ENTREVISTAS

«Las tecnologías para controlar a las personas no nos salvarán de esta pandemia»

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Álvaro Minguito
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20
Abr
2020
Marta Peirano

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Álvaro Minguito

Hay una frase en ‘El enemigo conoce el sistema‘ (Debate), el libro de Marta Peirano (Madrid, 1975), que casi resume sus más de 400 páginas: «Todos empiezan por un buen motivo». Se refiere a los fundadores de empresas como Google, Microsoft o Apple, por poner tres ejemplos. Aquellos pioneros de la mentalidad Silicon Valley, muchos de ellos estudiantes aventajados de la Universidad de Stanford, simplemente tuvieron una buena idea –como un ordenador accesible para todos o un buscador de internet que nos facilitara la vida– y la llevaron a cabo. Pero luego vino todo lo demás: estas y otras muchas startups posteriores del nuevo milenio se han convertido en enormes empresas tecnológicas cuyo objetivo inicial pasó a ser el cebo para su última finalidad: recopilar datos de todos nosotros –incluso aquellos que consideramos intocables–, para comerciar con ellos como la herramienta más infalible para la publicidad y, en algunos casos, otros menesteres más turbios, como servicios a ejércitos, agencias de inteligencia o gobiernos autocráticos en países donde las libertades brillan por su ausencia. Lejos de ser un vertido de proclamas conspiranoicas, el ensayo está documentado con un absoluto rigor en las fuentes que lo convierte en un relato aún más estremecedor, ya que no habla de un futuro distópico, sino de un escenario en el que entramos de lleno hace ya más de dos décadas. Hablamos de ello con la periodista madrileña –huelga decir que por teléfono–, que fue jefa de Cultura y Tecnología y adjunta al director en Eldiario.es, y posteriormente codirectora de Copyfight y cofundadora de Hack Hackers Berlin y Cryptoparty Berlin. No es el primer libro que escribe: ya lo había hecho sobre autómatas, sistemas de notación y también tiene un ensayo sobre vigilancia y criptografía titulado ‘El pequeño libro rojo del activista en la red‘, con prólogo de Edward Snowden. 


Escribiste este libro mucho antes del confinamiento. Si hubieras sabido la que se nos venía encima con la pandemia del coronavirus, que ha levantado tanto debate sobre la necesidad de tener a la sociedad más controlada, ¿habrías añadido otro capítulo?

El libro que publiqué era la mitad de lo que a mí me gustaría haber escrito. Pero mi editor, muy serenamente, me dijo: «Cuando llegues a las 400 páginas te paras» (ríe). La otra mitad, la que se quedó fuera, iba sobre un proceso que llevo viendo tiempo, el del tecno optimismo de que nos va a salvar la tecnología. Tenía pensado partir del ejemplo del Arca de Noé, para mí, la historia más antigua de cómo la más avanzada tecnología nos salva de un desastre que afecta a todo el mundo. En ese caso, su enorme embarcación. Aunque el desastre era climático, no sanitario, pero el ejemplo vale igual. Estamos convencidos de que siempre va a ser así, que siempre habrá un «arca» milagrosa. De que la tecnología nos va a salvar del cambio climático, de las superbacterias, o como en este caso, de los virus, pero no solo de este. Hablo de virus que están empezando a «trepar» por el globo, porque el cambio de las temperaturas les facilita llegar a terrenos donde antes, por las características meteorológicas, no podían; a poblaciones donde no tienen anticuerpos ni están preparados para gestionarlos. Hemos pensado durante todo este tiempo que no hay que preocuparse ni tomar medidas preventivas porque seguro que la tecnología lo arregla. Y la máquina de sueños –que ya no es Hollywood, sino Silicon Valley–, ha estado produciendo todo ese imaginario casi desde el principio.

Pero «tecnología» es un término muy amplio.

Me refiero sobre todo a las bases de datos. Al big data. Silicon Valley nos vende que si tienen los datos de todo el mundo, si los cruzan a toda velocidad, si los juntas todos con todos, si tenemos ordenadores cuánticos superpotentes capaces de hacer todo esto en un segundo, pueden resolver cualquier problema que se nos presente. Y no es verdad.

¿No crees que el big data puede resolver muchos problemas? ¿No será que el problema está en quienes lo controlan?

Yo creo que ninguna de la dos cosas. Estamos equivocados en darle más valor a las tecnologías que se dedican a vigilar a las personas y no a los virus. Y muchos se remiten a que las han usado con éxito en Corea del Sur o en Singapur para justificar el tipo de seguimiento que debe hacer nuestro Gobierno en nuestros móviles, a nuestros movimientos, que se registran en las aplicaciones que usamos. Pero, en realidad, el éxito que han tenido países como Corea del Sur o Singapur no ha sido tanto por sus tecnologías como por sus protocolos de emergencias, enormemente efectivos, que desarrollaron después del SARS. Y por eso, en cuanto surgió la primera noticia del brote de un virus parecido, se pusieron en marcha, distribuyeron la gestión de los recursos necesarios, comenzaron a fabricar mascarillas y test como locos. Precisamente por haber reaccionado muy rápido y con recursos, asegurándose de que todos tengan mascarillas y poniendo en marcha operativos para hacer test a la mayor cantidad de gente posible, entonces sí que puedes utilizar tecnologías para que todos los que han dado positivo avisen, de forma directa o indirecta, a todas las personas que se hayan cruzado con ellos para que también se hagan los test.

Y ahí es donde entra la tecnología.

Sí, pero llega al final de una serie de pasos. Sin ellos, la tecnología sería simplemente vigilar a los ciudadanos.

«Silicon Valley nos vende que si tienen datos de todo el mundo pueden resolver cualquier problema. Y no es verdad»

Hablas de que pecamos de ‘tecno optimismo’. En Ethic hemos entrevistado a muchos expertos en cambio climático que dicen que la solución pasa necesariamente por la tecnología y el uso masivo de datos. Hay quien puede argumentarte que tú pecas de lo contrario, de ‘tecno pesimismo’.

Para nada, todo lo contrario. Claro que la vía para la lucha del cambio climático pasa por la tecnología, pero no necesariamente la que se basa en el uso de datos. Esa es la justificación para que sigamos no solamente autorizando que usen nuestros datos, sino financiando, alimentando y entrenando ese tipo tecnologías. No tenemos que olvidar que esas tecnologías solo tienen un objetivo inicial, y no es ayudar contra el cambio climático, ni ayudarnos a gestionar las crisis, sino gestionarnos a nosotros durante las crisis. Y eso lo demuestran las actuaciones que estamos viendo de Google o Facebook en esta crisis sanitaria: que a ellos les viene muy bien, porque ya tienen la máquina de vigilar a la población completamente engrasada de antes. Ahora, los gobiernos como el nuestro, que no han tomado las medidas de emergencia apropiadas a tiempo, que no tienen las mascarillas ni los test que hacen falta, se tienen que conformar con esa otra parte, la del control de la población.

Efectivamente, a la vista de las encuestas, la mayor parte de la sociedad piensa que el mayor error de nuestro Gobierno es no haber tomado medidas antes, una creencia que se repite en muchos otros países. Sin embargo, da la impresión de que siempre había algo ahí delante, el mercado intocable, que se priorizaba sobre otras consideraciones de salud pública.

No me parece raro que cueste tomar decisiones tan drásticas que pueden producir un colapso económico posterior en un país como el nuestro, que ya venía muy endeudado. Es algo muy dramático y para tomar esa decisión tienes que estar muy seguro, y la realidad es que sobre este virus no sabemos casi nada. Ahora bien: otros países sí tomaron decisiones, digamos, razonables, cuando se anunció la existencia de este virus a principios de enero.

¿Por ejemplo?

El caso de Alemania. En China reconocieron la existencia del virus a principios de enero –aunque lo sabían desde noviembre– y a mediados de ese mismo mes publicaron su perfil genético, el ARN, para todo el mundo. A diferencia de España, los hospitales universitarios alemanes se pusieron a diseñar un test que funcionara para detectar la COVID-19. Por eso, cuando surgieron los primeros casos, en Alemania había ya un montón de laboratorios farmacéuticos que los tenían. En España, hace uno o dos meses, salió un estudio que decía que la industria farmacéutica era el sector industrial que más invertía en I+D. ¿Cómo es posible que a ningún laboratorio se le haya ocurrido ponerse a diseñar test? Hay un segundo problema: en España, a pesar de que tenemos, a diferencia de otros países, una Sanidad de nacional, han sido incapaces de organizarse y distribuirse las funciones para poder hacer un reparto de recursos, aunque no fueran muchos.

Muchos médicos ya estaban avisando desde mucho antes del confinamiento de la que se nos venía encima. El problema es que no se les hizo caso.

Efectivamente. Incluso ya justo después de la crisis del SARS, aquí y en muchos países la clase médica y científica empezó a advertir que esto iba a volver a ocurrir y teníamos que tener previstos protocolos de emergencia para solucionarlo. En esos países asiáticos que ahora tanto nos gusta mencionar, como Corea del Sur y Singapur, lo han atajado muy rápidamente a pesar de estar muy cerca del epicentro, por lo que supuestamente tenían menos margen de maniobra, pero actuaron muy rápido porque sí que tenían protocolos de emergencia. Nosotros, no. Y en Estados Unidos, Donald Trump, lo primero que hizo al llegar la Casa Blanca fue desactivar el departamento que se dedicaba precisamente a las emergencias provocadas por este tipo de enfermedades infecciosas. ¿Y ahora? Pues no solo no tienen equipo, sino que tampoco tienen presupuesto para montar uno.

En España reina la sensación de una gran descoordinación, en ese sentido.

Es normal. ¿Quiénes son aquí los encargados de esos protocolos? ¿Cuáles son? ¿Por qué en los hospitales unos hacen unas cosas y otros, otras? Muy sencillo: porque no existe ese protocolo. Aquí el problema ha sido una cadena de indulgencias y de decisiones retrasadas o erráticas vinculadas a que no teníamos un protocolo apropiado para algo que ya se sabía que iba a pasar antes o después.

Hablas en el libro de grandes tecnológicas como Google, Facebook o Youtube, que no solo no luchan contras fake news, sino que las posibilitan. Al hilo de eso, respecto a la anterior gripe A, aunque tuvo su gravedad, ha quedado un poso de que no fue para tanto, incluso de que se tomaron medidas excesivas, según algunos, para beneficiar a una parte del sector farmacéutico. Eso no le ha venido muy bien a la creación de unos protocolos anticipados de emergencia.

Se da un conjunto de elementos que también estamos viendo ahora con el coronavirus. Cuando desperdicias la oportunidad de educar a los ciudadanos en ciencia, pasan cosas –que requieren unos conocimientos básicos de cómo funcionan los virus– que hoy no se entienden. Por ejemplo, que hay virus que, precisamente por su alta mortalidad, se extienden menos, y viceversa; o que tener una gran cantidad de personas sin síntomas es mucho más peligroso que si todos fuéramos sintomáticos y, además, tenemos un gran desconocimiento de cómo funcionan las vacunas. España es un país que, después de haber invertido mucho en educación, ha ido recortando desde la crisis de 2008 porque, junto con la cultura, son las primera víctimas de las políticas de austeridad. Ahora se ve que es primordial para algo tan sencillo como que los ciudadanos comprendan desde el principio las medidas que se están tomando y las acaten. Aparte, en momentos de crisis tan importantes como esta, es vital que la ciudadanía entienda al Gobierno y confíe en él. Esa es, como estamos viendo, la diferencia entre tener que mandar al ejército a la calle para que te obedezcan, o simplemente que los ciudadanos sigan tus directrices voluntariamente.

Y luego hay países en los que son sus propios presidentes los que desinforman, o sencillamente los que no entienden nada. O los que de entrada incluso negaban el riesgo de pandemia, como Donald Trump, Boris Johnson, Bolsonaro…

En España no ha sido así, desde luego, pero ha habido muchos problemas y se han cometido muchos errores que, a posteriori, al Gobierno le pueden salir muy caros. El primero es que han incurrido en muchas contradicciones y, en estos momentos, las contradicciones son letales. Por ejemplo, lo de las mascarillas quirúrgicas: no puedes decirle a la gente que no las usen porque no sirven para nada, si les estás diciendo al mismo tiempo a los médicos que no se las quiten porque les puede salvar la vida; y luego decir que esas mascarillas solo tienen que llevarlas los enfermos porque solo protegen al resto, en un país en el que no se hacen test masivos para saber quién está enfermo y quién no. O, por qué dices que vas a hacer un rastreo de movilidad a través de nuestros smartphones ahora que estamos todos en casa, sin movernos, y al mismo tiempo dices que no es para ver quién desobedece, que es solo para controlar al virus, lo cual no es cierto. Todas estas disfunciones comunicativas lo que hacen es crear otro virus, el de la desinformación, que fluye cuando dejas grietas.

«Todas las disfunciones comunicativas crean otro virus: el de la desinformación»

Uno de los apartados más escandalosos de tu libro es en el que cuentas cómo plataformas como Youtube, por ejemplo, tienen una reproducción continua si el usuario no hace el gesto de pararla. Y que para atraer nuestra atención, si hemos visto un vídeo sobre una ideología determinada, los siguientes se van a ir hacia el extremo en esa dirección, hasta llegar a ideologías radicales.

Sí, es algo que, como expongo, se ha comprobado empíricamente. Cualquiera puede hacer la prueba. Si empiezas viendo un vídeo de ultraderechistas y dejas que se vayan reproduciendo los siguientes vídeos en cadena sin pararlo, fácilmente acabarán apareciendo vídeos de grupos nazis, por ejemplo.

Ahora podría darse la tormenta perfecta: se sabe que la extrema derecha tira mucho más de redes sociales que de medios de comunicación tradicionales para difundir sus mensajes, y se ha probado que muchos de estos se basan en datos falsos, que forman las fake news. En el confinamiento, la gente consume más que nunca plataformas como Youtube… Es un caldo de cultivo perfecto para radicalizar posturas y justificar medidas extremas de los propios gobiernos cuando pase todo esto.

Si me preguntas esto hace un mes, te habría dicho que sí, que mi visión del futuro es bastante pesimista… Pero ha sucedido algo que me ha hecho girar bastante mi posición: los gobiernos occidentales de prácticamente todo el planeta han decidido parar la economía voluntariamente para que no muera gente. Esto me parece algo increíble. Creo que si hubieran tenido tiempo para pensarlo un poco más, no lo habrían hecho –(ríe)–, pero la cuestión es que sí lo han decidido. Y me parece muy interesante, porque esta crisis está visibilizando de manera evidente la diferencia entre el mundo financiero y la economía.

Pero nunca han sido la misma cosa.

No lo son, claro, pero los medios suelen cubrirlo como si lo fueran, y muchas personas vinculadas al sector financiero hablan de su mundo como si fuera la economía. Lo que hemos visto con esta crisis, por ejemplo, es que la cadena de producción deja de funcionar si de repente se cierran las fronteras, y hablo de las cosas más básicas: si tardamos un poquito más de lo previsto en volver a la normalidad, igual nos quedamos sin chupetes… Ya ni hablamos de las mascarillas. En un país tan lleno de marcas textiles, con tanto peso en retail, ¿no pueden sacar a la calle suficientes mascarillas? Pues no, porque las grandes empresas textiles de España lo producen casi todo fuera. Por eso creo que esta crisis ha evidenciado lo que es la economía real, la que nos afecta realmente, y la que generará una conciencia de lo que es importante, lo que es necesario y lo que es crítico. Y eso tiene que conllevar cambios.

Mucha gente tiene una visión más pesimista: se remiten a la crisis de 2008 y a lo poco –o nada–, que ha cambiado el sistema financiero que la provocó. Peor aún, se hicieron políticas de austeridad que recortaron, precisamente, en sanidad pública.

Lo que estamos viendo en otros países –y eso es un hecho, no una apreciación–, es que en aquellos que gobierna la derecha les está yendo peor con esta crisis sanitaria. Ahora mismo, creo que nuestra función en España no es tanto criticar al Gobierno, sino avisar cuando se tuerce. Esta crisis, como las grandes crisis económicas y medioambientales, nos empujan en una dirección u otra. Las democracias débiles probablemente dinamiten sus instituciones y se autodestruyan –ya ha pasado en Hungría, o en Israel, que con la excusa del coronavirus se está convirtiendo en una autocracia– y las más fuertes, sin embargo, posiblemente verán reforzadas sus instituciones y la confianza en ellas. Como en Alemania, donde su canciller Angela Merkel, todos los días, desde su casa, se sienta a explicarles a los ciudadanos lo que está haciendo el Gobierno, lo que va a hacer y por qué.

¿Y qué pasará con nuestra democracia?

Es joven y está todavía en una transición, no sabe aún si decantarse por un lado o por el otro. Por eso, cada decisión delicada que se toma tiene que ser advertida con mucha insistencia, ya que somos los ciudadanos los que oscilamos hacia un lado o hacia el otro. Pienso que todavía podemos caer de cualquiera de los dos lados: nuestra democracia podría destruirse con esta crisis, pero también podría salir reforzada, y el Gobierno es el que tiene el mando de esa deriva ahora mismo.

Hablando de peligros para la democracia. En tu libro ponías el foco en la vigilancia tecnológica consentida a la que estamos sometidos los ciudadanos. ¿Esto se va a acentuar con la excusa del coronavirus?

Ya está pasando. Como el estudio de movilidad que aprobó el Gobierno en el BOE –un sábado, por cierto–. Ahora mismo, se están generando unas apps para nuestros smartphones para controlar la movilidad y detectar a sintomáticos, con un buen motivo aparente, pero que en el fondo no sabemos quiénes las diseñan y desarrollan. En una de estas apps están implicadas varias multinacionales españolas del sector financiero y de las telecomunicaciones, pero sobre todo, Google, cómo no. El otro día, tanto Google como Facebook lanzaron sus propios informes de movilidad usando datos sobre nosotros que ellos, antes, negaban tener. Son los que llaman «datos de movilidad COVID-19» e incorporan a 131 países. No han tenido que hacer nada para generar estos mapas porque ya desde antes viven de generarlos, precisamente. Pero de repente, a todos los gobiernos de los países democráticos les parece bien.

«Es injusto que para conservar su privacidad alguien tenga que renunciar a las tecnologías de su tiempo»

La coyuntura les favorece.

Te digo más: en Estados Unidos, donde no existe una sanidad pública universal, sino que es privada y por tanto un gran porcentaje de la población no puede acceder a ella, Google ha abierto una página para ayudar a la gente a diagnosticar su coronavirus. Al que tiene los síntomas, le ofrece una prueba gratis. ¿Cuál es el peaje? Tener una cuenta de Google. De modo que solo van a testar a gente de la que saben todo.

Hasta tu grupo sanguíneo, claro.

No tienen ni que pedirlo. ¡Si es la propia Google la que gestiona la prueba! Habrá un test de ADN, un análisis de sangre… Y lo van a pegar a sus perfiles de Google. Y mucha más información, porque todas las aplicaciones de Android pasan por Google. Del mismo modo, todo lo que recopilan las aplicaciones de un iPhone pasan por Apple.

Internet como un espacio de libertad, otra metáfora que nos creímos y hoy sabemos que es engañosa.

Exacto, como una red que comunica a todos con todos. Eso es una contraposición a la realidad actual de internet, que es una infraestructura que no conecta a todos con todos por igual en absoluto, sino que cada vez está más diseñada para dar poder a unos pocos sobre los demás. O dicho de otra manera: para que unos pocos tengan mucha más información de todos los demás.

Como, por ejemplo, nuestros datos médicos.

Sí, los más sensibles y los más protegidos, porque son los que más vulnerables nos hacen. Imagina si se venden a una aseguradora o a una empresa de recursos humanos que te va a contratar y de esa manera sabe, por ejemplo, tu predisposición a ciertas enfermedades. El problema es que ahora, con esta pandemia, de una manera u otra, muchas grandes tecnológicas tienen barra libre.

¿Eran nuestros datos sanitarios el último reducto que le quedaba a Google por conquistar?

Qué va. Alphabet, la compañía detrás de Google, ya tenía dos filiales que se dedicaban a los datos sanitarios. No es nuevo para ellos.

Ahora estamos hablando por un teléfono móvil. ¿Utilizas las redes habitualmente?

Sí. Pero distingo entre la tecnología y esas tecnologías. Porque hay una idea, completamente falsa, de que para que podamos usar estas tecnologías es necesario que nos espíen. Esto es, para que pueda existir Whatsapp o para que sea viable, es fundamental que Whatsapp te espíe. Lo mismo para que existan y funcionen Youtube o Google. Y esto no es verdad: para lo único que es imprescindible que nos espíen es para convertirse en las empresas más poderosas en solo 15 años. Ese crecimiento económico solo es posible si enchufan su manguera extractora en los datos de sus usuarios, pero insisto en que esas aplicaciones pueden funcionar perfectamente sin necesidad de tener todos nuestros datos.

Ya, pero son gratuitas, la mayoría. Y eso ha permitido, precisamente, que desde las clases más altas hasta las más bajas puedan comunicarse con una misma aplicación como Whatsapp.

A mí me parece de una injusticia supina que alguien tenga que renunciar hoy a las tecnologías de su tiempo. Los sistemas de mensajería, el correo electrónico o las videoconferencias son las herramientas de la vida contemporánea. No son prescindibles a día de hoy. Es como si de repente, en los años 50, te dicen que tienes que renunciar al coche porque te espía.

Claro, pero por el coche se paga un precio en metálico. Por las apps, no. Y eso es lo que les ha permitido ser accesibles a todas las personas.

Aplica la misma lógica al teléfono. Imagina que, cuando Telefónica tendió sus redes por toda España, les dijera a los habitantes de las Islas Baleares que, como no les sale rentable llegar hasta allí, si quieren tener teléfono, tendrán que permitir que la compañía escuche todas sus conversaciones y los productos que mencionan para luego enviarles a casa a comerciales a vendérselos. Las herramientas de la vida contemporánea, como ahora internet, deberían estar garantizadas y que no tuvieran un precio, el de tus datos, que te vuelve tan vulnerable.

Además, hoy internet –al menos en nuestro país–, no está garantizado para todos.

Cierto, y ya estamos viendo las consecuencias. Ahora que están todos los niños en casa y les dan clases online, ¿qué pasa con las familias que no se pueden permitir una conexión? En España es anticonstitucional que los niños no vayan a la escuela, pero por culpa de los gobiernos, que no pusieron las infraestructuras críticas necesarias para que internet llegara a todos los hogares, sus padres incurren en una inconstitucionalidad.

«Ahora se ve que es primordial que los ciudadanos comprendan las medidas que se están tomando para acatarlas desde el principio»

Apple, Google o Microsoft nos traen a la cabeza la imagen romántica del hippy idealista y emprendedor que empieza en su garaje o en un aula de la universidad. Seguro que en ese momento no tenían en mente controlar a todo el mundo para hacerse los más ricos y poderosos ni acabar negociando con la CIA, con ejércitos o con Gobiernos antidemocráticos. ¿En qué momento se contaminan todas estas intenciones? ¿Es inevitable?

Es evitable, y para eso tenemos la ley. Lo que es inevitable en este mundo capitalista es que una empresa se quiera expandir todo lo posible y quiera ganar la mayor cantidad de dinero posible invirtiendo la menor cantidad de recursos. Lo único que impide que esto devore a la sociedad son las leyes. Es como si tienes un tarro lleno de microbios: si los mantienes dentro para un buen fin, como la investigación, todo bien… pero si dejas que se salgan del tarro, lo destruirán todo.

¿Y qué impide una mayor regulación sobre Google y otras tecnológicas?

Es muy complicado que sean controladas cuando muchos congresistas son accionistas de esas empresas.

En tu libro dices que estas empresas tecnológicas no solo buscan enriquecerse, sino hacerlo y, al mismo tiempo, dictar cómo debemos comportarnos. Añades que tienen equipos de neurocientíficos y expertos en el comportamiento humano para ello. Me recuerda al Despotismo Ilustrado, aquellos monarcas absolutistas e intelectuales del «todo para el pueblo pero sin el pueblo», que no solo lo esquilmaban, sino que al mismo tiempo le transmitían valores humanistas. Ahora podríamos hablar de algo así como un «despotismo digitalizado».

Sí, pero no nos damos cuenta de ello. No sabemos por qué estamos haciendo las cosas de una manera u otra y realmente tiene mucho que ver cómo han diseñado todas esas plataformas que usamos, que dictan cómo debemos comportarnos.

Sin embargo, no tienen mala prensa. Al contrario: la gente adora a Google. No tienen los problemas de imagen de una gran compañía textil que vulnera los derechos de sus trabajadores en países en vías de desarrollo, por ejemplo.

No olvidemos que estas grandes tecnológicas son empresas de marketing que comercian con nuestro tiempo y nuestros datos, con nuestras vidas… pero son empresas de marketing, al fin y al cabo. La base fundamental de mi libro es precisamente esa: sus mensajes tan estudiados, las metáforas que explican ese mundo se han pervertido hasta el extremo de convertirse en lo contrario de lo que realmente es.

¿Por ejemplo?

La «nube». Expresa una idea ligera y ubicua. Sin embargo, en realidad son grandes concentraciones de servidores consumiendo un 4% de la energía mundial, completamente protegidos, blindados y sin ventanas, donde están pasando cosas espantosas, por ejemplo golpes de Estado. No son una nube. También está la metáfora de que las aplicaciones están aquí para facilitarnos la vida, para conectarnos con los seres queridos, para trabajar desde cualquier parte… Y no es así. Están diseñadas para extraer datos. Lo otro, es el gancho.

Hablando de gancho, hablas también de que son muy adictivas. No hay más que ver las horas que pasamos al día pegados al móvil y sus aplicaciones.

Es una consecuencia del modelo de negocio que hay debajo: cuanto más tiempo pasemos con ellas, más datos extraen. Estamos usando estas herramientas de la vida contemporánea, posiblemente, un 800% más de lo que deberíamos o de lo que nos haría falta. Necesitamos ese chute de dopamina que hay en ese gesto que supone sacar el móvil una y otra vez y toquetearlo, pasar por Twitter, Facebook, Tinder, Instagram, Youtube… Y que está destrozando nuestras vidas, nuestras relaciones, porque al final lo usamos como una forma de quitarnos la ansiedad que nos genera un momento sin nada que hacer, por ejemplo, esperar al autobús. No nos dan tiempo ni a aburrirnos. Lo que antes llamábamos «la caja tonta», refiriéndonos al televisor, hoy deberíamos aplicárselo internet y todas estas aplicaciones que nos están volviendo idiotas. Lo único bueno que podemos aplicar a todo esto es que creo que los smartphone están sustituyendo en gran parte a los cigarrillos.

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