ENTREVISTAS

«Que ahora se plantee dar ayudas a fondo perdido es un gran salto en la solidaridad europea»

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30
Abr
2020
Josep Borrell

 Josep Borrell, Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad y vicepresidente de la Comisión Europea, conversa sobre la respuesta europea al COVID-19 con José Ignacio Torreblanca, director de la oficina en Madrid del European Council of Foreign Relations (ECFR) y consejero editorial de Ethic.


Quería hablar sobre un texto que has escrito, El mundo de mañana ya está aquí, donde das tu visión de lo que pasará en el mundo post-COVID19.

Lo que quiere decir el título es que el mundo de después no será más que la aceleración de las tendencias que ya estaban en obra antes. Los grandes acontecimientos, como esta pandemia, solo aceleran el ritmo de la historia, no le dan un giro de 360 grados. Antes de la crisis del coronavirus la globalización ya se estaba cuestionando, los sistemas democráticos estaban enfrentándose a otros sistemas en una pugna por saber cuál era el mejor o el más eficaz, ya teníamos planteados temas con respecto al funcionamiento de la Unión Europea… Esta crisis va a acelerar y agilizar todo eso y, quizá, nos encontremos con que el mundo del mañana será como el de hoy, pero peor.

Lo que hoy te ocupa fundamentalmente es el COVID-19, algo que evidentemente no se encontraba en toda esa larga lista de cosas que presentaste y debatiste con el Parlamento Europeo a la hora de ocupar tu puesto actual. Los mejores planes acaban derrumbándose ante los acontecimientos. ¿Cómo es vivir esta crisis cuando, en tu entrada a la Comisión, llegabas con una visión y unos planes tan concretos y diferentes? ¿Cómo ha sido el choque de realidad?

Ha sido un choque copernicano de las prioridades. Hace poco más de un mes estábamos enfrascados en el proceso de paz en Oriente Medio, con la conferencia de Libia y la situación en Siria y en Venezuela. Todos esos temas han pasado ahora a segundo plano. No quiero decir que nos hayamos desentendido, pero es cierto que la respuesta a la crisis del coronavirus nos ha preocupado y ocupado mucho. Hasta ahora hemos estado en dos frentes. El primero, el de intentar encontrar respuestas a la crisis ahora ya económica que se ha franqueado en Europa, –sobre eso la Comisión tiene que presentar en 15 días un plan para dar forma al encargo del Consejo sobre un plan de relanzamiento de la economía europea–. El segundo frente es el de la dimensión internacional de la crisis, sobre cómo ayudar a nuestros vecinos, a nuestros partners –especialmente a África– e intentar que vuelvan esos 500.000 turistas europeos perdidos por el mundo que de repente se han encontrado con sus viajes cancelados. Eso ha sido un trabajo arduo de coordinación con todos los Estados miembro que ha dado sus frutos y que parece que está llegando a su fin. Así que lo que ahora nos va a ocupar más tiempo es la respuesta económica: ver de qué manera vamos a organizar la solidaridad entre europeos. Por desgracia, de momento se ha planteado siguiendo las pautas de  la crisis del euro. Es otra vez la cigarra y la hormiga, el debate entre los afectados y no afectados, los precavidos y no precavidos, con la diferencia de que ahora no se puede culpar a nadie de ninguna responsabilidad o conducta contraria a las reglas, como sucedió con Grecia y la disciplina presupuestaria. Ahora es un choque simétrico en su origen que afecta a todo el mundo, pero que no afecta a todo el mundo en sus consecuencias de igual manera. Es decir, es simétrica en sus causas pero asimétrica en sus consecuencias.

Está claro que las economías de España, Italia e incluso Francia están mucho más afectadas que las de Finlandia o Dinamarca. Pero tampoco se trata de una división estricta entre norte y sur, porque afortunadamente en Grecia de momento no están muy afectados por la crisis de salud pública. El problema al que nos enfrentamos es que hasta ahora la solidaridad europea se ha planteado en términos de ayudar a endeudarse. Es decir, cuando un estado tiene un problema, los demás le ayudan a que lo resuelva, facilitando el endeudamiento, a través, por ejemplo, de actuar de intermediario en el mercado financiero como hace el MEDE. La dificultad es que ahora no se plantea dar préstamos, sino dar ayudas a fondo perdido. La frase acuñada en Bruselas es From loans to grants. Dicho de otro modo: hasta ahora se daba crédito para ayudar a endeudarse y ahora se plantea ayudar de verdad y compartir el coste de la crisis. Eso ha puesto en segundo lugar el debate originario sobre las emisiones de deuda mancomunadas. Al final, la emisión de deuda no es más que una manera de obtener recursos. Hasta ahora la respuesta a qué hacer con ellos era la de back to back credits: yo obtengo crédito en el mercado y con eso le doy crédito a los países que lo necesitan; me endeudo para que te endeudes. Ahora nos endeudamos no para que el estado se endeude, sino para que el estado reciba una transferencia finalista, a fondo perdido y no reembolsable. Esto es un salto cualitativo en la solidaridad europea, por lo que no es de extrañar que se haya levantado la polémica que estamos viendo.

A inicios de su mandato, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, dijo que esta iba a ser una comisión geopolítica, volcada en el mundo y las relaciones exteriores. ¿No te preocupa que esta crisis, al volver a poner en primer plano sus divisiones norte-sur, provoque un repliegue sobre sí misma y seamos incapaces de responder a las necesidades exteriores?

En la Comisión, la presidenta bautizó al grupo de comisarios que trabajan conmigo con el nombre de Stronger Europe in the World, Una Europa más fuerte en el mundo. Pero para ser más fuerte en el mundo, la fortaleza tiene que empezar en casa. Mal puedes pretender ser fuerte en casa si no lo eres internamente, y mal puedes predicar solidaridad, unidad y respuestas coordinadas si no las practicas en casa. Está claro que la respuesta inicial que dieron los Estados miembros fue una respuesta divergente, ya que cada uno buscó lo que más le convenía. Aún así, hay que recordar que la salud es una competencia de los Estados miembros y no de la Comisión. Sin embargo, lo que está claro es que las diferencias sobre cómo hacer frente a la crisis en casa nos debilitan a la hora de buscar soluciones del nivel del G-20. Estas diferencias complican el trabajo porque nos quitan tiempo del trabajo exterior. Mientras no sepamos dar una respuesta interna coordinada, eficiente y solidaria, buscarla con los demás en el mundo es difícil.

«Para que Europa sea fuerte en el mundo, la fortaleza debe empezar en casa»

En esta crisis parece que hay un repunte adicional de las tensiones entre Estados Unidos y China, que se ha revitalizado su competición, dejando a la Unión Europea, como siempre, un poco en medio de esa rivalidad. ¿Qué opinión te merece?

Hace unos días hablaba con el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, y conveníamos que de esta crisis no se sale sin una acción coordinada muy fuerte entre China, Estados Unidos y Europa. Pero, de momento, la relación chino-americana no ha mejorado, aunque en otras pandemias, sí hubo una gran colaboración entre ambos países. Ahora Estados Unidos está encerrado en sí mismo y su presidente no busca el liderazgo global, sino soluciones domésticas; en cambio, China está teniendo un papel protagonista, presentándose como un país con capacidades que las utiliza para ayudar a los demás. Son dos papeles distintos con evidentes disonancias. Eso nos coloca a los europeos frente a una oportunidad, pero también frente a un reto porque va a depender de hasta qué punto los demás nos perciban como un partner real. El otro día el primer ministro de Etiopía me decía: «bueno, ahora van a tener ustedes la ocasión de demostrar que son los mejores socios de África». De momento estamos haciendo cosas, pero quizá no las estamos haciendo todas. El poner bajo control de autorizaciones previa la exportación de material sanitario es algo que impacta sobre los países africanos porque para ellos Europa es la principal fuente de suministros y productos. Al mismo tiempo, hemos reestructurado toda la ayuda que enviábamos a los países africanos para ponerla bajo el sombrero de la lucha contra el coronavirus. Se han reasignado 20 mil millones de euros para dar prioridad a la lucha contra el coronavirus. Es muy importante porque hay cosas que pueden esperar a hacerse mañana pero hay otras que necesitan hacerse hoy. Nosotros hemos puesto 15 mil millones, 5 mil millones del Banco Europeo de Inversiones, los Estados miembro van a aportar otros 5 o 7 mil millones… El objetivo es contribuir a reforzar la capacidad de los sistemas sanitarios africanos. Sin embargo, es cierto que de aquí a que consigan tener la que tenemos en Europa hacen falta muchos más recursos. Es imposible imaginar que a corto plazo se cubran sus carencias. Nuestra tarea internacional pasa ahora por contener la pandemia y no es el momento del blame game y los reproches mutuos. Ahora solo es el momento de unir fuerzas para hacer frente a un problema que es de todos. Si no lo resolvemos en todas partes, no lo resolveremos en ninguna.

En los conflictos que tenemos en este círculo de fuego que va desde Libia, Siria hasta Ucrania, la crisis parece haber aplazado estos problemas y abre la puerta a la oportunidad para treguas. ¿Cómo va a afectar la crisis a esos conflictos que estaban en plena erupción o en nuestra vecindad?

Algunos están más calientes que antes y otros más congelados. En Libia los combates no han parado; al contrario, se han recrudecido. Primero por la parte de Haftar y ahora por la parte de Serraj, que ha lanzado una ofensiva importante. En Siria tenemos un alto al fuego precario y una situación humanitaria igualmente precaria y en Yemen ha habido una tregua e intercambio de prisioneros. En Afganistán también. En Ucrania y en la frontera Este hay una calma tensa. Algunos sitios han hecho caso a la llamada del Secretario General a una «tregua de Dios», como se hacía en la Edad Media cuando había una pandemia, pero en la mayoría de sitios no. Seguimos vigilando la situación, preocupados por que cuando llegue el verano no hayamos resuelto algunos de los problemas que están en el origen de las oleadas migratorias o haya mejorado la situación en Siria. Además, el otro día el director del Programa Mundial de Alimentos me decía que la ruptura en las líneas de aprovisionamiento provocada por los cierres de fronteras, el parón en el sistema de transportes, de exportación etc, impediría llevar suministros a toda esa gente que ahora va a necesitarlos mucho más. Decía que temía que hubiera más muertos como consecuencia de la ruptura de las cadenas de ayuda que de la propia enfermedad.

Si la peste en el siglo XIV no detuvo la globalización, esperemos que esta pandemia tampoco la detenga o la revierta.

No la va a hacer desaparecer de la noche a la mañana, pero creo que es una llamada de atención sobre algunos de los presupuestos en los que hemos basado esta globalización. Algunos eran hipótesis que la realidad se ha encargado de desmentir, como la de que en cualquier momento y lugar tendremos lo que necesitemos porque el mercado lo va a suministrar. Pensábamos que nos llegaría cualquier producto aunque se produjese en la otra punto del mundo, hasta que se produce una crisis como esta y nos damos cuenta de repente, que en Europa no producimos ni un solo gramo de paracetamol y que China produce un 80% de los antibióticos del mundo. Es en este momento cuando te das cuenta de que los flujos se tensan y que quizá hubiese sido mejor tener stocks de precaución, como los de petróleo que tenemos. A partir de ahora, la salud se ha convertido en una parte esencial del sistema de seguridad.

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