos está obligando a revisar muchas de las ideas que durante años hemos dado por sentadas. Una de ellas es nuestra relación con el entorno construido. Más ciudades, más infraestructuras, más edificios, más consumo. El desarrollo económico y social se ha medido, en gran parte, a través de nuestra capacidad para expandirnos y construir.
Sin embargo, en un contexto marcado por la emergencia climática, la escasez de recursos y la necesidad de reducir nuestra huella ambiental, quizás ha llegado el momento de replantear una pregunta fundamental: ¿y si el progreso ya no consistiera en hacer más, sino en hacer mejor?
Tradicionalmente, cuando imaginamos el futuro pensamos en nuevos edificios, nuevas tecnologías o nuevas ciudades. Pero la realidad es mucho más compleja. La mayor parte de las viviendas, oficinas y equipamientos que utilizaremos dentro de veinte o treinta años ya existen hoy. El futuro, en gran medida, ya está construido. Esta constatación tiene profundas implicaciones ambientales, económicas y culturales.
Durante mucho tiempo hemos prestado atención a cómo construir de forma más eficiente. Y, sin duda, es necesario seguir innovando. Pero quizá no hemos dedicado la misma energía a una cuestión igualmente importante: cómo cuidar, mejorar y adaptar aquello que ya forma parte de nuestro paisaje cotidiano.
Existe una dimensión de la sostenibilidad que rara vez ocupa titulares. No está asociada a grandes anuncios ni a proyectos emblemáticos. Es una sostenibilidad más silenciosa, basada en la conservación, la renovación y la mejora progresiva. Una sostenibilidad que entiende el valor de prolongar la vida útil de los recursos y que cuestiona la lógica de sustituir constantemente lo existente por algo nuevo. En cierto modo, esta visión conecta con una idea profundamente humana: la capacidad de transformar sin destruir.
La economía circular ha contribuido a popularizar este enfoque en numerosos ámbitos, desde los materiales hasta los productos de consumo. Sin embargo, en el entorno construido todavía seguimos arrastrando inercias culturales que identifican la novedad con el progreso y la sustitución con la mejora.
La realidad demuestra que no siempre es así
Un edificio rehabilitado puede reducir significativamente su consumo energético durante décadas. Una mejora en su envolvente térmica puede traducirse en menos emisiones, menor gasto energético y una mayor calidad de vida para quienes lo habitan. Y todo ello sin necesidad de consumir los recursos que implicaría comenzar desde cero. Más allá de la dimensión técnica, existe una reflexión más amplia sobre el tipo de sociedad que queremos construir.
Las ciudades son mucho más que una suma de edificios. Son memoria, identidad y vínculos sociales. Cuando hablamos de sostenibilidad urbana no deberíamos pensar únicamente en emisiones o eficiencia energética. También deberíamos preguntarnos cómo conservar aquello que funciona, cómo adaptar nuestros espacios a nuevas necesidades y cómo generar bienestar sin depender constantemente del crecimiento material.
La sostenibilidad del siglo XXI debe ayudarnos a redefinir nuestra relación con los recursos, con los objetos y con los lugares que habitamos
La sostenibilidad del siglo XXI no puede limitarse a incorporar tecnologías más eficientes. Debe ayudarnos a redefinir nuestra relación con los recursos, con los objetos y con los lugares que habitamos. En este sentido, la rehabilitación representa algo más que una estrategia ambiental. Es una metáfora de una nueva forma de entender el progreso. Frente a la lógica del reemplazo permanente, propone la lógica de la transformación. Frente al consumo acelerado de recursos, plantea el aprovechamiento inteligente de lo existente. Frente a la idea de que el futuro siempre empieza desde cero, nos recuerda que muchas veces el futuro se construye sobre lo que ya tenemos.
Desde nuestra experiencia en el sector de la construcción sostenible, observamos cómo esta visión empieza a consolidarse en toda Europa. Cada vez más empresas, administraciones y ciudadanos entienden que la transición ecológica no dependerá únicamente de innovaciones disruptivas, sino también de decisiones cotidianas que permitan aprovechar mejor los recursos disponibles. Es una transformación que exige nuevas tecnologías, pero también nuevas mentalidades.
Quizá uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo sea precisamente ese: aprender a valorar la mejora tanto como hemos valorado históricamente la expansión. Porque la sostenibilidad no consiste únicamente en construir el futuro. También consiste en cuidar el presente. Y tal vez las sociedades más avanzadas no sean aquellas que construyen más rápido, sino aquellas que aprenden a transformar mejor aquello que ya poseen.
Giorgio Grillo es director general de Deceuninck Iberia.
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