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Medio Ambiente

La huella oculta de la devolución ‘online’

Comprar por internet nunca había sido tan fácil; devolver lo que compramos, tampoco. Pero detrás de esa comodidad hay un proceso logístico que consume energía, genera residuos y plantea la pregunta de quién paga realmente el coste de las devoluciones.

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31
julio
2026

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Cada vez que devolvemos un pedido que hicimos online, comienza un viaje del que no siempre nos damos cuenta. El paquete sale de nuestra casa, pasa por centros logísticos, se inspecciona y se clasifica. Ya después puede encontrar, o no, un nuevo destino. Para nosotros, la operación suele ser gratuita y casi instantánea. Pero para el sistema supone una sucesión de movimientos, consumo energético y recursos cuyo impacto económico y ambiental crece al mismo ritmo que el comercio electrónico. Es innegable. Comprar por internet ha cambiado nuestra forma de consumir.

Actualmente podemos pedir una misma camisa en varias tallas, comparar modelos de zapatos sin ir a la tienda o devolver un pantalón simplemente porque el color no nos ha convencido. Esto ha eliminado parcialmente la incertidumbre que antes acompañaba nuestras compras a distancia y ha convertido la devolución en una extensión casi natural del proceso.

El comercio electrónico sigue creciendo en todo el mundo y también el volumen de mercancías que recorren carreteras, centros logísticos y puntos de recogida. Según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), este modelo ha multiplicado los pequeños envíos y el uso de embalajes, al tiempo que ha incrementado el número de devoluciones, algo que suele pasar inadvertido cuando hablamos del impacto ambiental del comercio digital. Solo en Estados Unidos, las devoluciones de productos en 2022 costaron 816.000 millones de dólares, de acuerdo con los datos de la National Retail Federation. A eso hay que añadir que eliminar un producto genera entre cinco y veinte más emisiones que darle una segunda vida mediante la reutilización o la reventa.

La devolución en línea forma parte de una cadena de almacenes automatizados, sistemas de clasificación, vehículos y nuevos embalajes

Solemos asociar el impacto ambiental al transporte, pero la huella de una devolución empieza mucho antes de que el paquete vuelva a su origen. Forma parte de una cadena en la que intervienen almacenes automatizados, sistemas de clasificación, vehículos, nuevos embalajes y trabajadores que inspeccionan los productos para decidir si pueden volver a ponerse a la venta. A esto se le conoce con el nombre de «logística inversa» y representa uno de los procesos más complejos del comercio electrónico.

Los expertos en logística y negocios Dale S. Rogers y Ronald Tibben-Lembke explican en su libro Going Backwards: Reverse Logistics Trends and Practices que «la logística inversa es mucho más que reutilizar contenedores y reciclar materiales de embalaje», ya que engloba todas las actividades destinadas a recuperar el valor de un producto o gestionar su eliminación cuando ya no puede volver al mercado.

Un viaje de ida ¿y vuelta?

Usualmente pensamos en la devolución como un trayecto de ida y vuelta, pero pocas veces funciona así. Un paquete puede regresar a un centro distinto del que salió, esperar varios días hasta ser revisado y acabar en otro país antes de volver a ponerse a la venta. Si el producto presenta algún desperfecto, le falta el embalaje original o reacondicionarlo resulta demasiado costoso, la situación cambia. Algunas empresas optan por revenderlo, otras lo liquidan a través de canales secundarios y, en determinados casos, el artículo termina reciclándose o destruyéndose.

El volumen de devoluciones ayuda a entender la dimensión del problema. Según la Agencia Europea de Medio Ambiente, una de cada cinco prendas compradas por internet en Europa acaba siendo devuelta, tres veces más que las adquiridas en tiendas físicas. El organismo calcula, además, que alrededor de un tercio de esa ropa termina destruyéndose. En conjunto, entre el 4% y el 9% de todos los textiles comercializados en Europa se destruyen antes incluso de utilizarse, lo que equivale a entre 264.000 y 594.000 toneladas al año.

Una de cada cinco prendas compradas por internet en Europa acaba siendo devuelta

El transporte es solo una parte del problema. Cada devolución implica nuevas etiquetas, más cartón, cintas adhesivas, bolsas protectoras y consumo energético en plataformas logísticas que funcionan las veinticuatro horas del día. A ello se suma la denominada «última milla», el tramo final de reparto, que concentra buena parte de los desplazamientos asociados al comercio electrónico. La UNCTAD identifica la optimización de esa logística como una de las medidas más eficaces para reducir la huella ambiental del sector.

En paralelo, las empresas buscan fórmulas para reducir las devoluciones antes incluso de que se produzcan. Probadores virtuales, herramientas de inteligencia artificial que recomiendan la talla más adecuada, fotografías más precisas o descripciones más completas persiguen un mismo objetivo: que compremos con más información y devolvamos menos. Algunas plataformas también han comenzado a revisar sus políticas de devoluciones gratuitas –aunque la Unión Europea protege ese derecho–, una decisión que responde tanto al aumento de los costes logísticos como a la necesidad de reducir desplazamientos innecesarios.

Nosotros, los consumidores, tampoco somos ajenos a esta transformación. Consultar las medidas de una prenda, leer las opiniones de otros compradores o dedicar unos minutos más a comparar las características de un producto puede evitar un nuevo recorrido para un paquete que, en muchos casos, nunca habría necesitado abandonar el almacén.

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