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Entrevista a Germán Granda

«No hay ninguna solución que no pase por la sostenibilidad»

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20
mayo
2026

El cambio climático avanza, las políticas de sostenibilidad se actualizan, la tecnología evoluciona y las empresas tratan de adaptarse a un paradigma en continuo cambio. En este contexto, ¿cómo tiene que ser un experto en sostenibilidad? ¿Qué recorrido, capacidades y visión requiere este perfil? Germán Granda, socio fundador y director general de Forética, analiza cómo se han transformado los perfiles dedicados a la sostenibilidad, la importancia de la IA en estos procesos, de qué manera la incertidumbre global afecta a la sostenibilidad y las consecuencias de la hiperregulación en esta materia.


¿Cómo ha cambiado la situación desde finales de los noventa, cuando los que nos dedicábamos a la sostenibilidad éramos unos bichos raros?

Pese a que en el día a día la percepción del tiempo es lenta, está cambiando todo muy muy rápido, con una aceleración en los últimos años. Sobre todo desde la transición, se contempla la sostenibilidad desde distintos ángulos, desde un punto de vista más ético, en el abordaje de qué hacer, el carácter reputacional, en la medición del nivel de cumplimiento, en la respuesta a un mercado que demanda y un contexto que demanda… Eso no supone que todo el mundo haya recorrido ese camino al mismo tiempo.

También ha cambiado mucho la comprensión: hoy en día nadie duda de que la sostenibilidad tiene que ver con la creación de valor, la reducción de riesgos, la competitividad. Y ha crecido la sofisticación con la que se aborda, ha cambiado en lo que es un experto en este ámbito, algo muy difícil de demarcar, debido a que la comprensión sobre la sostenibilidad es sistémica, y entran tantos factores en ella (financieros, sociales, de valor, de interlocución) que es complicado. También ha habido avances en el nivel de interlocución que tenemos hoy en día, en la visibilidad, en los debates públicos, así como en el nivel de exigencia y en la carga de profundidad. La transformación es, pues, radical.

Y, a pesar de todo ello, a pesar de las evidencias, no solo científicas, todavía existe un gran cuestionamiento, no sé si puramente ideológico o por motivos adicionales. ¿Qué podemos hacer para convertir a esas voces discrepantes que existen?

Hay diferentes ángulos de comprensión de la reacción en contra de la sostenibilidad. Una, desde luego, es la ideológica, basada en la vulnerabilidad sistemática del terreno geopolítico, medioambiental, social, donde las posibilidades de crecimiento en los últimos años son escasas respecto del pasado, hay menos oportunidades y son más inciertas y eso afecta al día a día de las personas. Cuando alguien genera voces que aportan supuestamente soluciones rápidas, la visión a largo plazo se reduce. ¿Qué hacer? Reforzar los mensajes, perseverar en un enfoque de la sostenibilidad que tiene que ver con hacer mejores empresas, mejores países, mejores mercados. Quedan muchos retos en la transición y ciertos sectores se van a resistir. Hay que tener en cuenta que ha habido una sobrerregulación a la que no han podido llegar todas las empresas; esos errores o dolores de la primera etapa de la sostenibilidad hay que solucionarlos para avanzar en la segunda, porque si hay algo claro es que no hay otra solución que no pase por la sostenibilidad.

Hablas de una primera y una segunda etapa. ¿Podrías explicar esto un poco más?

Cualquier cambio cultural supone un cambio de mentalidad que tarda en producirse. La primera etapa serían esos veinticinco primeros años en los que la sostenibilidad iba pasando a primer nivel. Cuando estábamos tú y yo en la universidad, solo había una asignatura relacionada con el medioambiente. El impacto social y medioambiental de las empresas solo se corregía mediante sanciones, no había conciencia. Hablamos de unos años en los que el cambio climático era una posibilidad, no un hecho. En esos veinticinco años se han desarrollado herramientas para implementar la sostenibilidad en las empresas y se ha producido una reflexión necesaria que ha llevado a una comprensión mayor, a una enorme concienciación. Ya nadie duda, salvo esos pocos, de que la emergencia climática es una certidumbre.

«Hoy en día nadie duda de que la sostenibilidad tiene que ver creación de valor, la reducción de riesgos, la competitividad»

Con este panorama, necesitamos una Unión Europea fuerte, capaz de liderar una sostenibilidad práctica. En estos momentos asistimos a una desinflación regulatoria, a un pequeño parón, a una menor intensidad, y hay que seguir buscando soluciones, sobre todo porque no vamos a ser capaces de cumplir el compromiso de reducir la temperatura media un grado y medio. Esa segunda etapa incluye todos estos ingredientes incorporados, y los que van a venir. El reto es el cumplimiento de ser sostenible, y necesitamos otro punto de arranque para avanzar.

Hablas de desinflación, después de unos años de hiperinflación regulatoria, donde las autoridades europeas querían hacer muchas cosas en poco tiempo en muchas empresas. ¿Qué impacto ha tenido esto en los consejos y  comités de dirección, en cada una de las personas que toma decisiones?

Impacto ha tenido, desde luego, ya que las empresas han ido marcando su liderazgo a partir del discurso a propósito del management de la sostenibilidad. Muchas ya estaban preocupadas por su impacto social, medioambiental, antes de esa regulación. En un primer momento se vio de manera muy positiva, igual que la reforma de los aspectos previos de gobernanza después de la crisis económica; se trató y se trata de establecer unas reglas del juego comunes. A partir de ahí, el reto es europeo, porque esa hiperregulación ha generado descontento en algunos sectores, como el agroalimentario, con un rechazo de organizaciones más pequeñas que no entendían el modo en que se había acomodado las demandas regulatorias con las demandas de mercado, en las que se introducían productos y servicios de otros lugares con menos exigencias. Marcamos unos estándares y eso es bueno, pero hay que comprender el contexto y adecuar las velocidades. Para las empresas ha supuesto un estímulo importante, pero algunas se han centrado en el reporte, en medir y no tanto en cambiar sistemas e innovar para mejorar la vida de otras personas.

Antes comentabas lo difícil de definir un perfil dedicado a la sostenibilidad. ¿Cómo van a cambiar a futuro las capacidades y competencias de la gente que se dedica a ella? 

Es difícil pronosticar. Yo estudié finanzas y acabé en sostenibilidad. Hemos aprendido trabajando, sobre la marcha, hay que estar continuamente aprendiendo y adaptándose. En ese proceso que pasa de la ética a la reputación, al cumplimiento y al mercado los perfiles cambian, por la propia lógica de la construcción de cuál es la respuesta de la empresa a los retos sociales y ambientales dependiendo de si su objetivo es reputacional, por ejemplo, o de otro tipo. Ya sabíamos hace años que no teníamos las mejores herramientas en términos de reporte, pero ahora hay conocimiento mejor, y no nos podemos obsesionar tanto por los reportes como por cambiar las dinámicas.

«Cualquier persona que trabaje en sostenibilidad se queda fuera si no contempla la IA»

Para trabajar en este ámbito casi tienes que ser polímata. Debes tener una profunda comprensión de qué es una empresa, cómo funciona, y no puedes estar ajeno a la actividad financiera, a la política de riesgos, la aportación de valor, además de controlar los elementos técnicos del clima, la economía circular, el agua… Es imposible que alguien tenga toda esa comprensión.

Este es uno de los aspectos que más está cambiando en las compañías, y que está generando tensión: la concepción de la sostenibilidad, de la RSC como si fuera un huevo frito, con alguien que centraliza todo, está mutando hacia una idea de huevos revueltos, donde la sostenibilidad pasa por todos los ámbitos. La sostenibilidad afecta también a los profesionales que no se dedican a ella: el departamento de compras o el de finanzas no pueden estar ajenos, tampoco el de tecnología. Es lógico que alguien centralice el trabajo y que haya un perfil relevante que reporte al consejo. Algunas empresas han sido capaces de construirlo y otras empresas se decantan por un reparto de funciones. En ello nos jugamos la consolidación de valor de la compañía.

Hace 18 meses vivíamos una vorágine regulatoria propiciada por la Comisión Europea. Europa necesitaba ser más competitiva, y ahora atravesamos un momento en el que se intenta simplificar la sostenibilidad. ¿Cuáles serían tus recomendaciones a los directores de sostenibilidad?

Tienen que reformular cuáles son los elementos que contribuyen al crecimiento de la organización, estar pendientes de la captación y retención de personas, atentos a las oportunidades de nuevos mercados y negocio, atraer a inversores… Sin la comprensión del valor que aporta la ESG a la compañía no puede ser un buen profesional. Ahora es un buen momento para revisar todo ello y buscar apoyo para encontrar el business case. Otro punto que hay que contemplar es que estamos en un momento de recalibración por parte de la inversión en materia de sostenibilidad. Desde Forética hemos visto cómo las empresas con mejor gobernanza no han tenido esa confianza de los inversores, porque requiere un largo plazo en el retorno, y porque ahora, a diferencia de unos años, competimos con Defensa y con la IA. Esa comprensión va a seguir vigente, y hay que estar preparados para evitar modas o cambios políticos que nos hagan descuidar la gobernanza porque, a la larga, será un gran error. 

Ahora que mencionas la Inteligencia Artificial, ¿en qué medida las herramientas que proporciona pueden ayudar a las compañías a mejorar su impacto en sostenibilidad?

Desde Forética nos hemos preocupado mucho por este asunto, procurando generar una comprensión entre todos. Hemos creado un Manifiesto de la IA Responsable para generar una conversación y ver qué herramientas utiliza cada uno, cuáles son las capacidades de medir en términos de eficiencia energética o predecir fenómenos meteorológicos o recabar respuestas. Es cierto que, en tanto que la velocidad de capturar datos y reportarlos, las ventajas son inmensas, y por ello cualquier persona que trabaje en sostenibilidad se queda fuera si no contempla la IA. La parte positiva de la IA se ve en términos de respuesta al cambio climático, cómo nos ayuda a revertir la degradación de la naturaleza, hay que introducirla en cuestión de derechos humanos, en los elementos de gobernanza, pero también saber que tiene riesgos y hay que ser honestos con esto, por ejemplo en el asunto de los sesgos o la privacidad. Hay que analizar todo esto porque una cosa es la velocidad a la que se introduce y actúa la IA y otra la de quien mantiene el debate ético.

Aproximadamente a finales de 2024, Forética publicó una encuesta a propósito de si los ciudadanos consideraban que la sostenibilidad era una cuestión de izquierdas o derechas. Por encima del 70% pensaron los encuestados que se trata de una prioridad para todos, al margen de ideologías. ¿Ha disminuido ese porcentaje? 

Hay una serie de conceptos en los que estamos de acuerdo: nadie quiere respirar aire contaminado, ni tomar alimentos no sanos. Ha sido en los tiempos de adopción y en cómo hacerlos operativos donde se ha introducido la ideología, lo que hace flaco favor a esta conversación. Es un buen momento para retomarla y tal vez cambiar ciertas etiquetas o nomenclaturas para aglutinar a más gente, centrarnos en los elementos demostrativos de la autonomía estratégica, hablar de renovables, de economía circular y de tener una cadena de valor controlada, porque todo ello pasa por la sostenibilidad. Hay que plantear bien el debate, centrarlo en autonomía e innovación, sumado a mejorar competencias y talento de las personas. También es importante hacer ver las urgencias menos visibles, como el asunto del agua, y focalizar los aspectos críticos de la modernización de un país, porque todo pasa por la sostenibilidad.

Lo cierto es que hay una asociación de cuestiones de sostenibilidad a determinadas opciones políticas. ¿Vamos en la dirección correcta para combatir esto, para quitar el barniz ideológico a estas cuestiones?

Hemos llegado a un punto de tal polarización que es difícil, hay que fijarnos en otros países en los que la cuestión de la sostenibilidad no depende de opciones políticas sino del bienestar común. A cada país hay que exigirle en función de determinadas cuestiones, no le puedes pedir los mismos criterios a todos. En vez de insistir en quién tiene razón, hay que volver a los asuntos fundamentales, a los retos del mundo, y cualquier elemento que conduzca a la desigualdad o cohesión social influye en un momento como el nuestro de incertidumbre. 

El reto es trabajar el business case, aflorar los asuntos de creación de valor, prestar atención a los retos principales para las compañías, y tener presente que el capitalismo funciona cuando la virtud es recompensada…

Sí, ha de haber una comprensión sistemática, de la cadena de valor, de mis clientes, de todos los ámbitos. Cuando se tiene una comprensión de la sostenibilidad desde el diseño en todos los procesos, cambian las soluciones, las perspectivas y las oportunidades que se producen, y aparece la innovación. Y los retos de sostenibilidad no son locales, sino planetarios. No hay que olvidar que el 50% del PIB depende de la naturaleza, sin ella nada funciona. Tenemos que atacar muchos elementos al mismo tiempo y es más fácil poner barreras que generar soluciones en un contexto donde se cuestiona el libre comercio o la integridad territorial. Se hace necesaria una búsqueda de soluciones con coaliciones entre empresas y administraciones públicas, donde nos sentemos juntos para encarar el reto. Es ahí donde surgen las diferencias, pero también las oportunidades.

Imagínate que te dan libertad para incluir alguna cuestión en los programas de los partidos políticos que participan en unas elecciones. ¿Qué sería?

Es muy difícil marcar una receta única para un contexto como España. Creo que pasaría por la identificación de los retos del país en términos de las tres áreas (ambiental, social y de gobernanza), y marcar las líneas de colaboración para que, entre todos, podamos afrontarlos. Nadie va a resolver por sí mismo el problema del cambio climático, pero sí podemos identificar los dolores de la inercia que nos ha llevado hasta aquí y establecer dos o tres aspectos de consenso sobre los que trabajar. No podemos olvidar que, a pesar de que afrontamos una crisis del estado del bienestar, de inmigración y de viviendas, la sostenibilidad influye en todo ello, nos jugamos la economía. Esta atomización de retos impide que haya una visión de conjunto que funcione.

Ramón Pueyo, Head of Sustainability and Corporate Governance Services de KPMG España y Germán Granda, Director General de Forética.

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