ENTREVISTAS

«Tras la II Guerra Mundial no vino un mundo más justo»

Pérez-Reverte reflexiona sobre un sistema que soporta el peso de «demasiados políticos corruptos» y cuya dinámica es «una competición entre la estupidez y la inteligencia» en la que suele ganar la primera.

Artículo

Esther Peñas
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31
May
2013

Con su última novela –Tango de la Guardia Vieja (Alfaguara)- como hilo conductor de esta entrevista, Arturo Pérez-Reverte reflexiona sobre un sistema que soporta el peso de «demasiados políticos corruptos y mentirosos» y cuya dinámica observa como «una competición entre la estupidez y la inteligencia» en la que, muy a su pesar, suele ganar la primera.

Si uno es asiduo a sus artículos dominicales conocerá lo impertinente, contumaz, meridiano y, casi siempre, acertado de su pluma. Cuesta pensar en alguien como él, tan insolente como irónico, tan irrebatible como sensato. Por suerte para todos, es consciente de que su imagen pública dista mucho de la candidez y lo afable: «Hay gente que me tiene miedo, que cree que soy un tío déspota, maleducado, grosero; me sucede a menudo que voy por la calle y se me acerca alguien acojonado a pedirme un autógrafo… y eso me cabrea, porque jamás he tenido una impertinencia con un lector, al revés, estoy obligado a ellos, a mis lectores, porque son quienes me hacen libres. Me gustaría que quedase claro de una vez por todas que el Arturo Pérez-Reverte de los artículos de prensa es un personaje que se cabrea con los tontos, que se enfurece con los políticos y los ladrones, con los rufianes y los mentirosos, pero nunca con sus lectores».  Sea.

Resulta interesante comprobar que a Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) no le ha ablandado presentar una novela, la última, centrada en una historia de amor, Tango de la Guardia Vieja (Alfaguara). Se podrá objetar que el amor siempre ha revoloteado en sus libros, de acuerdo, pero nunca en primer plano, bajo el foco cenital del escenario. «Estamos en un momento en que se habla demasiado de sentimientos, de un modo abusivo, pornográfico, pero mi historia mantiene un tono sentimental, que es algo muy distinto al sentimentalismo».

Afina, matiza y pelea cada adjetivo. Está contento. Disfrutar para la promoción de una suite del Palace tendrá algo que ver. Desde aquí las vistas de Madrid son capaces de hacer olvidar la mayor de las infamias. Parece impaciente por hablar de su novela. Está exultante. Más que otras veces. Pide café. No quiere imaginarse la vida sin esta infusión. «Soy capaz de beber el café más repugnante con tal de que tenga un poco de cafeína». Tal vez exagere.

El sexo, como las siete y media

Empezamos con pie cambiado. La sonrisa se le afila y se revuelve cuando lo que se le plantea le disgusta. Por ejemplo, que coincida una novela de esta naturaleza, con cierto contenido sexual, insólito por lo explícito en su obra, con el boom de la literatura erótica (especialmente Cincuenta sombras de Grey, pero también sus satélites). «Para empezar, mi novela no es literatura erótica, pero desde luego no está influida lo más mínimo por este tipo de libros más próximos a la basura que a la literatura».

 

En efecto, no es literatura erótica, pero la polaridad (llámese química si procede) entre los protagonistas, Max Costa, un rufián que bailando las encandila a todas, y Mercedes Inzunza, Mencha, tiene un voltaje como no se había visto en anteriores entregas de Pérez-Reverte. Hablamos, sobre todo, de las escenas de sexo.

«El sexo tiene un problema en literatura, particularmente en la novela, y es que resulta como jugar a las siete y media, hay que plantarse en la carta adecuada, si te pasas eres procaz, pero si no llegas, un mojigato. Esta historia necesitaba sexo; al fin y al cabo habla de dos personas que se aman, y en el amor se despliega el sexo, así que se me planteó el desafío de describir por vez primera situaciones tórridas o cálidas donde era peligroso pasarte o quedarte corto; máxime cuando ella, una mujer tremendamente inteligente, es capaz de explorar los rincones oscuros de su propia sexualidad, lo que la lleva a adoptar unas actitudes respecto al sexo nada convencionales en momentos determinados de su vida, muy difíciles de describir sin caer en el vouyerismo o pornografía barata, haciendo que todo ello resulte elegante, incluso cuando se habla de sexo a tres».

Mecha representa un tipo de mujer que, como la de la portada, una elegante y sobria Grace Kelly, pertenecen a una cierta aristocracia, más concerniente a la actitud que a las apariencias. «Es un error pensar que ese tipo de mujer ya no existe. Mecha es una mujer real, de ahora. Por supuesto que es una mujer superior, pero no lo es por clase social, por belleza, por dinero, sino por la manera que tiene de afrontar la vida, por su actitud ante la vida. Esa actitud, esa serenidad moral, su modo de encajar el dolor, el fracaso, la soledad, la lucidez, la traición, la felicidad, tan madura, cuajada y serena es muy femenina. Aceptémoslo, las mujeres son mucho más inteligentes que los hombres. En el fondo, las mujeres son mucho más que los hombres. Mucho más de lo que sea…»

¿Pérez-Reverte se considera inteligente? «Sí, desde el punto de vista de que sé en qué lugar del mundo estoy, que me conozco a mí mismo, o por lo menos trato de hacerlo lo mejor que puedo, en que evoluciono y crezco».

Mecha no se asemeja a María Félix ni Chavela Vargas. No encarna a la mujer de rompe y rasga. «No me atraen las mujeres con dos ovarios, las que dan un puñetazo en la mesa. No me interesan. Me atraen aquellas que son conscientes de que están en un territorio hostil porque las reglas que rigen el mundo son las reglas de los hombres y, por tanto, se convierten en superior a ellos».

¿Cuánto hay del propio Pérez-Reverte en Max Costa? «Nadie pone lo que no tiene, el autor le presta al personaje una parte de sí, pero sería un error buscar al autor detrás del personaje. A Max le presto conocimientos, pensamientos, miradas, incluso actitudes. Para vestirlo físicamente he echado mano de recuerdos, porque he conocido a gente que se encendía los cigarrillos como hace Max, que se comportaba con las maneras educadas de Max, hombres que no se quitaban jamás la chaqueta delante de una mujer. Mi padre, de hecho, ha sido para la construcción del personaje un referente perfecto, él era un tipo muy elegante que bailaba muy bien. De todos modos, he visto cientos de películas y he leído todo lo que he podido para reconstruir ese mundo. Es muy peligroso meterte en territorios que no conoces bien, porque terminas estafando al lector. Como cuando ves una serie y te das cuenta de que van disfrazados, y deja de interesarte».

La estupidez como motor del mundo

Mecha y Max se conocen en un transatlántico rumbo a Buenos Aires, mientras el marido de ella se compromete a escribir el tango más bello jamás compuesto ante su rival, un joven Ravel, que a su vez se propone concebir el bolero más arrebatador. La trama se va aquilatando con una partida de ajedrez, un asunto de espionaje en Suiza, el trasfondo de la Guerra Civil española –y el cuñadísimo tosco y patán del Duce-. Durante cuatro décadas del siglo XX Mecha y Max trenzan una alfombra de encuentros y desencuentros.

Como atmósfera, una Europa que desaparece y que Pérez-Reverte no parece echar de menos… «Antes había también cosas superficiales, la nuestra no es una época peor que aquella, lo que ocurre es que han cambiado los esquemas sociales; hemos ganamos unas cosas y perdido otras. La que describo es una sociedad injusta y clasista, que merecía desaparecer, y la II Guerra Mundial la barrió. Después de aquello tenía que haber venido un mundo más justo y mejor, pero no fue así. Desde luego, lo que hemos perdido son las maneras. Hasta los canallas tenían maneras, ahora son vulgares».

Claro que a día de hoy, tal vez los canallas se confundan con excesiva frecuencia con los políticos. “Es que hay demasiados políticos corruptos, mentirosos, estúpidos. Y cualquier canalla vulgar puede llegar a lo más alto en la escala social. Por ejemplo, Berlusconi, por no citar a los autóctonos por aquello de no cabrearnos demasiado a estas horas. Berlusconi, ese tipo de tíos, un cualquiera, un estraperlista, un estafador, un caradura, un arribista, si conseguía algo tenía que buscarse distintas coartadas sociales, tenía que parecer educado, tener conocimientos, cierta cultura si no, la sociedad le rechazaba. Antes, el canalla era alguien, por lo menos socialmente soportable. Hoy en día puede escupirte a la cara, alardear de ello, escribir un libro y encima saldrá en el ‘Sálvame’ cobrando un dineral. Ya no hay un mínimo de reglas, es deplorable”.

La gente piensa que el gran motor del mundo es el sexo, pero en realidad es la estupidez. Lo dice uno de lo personajes de la novela. Lo reafirma el autor. “La dinámica del mundo es un baile, una competición entre la estupidez y la inteligencia, aunque suele ganar la estupidez. Mira Europa, por ejemplo; después de esa Europa injusta, clasista, construimos no un mundo mejor, aunque pudimos hacerlo, sino esa Bruselas dirigida por payasos analfabetos que ahora nos hunden de nuevo. Por eso prefiero a un malvado antes que a un imbécil. Con un malvado puedes negociar, puedes incluso corromperlo, convencerlo, pero un imbécil es imbécil y no le puedes conocer; hay demasiado imbécil, y se les oye demasiado, lo que quiere decir que ocupan un espacio lo suficientemente importante como para que los medios de comunicación, que también estás sembrados de imbéciles, les presten atención”.

Para el cartaginés, tal cantidad de imbecilidad per cápita hace que el mundo no vaya bien. “Quizás el origen de cuanto está ocurriendo ahora haya que buscarlo en Bush, que hizo una guerra en el Golfo, poniendo patas arribas el mundo y el sistema. Bush es idiota, tonto y fanático. Pero hay muchos como él”.

Tango de la Guardia Vieja está repleto de salones de baile elegantes, donde la gente se solaza poniendo a prueba su destreza en la pista, respetando escrupulosamente un código de maneras y directrices que garantizaban el orden, la estabilidad social. Adentrados en el siglo XXI, las únicas pistas de baile que uno puede imaginar son las de Eurovegas. Aunque es un asunto que, aunque parezca mentira, no le motiva lo más mínimo. «Me tiene absolutamente sin cuidado, no me interesa, de verdad, el tipo ese (Sheldon Adelson) me resulta repugnante…»

Una última cuestión. ¿Por qué un tango? Había tocado el asunto musical siguiendo los pasos de los narco-corridos, en La reina del Sur, y ha hecho pública su fascinación por la copla y el bolero. «Es que tango, bolero, copla y corrido mejicano es el mismo territorio. No hay diferencia alguna entre ellos, son canciones que cuentan historias y, aunque soy muy malo para la música, digamos mejor que soy poco fino musicalmente hablando, me seduce. De hecho, para mí, Pedro Navaja vale más que todas mis historias juntas. Lo creo, de verdad».

El tango, además, tiene tres elementos que le hacen indispensable en esta trama: le puso música al primer tercio del XX; es regla, geometría, algo inherente a las novelas de Pérez-Reverte, y es sexo en vertical y vestidos. «Sí, apostilla, pero el tango engaña: uno cree que el hombre baila con la mujer, pero es la mujer quien teje alrededor del hombre una tela de araña geométrica y quien explora el territorio del hombre».

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