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La figura del hijo pródigo

En la literatura, los hijos, sea física o metafóricamente, casi siempre vuelven a sus padres. La figura del hijo pródigo puede regresar a sus padres buscando ayuda, pero también puede desafiarlos.

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28
enero
2026
‘El retorno del hijo pródigo’ (Murillo), National Gallery of Art

Un hijo pródigo es aquel que se aleja de su hogar, desperdicia sus bienes y su vida y después se arrepiente y vuelve a casa. Representa la humildad tras la rebeldía y la búsqueda del perdón. Esta figura parte de la parábola de Jesús en el Evangelio de san Lucas: en ella, el hijo le pide al padre una parte de su herencia y se aleja todo lo posible de la familia. Pero, una vez huido, mantiene una vida de libertinaje, ejerce su libertad en perjuicio de sí mismo. Le pide a su padre la posibilidad de volver y este, con las manos abiertas, le acepta con una fiesta. Una vez que el hijo vuelve a casa, el padre repite la siguiente frase: «Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado».

A pesar de que la historia bíblica en torno al hijo pródigo posee una finalidad doctrinal y ejemplar, en la historia de la literatura se ha utilizado como un tropo literario. Es una figura con la que se pueden crear historias que nada tienen que ver con lo aleccionador.

En España, el escritor granadino Pedro Antonio de Alarcón publicó en 1857 el drama en verso El hijo pródigo. Dividida en tres actos, una familia espera durante la Noche de Difuntos a su hijo Miguel, que vive en Madrid llevando una vida radicalmente distinta. Cuando aparece, pide dinero a sus familiares y se vuelve a marchar. Tras dos años desaparecido, explica a través de monólogos dramáticos el deseo de los hijos pródigo: «Absorber el mundo entero / es su afán, su anhelo insomne, / y su delirio insensato / vivir en todos los hombres. / Hoy más que nunca esa sed / los espíritus corroe». Sin embargo, en esta reescritura de la parábola, el padre es el único familiar que no acepta a Miguel, que le pide «desgraciado, toca[r] / el fruto de tu codicia».

Esta figura parte de la parábola de Jesús en el Evangelio de san Lucas en la que el hijo le pide al padre parte de su herencia y se aleja

El Premio Nobel André Gide escribió un poema en prosa titulado El regreso del hijo pródigo, publicado por primera vez en 1912. Lo concibió como una especie de tríptico lírico: se divide en tres poemas, en los que el hijo pródigo habla con su madre, su padre y su hermano pequeño. Es este final del tríptico el que nos interesa, pues el hermano del protagonista no entiende por qué vuelve, dado que esa misma noche huirá de casa, a pesar de conocer los pesares que ha sufrido y se marchará con el deseo de romper unas ataduras familiares que le pesan.

Estas dos historias son la antesala de las historias familiares que se escriben en la actualidad. Muchas se alejan de la parábola bíblica y ponen en la mesa ciertos temas recurrentes, como el cuestionamiento de la autoridad de los padres por una crianza disfuncional o la negligencia de los padres hacia sus hijos.

El dramaturgo francés Jean-Luc Lagarce trató en Tan solo el fin del mundo (1990) el regreso a casa de Louis, pero no desde un aspecto pródigo, sino para hacerle llegar a su familia una noticia distinta: morirá pronto y debe contárselo tanto a sus padres como a sus hermanos después de muchos años de ausencia. Con su regreso, resurgen tensiones del presente y del pasado, y sus familiares se preguntan por la vida que ha llevado. Cuenta con la adaptación cinematográfica de Xavier Dolan, que ganó el Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes de 2016.

Por otro lado, el protagonista anónimo de la novela El aniversario (2025) de Andrea Bajani decide volver a su familia tras una década alejado voluntariamente de sus padres. Es una vuelta metafórica, puesto que solo vuelve a ellos a través de las palabras y del recuerdo de los años de maltrato. En esta ocasión, el hijo pródigo da muchas razones por las que no vuelve con su familia, prefiriendo la libertad antes que servir a personas que no ha elegido que estén en su vida y que le han dañado. «Hace diez años (…) vi a mis padres por última vez. Desde entonces he cambiado de teléfono, de casa, de continente, he levantado un muro inexpugnable, he puesto un océano de por medio. Han sido los diez mejores años de mi vida», afirma el protagonista.

La vida del hijo pródigo puede dar muchas vueltas, como ha demostrado tanto la Biblia como la literatura moderna y contemporánea. Con el cuestionamiento actual sobre el poder intrínseco de los padres y la opción cada vez más aceptada de apartarnos de los malos tratos, el mito del hijo que huye del núcleo familiar ha transmutado desde su concepción bíblica.

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