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Hablar como la gente: Jaqin parlaña o el arte aymara de la palabra

Toda cosmovisión es una caverna de la que no se sale del todo. No es una desgracia, si se reconoce que hay otras y que se puede aprender de ellas.

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31
agosto
2026

Hace siglos, Platón creó una de las metáforas más poderosas de la historia de la filosofía: el mito de la caverna. Vivimos dentro de una cosmovisión como los prisioneros encerrados en una cueva ante las sombras del exterior; nuestra lengua y nuestra cultura proyectan el mundo que vemos. El encierro es inevitable, y no tiene por qué ser malo, a condición de reconocer que existen otras cosmovisiones y que podemos aprender de ellas. No quiere esto decir que todo valga, sino que se aprende comparando cavernas. Mi invitación de hoy: asomarse a la caverna aymara. Lo hago desde fuera, consciente de mis muros y guiado por quienes sí la habitan.

Los aymara son un pueblo que vive en el altiplano de Bolivia, sur del Perú y norte de Chile. Son millones y su cultura viene de lejos: heredaron los señoríos que florecieron en torno al lago Titicaca tras el ocaso de la cultura Tiwanaku, pasaron por el dominio inca y por el colonial, y de ambos salieron con la lengua viva y la memoria en pie. Su cosmovisión no ordena el mundo en individuos sino en vínculos. La unidad básica no es el yo: es el ayllu, la comunidad, tejida por la reciprocidad del ayni —lo que hoy das, mañana te vuelve— y orientada a un ideal que no es vivir mejor que nadie, sino convivir bien: el suma qamaña. Los opuestos no combaten, se complementan, como el hombre y la mujer en la pareja. Hasta el tiempo corre allí al revés que el nuestro: el pasado, que ya se ha visto, va delante de los ojos; el futuro, invisible, empuja por la espalda (Núñez y Sweetser). Y no es un mundo perdido: los pagos a la Pachamama y el año nuevo aymara del solsticio siguen vivos, y la propia Constitución boliviana de 2009 hizo suyo el ideal del suma qamaña.

Nuestra exploración tendrá lugar a través de una de sus expresiones: jaqin parlaña. Se compone de jaqi (persona plena) y el genitivo -na, que aquí se reduce a-n: jaqin, «de la gente»; más parlaña (hablar), un préstamo del español «parlar» con la terminación -ña, que marca el verbo. Podríamos traducirlo «hablar como la gente» o «hablar como es debido», pero el concepto es mucho más complejo y sutil.

Jaqi es «persona», pero no todos los humanos alcanzan este término; un niño no lo es. Jaqi es algo que se llega a ser, no que se nace; el matrimonio se dice jaqichasiña, «hacerse persona» al pie de la letra. Una persona soltera tampoco es jaqi, porque los aymaras no la consideran completa, cosa que nos resulta muy chocante a los europeos. El jaqi tiene «capacidad productiva, social y psicológica, con derechos y responsabilidades ante el ayllu (comunidad)». Se trata de un concepto relacional de persona frente al «yo» individual occidental: uno es persona con los demás y para los demás. El ayni (reciprocidad) y el suma qamaña («convivir bien, no unos mejor que otros ni a costa de otros») son ideas esenciales en la visión del mundo aymara.

Hablar como habla una persona plena. Más que una doctrina ancestral cerrada, el jaqin parlaña es hoy una propuesta teórica: el sociólogo y comunicólogo boliviano Adalid Contreras Baspineiro lo ha pensado como alternativa al modelo unidireccional emisor-receptor. Recoge tres principios de Silvia Rivera Cusicanqui —escuchar para hablar, saber de lo que se habla y refrendar las palabras con los actos— y añade un cuarto, para él el más importante: hablar con esperanza. Los aymaras saben bien que las palabras pueden romper una comunidad, y por eso cuidan la forma en que las usan.

Los aymaras saben bien que las palabras pueden romper una comunidad, y por eso cuidan la forma en que las usan

Para pensar la caverna aymara, las mejores herramientas nos las presta, otra vez, un griego. Aristóteles escribió en el libro I de la Política que el ser humano es un zoon politikon, un animal político, hecho para vivir en comunidad. Y no fundó esa condición en la fuerza ni en el instinto de manada, sino en la palabra. Los animales, observa, tienen voz (phoné), y con ella les basta para expresar placer y dolor. Solo el ser humano tiene logos: palabra razonada, capaz de deliberar sobre lo justo y lo injusto, sobre lo que conviene y lo que daña. Esa comunidad de palabra, gente que delibera junta, es la que constituye la casa y la ciudad.

La coincidencia con el altiplano es asombrosa. También para el aymara la palabra funda la comunidad en vez de adornarla: se llega a ser persona hablando como la gente. Pero el acuerdo no borra la diferencia de fondo. Aristóteles piensa desde el individuo, una entidad completa que además se asocia con otras; el mundo andino piensa desde el vínculo, que es lo primero, como propone la influyente —y discutida— lectura de Josef Estermann. El jaqi no es un individuo que se relaciona: es un nudo de relaciones, y por eso su unidad mínima no es el ciudadano sino la pareja, un ideal de complementariedad más que una realidad sin fricciones. Dos cavernas que jamás se comunicaron llegaron a la misma intuición —somos animales de palabra— y discreparon en casi todo lo demás. Y es de esa mezcla de acuerdo y desacuerdo de la que se aprende.

No podemos salir de nuestra caverna, pero podemos asomarnos a otras y conversar entre ellas. Eso es justo lo que pide el jaqin parlaña: hablar como la gente, de manera cabal. Escuchar antes de hablar, saber de qué se habla, sostener con hechos lo que se dice. Parece poca cosa y es casi un programa de civilización. Basta imaginar el experimento: si lo aplicáramos con rigor, nuestras redes sociales (casi) enmudecerían.

Sobrevivirían las palabras que crean vínculo, que son, al final, las que nos hacen personas. Quizá esa sea la lección que baja del altiplano: el mundo no se arregla hablando más, sino hablando como la gente. ¡Jaqin parlaña!

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