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Medio Ambiente

Capturar CO2, ¿cuánto está logrando realmente la tecnología?

Las emisiones de carbono son uno de los grandes retos del presente, por lo que eliminarlo de la atmósfera es un gran avance. La idea de limpiar el aire resulta prometedora, pero las tecnologías que buscan conseguirlo están en una posición compleja.

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24
septiembre
2026

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Las emisiones son uno de los problemas cruciales del siglo XXI, así que uno de los grandes retos de las últimas décadas ha sido el de cómo enfrentarse a ellas. Reducirlas es el objetivo, pero ¿y si se pudiese eliminarlas? Esa es la base de la que parten las tecnologías de captura de emisiones, como las que buscan capturar CO2. Simplificando mucho las cosas, estas tecnologías son capaces de captar el dióxido de carbono que se genera y, una vez captado, lo comprimen o transportan para que se le pueda dar nuevos usos o para que sea almacenado. El qué se hace con él o de dónde se saca son matices importantes, porque es lo que marca la diferencia entre los tipos de herramientas de captura existentes.

Las CCS (por las siglas en inglés de carbon capture and storage, es decir, captura de carbono y almacenamiento) actúan allí donde se emite CO2 (por ejemplo, una central eléctrica): se absorbe en lugar de dejar que salga a la atmósfera y se almacena en depósitos subterráneos. Esto ya se emplea desde los años 70. A capacidad completa, es por el modelo por el que se está apostando en varias economías del Norte Global. Solo en Europa, la capacidad de las CCS se multiplicará por 100 antes de 2030, según Deloitte. Son, en grandes líneas, las más populares.

Luego están las CCU (carbon captore and usage, captura de carbono y uso) que le dan nueva vida en industrias que necesitan carbono para sus procesos y las CDR/DAC (captura directa del aire del carbono), una clase mucho más compleja y todavía experimental.

Solo en Europa, la capacidad de las tecnologías de captura y almacenamiento de carbono se multiplicará por 100 antes de 2030

Ahora mismo, las tecnologías de captura de carbono logran extraer 62,5 Mt CO2 al año, según datos de la IEA estimados para 2026, a los que se sumarán a cierre de este año 15 Mt CO2 más de los sistemas en construcción. Casi la mitad de todo lo que se captura se hace en Norteamérica. Un 60% del total global viene de las capturas de emisiones del procesado de gas natural.

Por tanto, su alcance es todavía muy limitado. Pero ¿es la captura de carbono la solución del futuro o es un parche que no afronta el problema? Las voces críticas sostienen que no cambia realmente las cosas, sino que, más bien, alienta que se mantenga el statu quo. De hecho, denuncian que solo se ha logrado capturar el 0,001% de las emisiones globales de los últimos 50 años y que no tienen un impacto significativo en la lucha contra las emisiones. Según datos de la Fundación David Suzuki, estas herramientas solo sirven para mantener en funcionamiento la industria del petróleo (el 70% de las capturas se van a ayudar a extraer más petróleo en Canadá, advierten) y requieren un elevado consumo de energía para funcionar. Incluso, asegura esa misma fuente, capturar carbono es mucho más caro de lo que sería no emitirlo pasándose a las energías renovables. Por su lado, sus defensores recuerdan que en algunas industrias es imposible no emitir CO2 y que el dióxido de carbono es un problema que está ahí.

«No es ciencia ficción: la captura de carbono es real y ya está funcionando. Pero eso no significa que sea la solución milagrosa que hemos estado esperando», asegura Samantha Gross, experta en energía de la Brookings Institution e invitada a un reciente podcast de EsadeGeo, en un análisis que publica el Observatorio EsadeGeo-Fundación Repsol sobre Geopolítica y Transición Energética. Es un añadido valioso, concluye este análisis, pero no se puede ver como una solución definitiva ante el problema.

A eso hay que sumar que la gran frontera por conquistar es el DAC, la captura directa del aire, y que todo está ahí todavía en una fase experimental. Absorber CO2 del aire parece una solución a un problema de décadas, pero ahora mismo resulta muy complicado y demasiado caro. Varias startups y equipos de investigación universitarios están trabajando en ello para intentar que funcione de forma competitiva. Uno de ellos es un equipo del INMA, un instituto mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad de Zaragoza, que publicó recientemente un estudio que aplica las membranas basadas en materiales MOF (estructuras metal-orgánicas porosas) para capturar dióxido directamente del aire, sin ir a una fuente concreta de emisiones.

Aun así, las cosas no están en un momento dorado para las tecnologías DAC a nivel global. En 2025, las compañías del sector estaban afrontando un momento de crisis, como apunta un análisis de The New York Times. Las startups detrás de este tipo de tecnologías estaban recibiendo inversiones interesantes, corporaciones gigantescas como Amazon o Google compraban créditos de captura de carbono y las proyecciones económicas sobre el potencial del mercado eran brutalmente positivas. Seis meses después, vieron cómo se les cortaba el grifo.

La clave de este cambio estaba en la geopolítica (la administración Trump creó un clima poco propicio, las ayudas se congelaron y las empresas del sector hicieron recortes de plantilla) y también en las dudas. El mercado se planteaba si las tecnologías DAC eran realmente viables después de que los resultados de las plantas experimentales no estuviesen a la altura. La construida en Islandia no lograba cumplir con las proyecciones de capturas.

Un año después, las cosas no han mejorado. Esta primavera, Microsoft redujo sus inversiones en captura de carbono, un golpe importante porque la compañía estaba detrás del 79% de la inversión, según sumaba esta misma primavera otro análisis de The New York Times.

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