Invisible pero esencial: así funciona la red que sostiene a todo un país
La red de gas suma una longitud de 96.000 kilómetros que abastece a 20 millones de personas y respalda al sistema eléctrico.
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Bajo el asfalto de unos 1.800 municipios españoles corren más de 96.000 kilómetros de tuberías invisibles. Esa red lleva gas a 20 millones de personas, abastece a buena parte de la industria y respalda al sistema eléctrico cuando las renovables no alcanzan. Funciona en silencio.
El gas cubre cerca del 25% de la energía primaria que consume España, solo por detrás del petróleo. El año pasado la demanda creció un 6,3%, empujada por el sistema eléctrico: la generación con gas subió un 33% para suplir el menor aporte de las renovables. Esa función de respaldo se hizo evidente el 28 de abril del año pasado, durante el apagón eléctrico. Mientras la red eléctrica colapsaba, el sistema gasista mantuvo el suministro al 100%, y las centrales de ciclo combinado, que generan electricidad quemando gas, fueron decisivas para reactivar el sistema.
España tiene los peajes de distribución de gas más bajos de Europa. Los industriales pagan 1,4 euros por megavatio-hora, seis veces menos que en el país con el peaje más alto
Además, la infraestructura de gas destaca por su gran competitividad y su apoyo al tejido industrial. España tiene hoy los peajes de distribución de gas más bajos de Europa. Según Eurostat, los clientes industriales españoles pagan 1,4 euros por megavatio-hora, seis veces menos que los del país europeo con el peaje más alto. Los hogares pagan también por este servicio por debajo de franceses, italianos, alemanes y portugueses
Esta red crucial para el país necesita de su mantenimiento continuo e inversión constante. Una tubería instalada hace treinta años sigue exigiendo supervisión, renovación y adaptación tecnológica, aunque su valor contable haya llegado a cero. El peaje de distribución es una fracción minoritaria del peaje total del gas, que a su vez es una parte reducida de la factura final. Una actualización al alza tendría un impacto marginal en el bolsillo del consumidor, pero permitiría sostener una infraestructura sobre la que se apoyan veinte millones de personas.
La red puede jugar un papel decisivo en la descarbonización gracias al biometano, un gas verde molecularmente idéntico al gas natural, y por eso 100% compatible con las calderas, cocinas y quemadores ya instalados. No hay que cambiar nada: basta con inyectarlo en la red para que llegue al consumidor con las mismas prestaciones, pero sin emisiones netas. España tiene un potencial estimado en 163 TWh anuales, suficiente para cubrir la mitad de su demanda de gas, con más de 62.000 empleos asociados a zonas rurales. Además, entre el 80% y el 90% de la actividad agrícola y ganadera del país se concentra en zonas con acceso directo a la red gasista. La materia prima está donde está la infraestructura.
Durante el apagón del 28 de abril del año pasado, el sistema gasista mantuvo el suministro al 100% y las centrales de ciclo combinado fueron decisivas para reactivar el eléctrico
España va rezagada frente a Europa. Francia tiene cerca de 700 plantas de biometano inyectando 12,5 TWh anuales, suficiente para abastecer a más de dos millones de hogares. Dinamarca cubre ya el 40% de su consumo nacional con biometano. España opera con apenas 17 plantas y 394 GWh inyectados el último año. La diferencia es que Francia ofrece primas estables a la inyección, Alemania consolidó su liderazgo con tarifas reguladas. Si en 2022 España hubiera tenido instalada esa capacidad, los consumidores se habrían ahorrado hasta 4.000 millones de euros durante la crisis energética.
Reutilizar lo que ya existe es más eficiente, más rápido y más responsable que desmantelar o duplicar redes. Pero exige que la infraestructura siga viva, mantenida, digitalizada y protegida. Exige inversión. España ha construido durante décadas una de las redes de distribución más fiables y eficientes de Europa, con los peajes más bajos del continente.
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