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El increíble caso de la bombilla centenaria

A aquellos apasionados inventores del siglo XX les hubiera costado imaginar que la industria del futuro sería, precisamente, la promotora de la muerte prematura de los objetos.

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12
Ago
2016
Laura Zamarriego

La bombilla del cuartel de bomberos de Livermore, en California, ya se ha convertido en leyenda. Desde que en 1901 un operario enroscara su casquillo, aquel pedazo de cristal no ha dejado de iluminar ni un solo momento durante sus 115 años de vida. Día y noche. Sin descanso, salvo importunada por algunos cortes de luz. Bien se ha ganado un hueco en el Libro Guiness de los Records como la bombilla más duradera de la historia.

En aquellos inicios del siglo XX, los inventores aún competían por ver quién lograría el utensilio mejor, esto es, el más resistente, duradero. A Thomas Edison, a Graham Bell o a Adolphe A. Chaillet (el creador de la bombilla centenaria de Livermore) les hubiera resultado cuando menos paradójico imaginar que la industria del futuro sería, precisamente, la promotora de la muerte prematura de los objetos, eso que hoy conocemos con el popular término de «obsolescencia programada». Sólo hay que pensar en cada cuánto tiempo se funden las luces de nuestra casa para darse cuenta del delirio al que hemos llegado.

«El teléfono modelo góndola que había en casa de mis padres sigue funcionando tras más de 30 años; mientras tanto, yo ya he perdido la cuenta de los dispositivos móviles que he tenido sólo en los últimos años. La última mesita que compré para los niños no ha aguantado ni un asalto, cuando la mesa de nuestros abuelos lleva decenios en su salón. La batería de mi móvil ha dejado de funcionar, mientras que la radio de válvulas o la primera televisión que compraron llevan los mismos años funcionando, sobre la misma mesa, en el mismo salón», cuenta César Franco, ingeniero industrial del Colegio Oficial de Ingenieros Industriales de Madrid.

Es ya historia que Dupont, la empresa inventora de las medias de nylon, tuvo que rebajar la calidad de su producto porque las ventas cayeron en picado una vez los usuarios se hicieron con un par. Las llamadas medias indesmallables, que hace años se reparaban en mercerías de barrio, se han perdido por el camino y ahora los pantys se sustituyen con la misma facilidad que se compran.

Medias JR

«Las cosas no duran como las de antes» no es una afirmación nostálgica en boca de generaciones progenitoras. Los ejemplos nos rodean. «La obsolescencia programada existe y es la voluntad de crear una economía que cada cierto tiempo se tenga que regenerar para hacer negocio, en vez de crear algo de calidad que lo puedas tener para toda la vida», explica Ángel Ruiz, consejero de iWop. Los fundadores de esta empresa pusieron sus ojos en la bombilla de Livermore y se preguntaron: si una tecnología así es posible, ¿por qué no se ha creado aún esa bombilla eterna?

iWop ha conseguido que sus bombillas sean las que menos consumen de todo el mercado (3,5 vatios) y las más duraderas (acumula un total de 85.000 horas). Logros nada desestimables sabiendo, además, que en 2017 el volumen anual a escala mundial de los desechos generados por la basura electrónica alcanzará los 65,4 millones de toneladas, según las previsiones de la organización Feniss (Fundación Energía e Innovación Sostenible sin Obsolescencia Programada). «La obsolescencia programada se traduce en un abuso de recursos naturales, incrementos de CO2 y de residuos que es necesario frenar», explica su presidente, Benito Muros.

Feniss aspira a que el próximo Gobierno de España actúe contra la obsolescencia programada. Y así pidió a los partidos políticos, coincidiendo con las pasadas elecciones, que incluyeran en sus programas una ley que ampare a los usuarios frente a las empresas que realizan estas prácticas. Como ejemplo en el que fijarse ponen a Francia, que el año pasado aprobó una ley que contempla penas de hasta dos años de cárcel y multas de 300.000 euros para quienes fabriquen productos con una duración determinada. La norma, llamada ‘Ley de Transición Energética’, ha sido pionera en castigar a las compañías que introduzcan defectos, debilidades, paradas programadas y obstáculos para la reparación de nuevos productos que salen al mercado.

César Franco saca a la palestra algo que a veces se nos olvida: la responsabilidad del consumidor. «Es más sencillo pensar en la industria y en el mercado que en la consciencia –o, en su caso, inconsciencia– del usuario en relación a la calidad del producto que está comprando, su ciclo de vida y los costes reales de su fabricación». Y continúa: «Negar de forma categórica la existencia de la obsolescencia programada equivale a intentar negar con el mismo ímpetu la existencia de malas prácticas en el mundo empresarial. Pero, ¿por qué querría una empresa fabricar un peor producto y arriesgarse al descontento de sus potenciales clientes? Usar esta estrategia para ganar más dinero obligando al cliente a comprar un nuevo producto es una aproximación demasiado simplista. Requeriría de un servicio post-venta (o una estrategia de marketing) excepcionales para compensar la experiencia producida por un mal producto anterior». Entonces, ¿están los consumidores dispuestos a comprar productos más baratos, arriesgándose a obtener una peor calidad? Franco tiene clara la respuesta: sí.

«Compramos un nuevo teléfono cuando tenemos el anterior perfecto», opina Rubén Sánchez, de la asociación de consumidores Facua. «Eso sí, lo compramos porque el fabricante no le ha dado todas las prestaciones que le podría dar. Nos provocan un deseo, no una necesidad. Así se garantizan que el consumidor adquiera el siguiente modelo», señala. Un ejemplo de ello serían las impresoras. Hay estudios contradictorios sobre si algunas se bloquean después de un cierto número de usos. La OCU lo desmintió, pero algunos consumidores se quejan de que se obstruyen los conductos de tinta si no se usan mucho, lo que, a la larga, inutiliza el aparato. La organización critica que el juego completo de cartuchos, que viene con uno más pequeño de serie, cueste tanto como el aparato.

Bien por necesidad real, o inducido por una buena maquinaria del marketing, lo cierto es que muchos productos habrán quedado obsoletos antes de tiempo con un destino rara vez amable: el trastero, el cubo de la basura, un punto de reciclaje (de tener suerte) o una segunda oportunidad (sólo los más afortunados).

En paralelo, comienzan a surgir soluciones para proteger a los consumidores de la obsolescencia programada. Fennis ha creado un nuevo sello conocido como ISSOP (Innovación Sostenible Sin Obsolescencia Programada), que certifica los productos sostenibles libres de este tipo de prácticas agresivas. Otro ejemplo es Alargascencia, un directorio recopilado por la ONG Amigos de la Tierra que recoge aquellos negocios que se dedican principalmente a reparar y recuperar objetos. Más de 500 comercios a lo largo y ancho de nuestra geografía están adheridos, en pie de guerra contra la cultura de usar y tirar.

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