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Imaginar el fin

«La creciente ansiedad generada por el Reloj del Apocalipsis, que nos sitúa en un momento de crisis peor que durante la carrera atómica o el desastre de Chernóbil, es síntoma de una acelerada cancelación del futuro», apunta Eudald Espluga.

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27
abril
2026

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Empecemos por el final: quedan exactamente ochenta y nueve segundos para el fin del mundo. O al menos así lo determinó un comité de expertos convocados en Washington por el Boletín de Científicos Atómicos en enero de 2025. Se trata de la cifra más inminente en los casi ochenta años de historia del Doomsday Clock, una cuenta atrás simbólica que representa la probabilidad de una catástrofe global provocada por el hombre. El cálculo lo llevan a cabo científicos de gran reputación académica, a través del Boletín que pusieron en marcha diversos integrantes del Proyecto Manhattan para alertar a la población de las amenazas que se ciernen sobre la humanidad, fijándose en la proliferación de armas nucleares, pero también en «la continua crisis climática, las guerras y las amenazas biológicas, como la exposición a enfermedades, y las tecnológicas, como la falta de regulación de la inteligencia artificial».

El procedimiento mediante el que se determina cada año el avance de las manecillas del Reloj del Apocalipsis, pese a sus ropajes académicos, no tiene mucho de científico. Se convoca a los especialistas para que respondan, sobre la base de la evidencia disponible, a la pregunta de si la humanidad está más o menos a salvo de una catástrofe autoinfligida que el año anterior. Y la respuesta, en las últimas ediciones, está siendo clara: el fin está más cerca que nunca. La invasión rusa de Ucrania, la falta de políticas públicas para mitigar el cambio climático, el genocidio en Palestina o la falta de control sobre la inteligencia artificial son algunos de los motivos que llevaron a Daniel Holz, presidente de la Junta de Ciencia y Seguridad del Boletín, a concluir que «el mundo no ha hecho suficiente progreso para detener nuestro propio final. Cada segundo aumenta la probabilidad de una catástrofe global».

La acelerada cancelación del futuro

La creciente ansiedad generada por el Reloj del Apocalipsis, que nos sitúa en un momento de crisis peor que durante la carrera atómica o el desastre de Chernóbil, es síntoma de una acelerada cancelación del futuro. Sabemos desde hace años que, para muchas personas, el futuro — entendido como la posibilidad de acceder a una vida buena— se ha vuelto cada vez más improbable. Especialmente para los más jóvenes, la llamada «lenta cancelación del futuro» describía una contracción de las expectativas materiales, la certeza amarga de que los hijos del neoliberalismo viviríamos peor que nuestros padres. Pero los efectos devastadores de la crisis climática y el veloz desarrollo tecnológico han estimulado la cancelación del futuro, que ha dejado de ser una metáfora socioeconómica sobre el ensanchamiento progresivo de las desigualdades de clase y la creación de nuevas formas de precariedad y pobreza para referirse, literalmente, a la imposibilidad inminente de habitar el planeta.

Los efectos devastadores de la crisis climática y el veloz desarrollo tecnológico han estimulado la cancelación del futuro

La ahora acelerada cancelación del futuro designa, por lo tanto, la espídica amenaza de extinción a causa de la multiplicación de cambios climáticos ligados al aumento de temperatura: acidificación de los océanos, incendios de sexta generación, pérdida de biodiversidad, subida del nivel del mar, desertificación y aumento de sequías, cambios en las corrientes oceánicas, epidemias, fenómenos meteorológicos extremos (ciclones, huracanes, tifones), hambrunas por escasez de alimentos, enfermedades causadas por la contaminación, muertes por calor…

La precisión de este diagnóstico es tal que, mientras escribo estas palabras, solo en España se han quemado más de trescientas cincuenta mil hectáreas en una oleada de más de cuarenta incendios que ha dejado imágenes devastadoras de pueblos enteros quemados. El gobierno ha decretado casi todo el país como «zona catastrófica». El mismo verano en el que han muerto más de mil quinientas personas por calor y el mar Mediterráneo acaba de registrar 32 ºC de temperatura, una cifra que, lejos de ser una anécdota, confirma el incremento de 1,8 ºC en las últimas cuatro décadas. La disponibilidad del agua se ha reducido en un 12 % desde 1980, y las lluvias podrían llegar a reducirse un 20 % adicional a mediados de siglo.

Frente a la dureza de los hechos, la cancelación del futuro muchas veces aparece como el efecto terrible del negacionismo climático. ¿Cómo puede ser que ante estos datos nadie haga nada?, nos preguntamos, bienintencionados, en libros, documentales y columnas de periódico. ¡Hace falta más difusión de estas verdades!, gritamos. Pero lo cierto es que esta evidencia, y las trágicas imágenes que la acompañan, pueden generar incluso el efecto contrario, una suerte de impotencia crítica. Es decir, que lejos de animarnos a la acción transformadora, estos datos científicamente probados consiguen empequeñecer cualquier proyecto de acción frente a la omnipotencia destructiva del capital.


Este texto es un extracto de ‘Imaginar el fin’ (Paidós), de Eudald Esplugá.

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