Inteligencia artificial: preservar lo humano en la era de los algoritmos
Ante el auge de la IA, cabe cuestionarse cómo podemos poner la tecnología al servicio de las personas.
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Cuando en 2015 el papa Francisco publicó Laudato si, muchos se sorprendieron de que el Vaticano pusiera la crisis climática en el centro de la agenda global. Con el tiempo, aquella encíclica demostró ser algo más que un documento religioso: se convirtió en una referencia ética para gobiernos, empresas e instituciones internacionales. La relevancia y continuidad del mensaje quedó además vigente con la creación del «Centro de Educación Superior Laudato Si» de la Santa Sede en alianza con el Consejo Empresarial Mundial para el Desarrollo Sostenible (WBCSD), del que Forética es el partner en España, como su socio educativo empresarial.
Una década después, con la emergencia climática ya reconocida como uno de los grandes desafíos de la civilización, León XIV hace con la inteligencia artificial lo que su predecesor hizo con el clima: elevar el debate desde lo técnico a lo humano, desde la gestión del riesgo a la pregunta de fondo sobre qué sociedad queremos construir. El paralelismo no es casual. Ambas transformaciones —el cambio climático y la IA— comparten una misma lógica: sus beneficios se concentran en quienes tienen más poder, sus costes recaen sobre los más vulnerables, y sus consecuencias más profundas las vivirán quienes hoy no tienen voz en las decisiones. La encíclica Magnifica Humanitas llega, como en su día Laudato si, en el momento justo: cuando todavía es posible elegir el rumbo.
Hoy la pregunta clave no es qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué queremos que haga y, sobre todo, para quién. En esa encrucijada se juega buena parte del futuro colectivo. Porque, como toda gran herramienta, su potencial es ambivalente. Puede contribuir a mejorar la vida de millones de personas, facilitando avances en salud, educación o sostenibilidad, pero también puede amplificar desigualdades, concentrar poder y diluir la autonomía de las personas si no se orienta adecuadamente.
Hoy la pregunta clave no es qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué queremos que haga y, sobre todo, para quién
Sin embargo, ningún camino está garantizado. La creciente concentración de datos, infraestructuras y capacidades tecnológicas en manos de un número reducido de actores plantea interrogantes relevantes sobre la equidad y la gobernanza. Al mismo tiempo, la automatización de decisiones y procesos introduce nuevas capas de opacidad que dificultan entender cómo se configuran las oportunidades y los riesgos en nuestras sociedades.
En paralelo, la IA también nos interpela en ámbitos más cotidianos, pero igualmente decisivos. En el trabajo, donde redefine habilidades y trayectorias profesionales. En la educación, donde exige nuevas formas de aprender y de enseñar. En la información, donde la frontera entre lo verdadero y lo fabricado se vuelve cada vez más difusa. En todos estos espacios, la cuestión de fondo vuelve a ser la misma: cómo preservar lo humano en un entorno crecientemente mediado por la tecnología.
Responder a este desafío requiere algo más que regulación, aunque esta sea imprescindible. Exige una reflexión compartida sobre los principios que deben guiar el desarrollo y el uso de estas herramientas. Principios como la transparencia, la equidad, la responsabilidad o el buen gobierno no son accesorios, sino condiciones necesarias para que la tecnología contribuya al bien común. En este sentido, desde Forética hemos impulsado un Manifiesto por una Inteligencia Artificial Responsable y Sostenible al que ya se han sumado decenas de empresas y que busca precisamente orientar este proceso hacia un impacto positivo en las personas, la sociedad y el planeta.
Pero más allá de marcos e iniciativas concretas, lo que está en juego es una cuestión de sentido. La encíclica plantea una imagen poderosa al hablar de la necesidad de elegir entre distintos caminos de futuro: la «torre de Babel» o los «muros de Jerusalén». No se trata de aceptar o rechazar la tecnología, sino de decidir qué tipo de civilización queremos construir con ella. En este punto, la inteligencia artificial deja de ser un asunto de especialistas para convertirse en una cuestión colectiva.
Tal vez el mayor riesgo no sea el desarrollo de la tecnología en sí mismo, sino la tentación de delegar en ella decisiones que afectan a lo más profundamente humano. Porque ninguna innovación, por sofisticada que sea, puede sustituir aquello que define nuestra condición: la capacidad de discernir, de cuidar, de construir en común.
En un mundo cada vez más mediado por algoritmos, preservar lo humano no es una consigna retórica. Es una responsabilidad compartida. Y también una oportunidad. La oportunidad de orientar el progreso hacia una sociedad más consciente, más inclusiva y más sostenible. La oportunidad, en definitiva, de recordar que el verdadero avance no se mide solo en términos de eficiencia o de capacidad tecnológica, sino en la calidad de la vida que somos capaces de construir juntos.
Germán Granda es el director general de Forética.
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