ENTREVISTAS

«Fui a Lesbos pensando que dar voz a los refugiados serviría para humanizarlos»

A los 71 años Susan Sarandon sigue brillando como siempre. No solo por su talento y por su buen criterio a la hora de elegir proyectos, sino por una apasionada militancia política y social que siempre la ha situado como altavoz de denuncia de las injusticias.

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Jake Chessum
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05
Nov
2018
Susan Sarandon

A pesar de que la Academia no volvió a nominarla después de que ganara su único Óscar, allá por 1996, por ‘Pena de muerte’, a los 71 años Susan Sarandon sigue brillando como siempre. No solo por su talento y por su buen criterio a la hora de elegir proyectos, como la serie ‘Feud’, por la que obtuvo su novena candidatura al Globo de Oro y su sexta al Emmy, sino por una apasionada militancia política y social que siempre la ha situado como altavoz de denuncia de las injusticias.

Durante la actual crisis de refugiados, Sarandon fue una de las mujeres detenidas frente al edificio del Senado de Estados Unidos en Washington D.C., y su férreo apoyo al candidato independiente Bernie Sanders en las primarias en las que se enfrentó a Hillary Clinton le generó una larga lista de enemigos en Hollywood. También es una ferviente defensora de los derechos de la mujer y de la comunidad homosexual. Susan, cuyo verdadero apellido es Tomalin, se convirtió en actriz por casualidad, cuando acompañó a una audición a su primer esposo, el actor Chris Sarandon.

Siempre has interpretado papeles de mujeres ‘fuertes’.

Es curioso. Tengo la reputación de interpretar mujeres fuertes, pero, mientras estoy actuando, me parecen vulnerables y complicadas. En realidad, yo siempre he estado interesada en trabajar en películas que han estimulado a la gente a ser la protagonista de su propia vida, lo cual es una decisión muy arriesgada, porque eso suele tener un coste. Ya sea porque se trate de terminar con una relación de dominación o abusos, de sincerarse o de hacer algo tan grande como lo que hizo la hermana Helen Prejean, que inspiró Pena de muerte, como consejera espiritual de los condenados a muerte. A mí no me interesa interpretar a personas que aparecen en la pantalla ya convertidas en heroínas. Prefiero a la gente común que hace cosas extraordinarias. En cuanto a las mujeres, basta fijarse en todas las cosas que suelen hacer al mismo tiempo en sus vidas cotidianas.

«Trump es un bufón y eso todo el mundo lo sabe»

Por eso, me interesa contar historias de mujeres que deben tomar decisiones difíciles y que, en muchos casos, no son reconocidas como se merecen. Por suerte, en Hollywood en este momento se está hablando de diversidad, porque ciertamente es una industria que ha impulsado la discriminación de las mujeres, de las personas mayores, de los inmigrantes, y el hecho de que estemos teniendo esta conversación ha ayudado a que los directores de reparto se hayan vuelto más creativos a hora de seleccionar elencos. De todos modos, yo creo que no se trata de la cantidad de roles que tengamos, sino de la calidad. Ahora hay mujeres en posiciones de poder, desarrollando proyectos en los que hay muchos papeles jugosos.

En este sentido, ¿qué ha progresado más: la televisión o el cine?

La televisión, donde hay muchísimas plataformas, y hay cadenas como FX y HBO. Hay muchos más papeles para mujeres de diferentes edades, porque no tienen que dirigirse a un público de una edad determinada. En las películas, muchas veces se exponen a la opinión de un comité que las «suaviza» cuando están a punto de rodarse. Es muy raro que un director tenga suficiente control como para poder hacer lo que quiere sin interferencias. Thelma y Louise fue un ejemplo, pero se debió a que el productor, Alan Ladd Jr., protegió el proyecto. Ridley [Scott] era quien realmente tenía el control, mucho más que cualquier otro director de esa época. Cuando me encontré con él, le pregunté qué iba a pasar si testeaban la película, ya que al público le daba pena que Louise muriera. Me aseguró que lo iba a dejar tal como estaba en el guion. Y así fue. Esa película fue una gran sorpresa para todo el mundo. Pero estoy segura de que, si hubiera habido un comité del estudio tomando decisiones, muchas de las cosas que hicieron que fuera tan especial habrían desaparecido.

Creo que una de las razones por las que Hollywood ha cambiado es que hay muchas plataformas que no necesitan que sus productos sean taquillazos. Los estudios tienen mucho miedo a invertir en algo diferente. Saben cómo hacer proyectos ambiciosos que recuperan el dinero invertido. Es probable que se limiten a hacer ese tipo de películas y que las otras plataformas hagan las producciones pequeñas. Algo que sin embargo me preocupa es que se hacen películas independientes que luego compran los estudios, pero finalmente se asustan y no las estrenan. Es algo desolador, porque el trabajo que se ha hecho se pierde; nadie lo puede ver. Quedan guardadas. Cuando hicimos Bernard y Doris por 500.000 dólares, HBO la compró y la apoyó con entusiasmo. Por eso tuvo tantas nominaciones y la vio tanta gente. Yo tuve mis dudas en un principio, pero aprendí a ser menos esnob con respecto a la televisión, porque mucha gente la vio gracias a HBO. Si se hubiera estrenado en los cines, habría pasado desapercibida.

No muchos saben que eres actriz por accidente. ¿De niña te interesaba el cine?

Soy la mayor de nueve hermanos, por lo que la mayoría de las películas que vi en ese entonces fueron por televisión y en blanco y negro. Yo era una niña muy introvertida, aunque muy imaginativa. Sin embargo, debía ocuparme de todos mis hermanos y jamás pensé que iba a vivir de esto. Mi padre había sido cantante de importantes bandas, lo que lo vinculaba al mundo del espectáculo, y luego, en las primeras etapas de la televisión, trabajó como productor. Más tarde, estuvo en una agencia de publicidad buscando talentos. Por todo ello, yo ya tenía alguna conexión artística. Lo sorprendente es que yo llegara a esta industria a los 20 años como una ingenua, y que 50 años después siga trabajando. He visto desaparecer del mundo del cine a muchas mujeres muy talentosas, y también a muchos hombres. Sin embargo, hay mucha gente mediocre que trabaja constantemente. Hay muchas formas de triunfar en esta industria y no siempre se logra con talento e inteligencia.

«Estamos entrando en una nueva etapa en lo que concierne a la fluidez de los géneros»

Creo que lo que me ha salvado es que soy una actriz de carácter y que mi carrera siempre fue un medio y no un objetivo, no como le ocurrió a Bette Davis, para quien la carrera lo era todo. Soy bastante vaga, por eso me alegra que constantemente me inviten a participar de esos pequeños microcosmos, a aprender sobre diferentes personas, épocas distintas y muchas historias, porque, si algo me define, es que soy una narradora. Me ha salvado también el hecho de que yo nunca dependí de mi belleza. Me contrataban cada vez que no sabían qué hacer con un papel. Conseguí muchos papeles de reparto y varios protagonistas así. Me dieron el papel en Los búfalos de Durham porque las actrices que querían no estaban interesadas en un personaje como ese.

Una fanática del béisbol, una monja activista, una joven que huye en busca de unas horas de libertad… Tu carrera se caracteriza por interpretar a personajes diferentes, atrevidos, polémicos.

Bueno, no me gusta volver a mi casa por el mismo camino dos veces y tampoco me gusta repetirme. Además, no tengo una personalidad que se destaque. Hay actores que cobran mucho más que yo porque simplemente hacen de sí mismos, con los que la gente se identifica. Esas son las personalidades icónicas. Yo no soy así; por eso, cuando trabajo, interpreto a distintos personajes. Cuando examino un proyecto, me pregunto si es algo que he hecho antes o si es alguien que conozco. Si, además, me asusta la idea de hacer ese papel y no lo he hecho antes, voy por buen camino. Ahora que mis hijos son mayores y no tengo que estar atenta a sus clases, estoy trabajando mucho más que antes. Ya no tengo que cortarles la carne y llevarlos a la escuela. Por eso puedo viajar más, ir a más festivales y hacer cosas que antes no podía.

Jake Chessum | Contacto Photo

¿Le sorprende que se haya convertido en una estrella de cine?

Sí. No sé cómo ocurrió. Cada vez que tenía un hijo, me tomaba un año libre y pensaba que era el final de mi carrera. Tuve mis hijos muy tarde, por lo que me fasciné con la maternidad. No es que tuviera que renunciar a algo para ser mamá. Ya lo había hecho absolutamente todo, con la excepción de que me mataran, por lo que, cuando empezaron a llegar mis hijos, me pareció un gran desafío. Al convertirme en mamá, me sentí muy conectada con el resto de las mujeres, especialmente con aquellas que tienen que trabajar tanto fuera como dentro de la casa. Se genera como una hermandad con todas aquellas que están criando hijos. Creo que eso ha tenido una gran influencia en cómo elijo proyectos y en mi militancia política, porque uno no puede ignorar a aquellas madres que son refugiadas.

¿Qué opinas del momento que estamos viviendo con respecto a los géneros?

Es fantástico. Es escalofriante para cierta gente, pero es una gran oportunidad para redefinir lo que es ser hombre o mujer. Redefinir nuestros cuerpos y la distribución laboral. Creo que estamos entrando en una nueva etapa en lo que concierne a la fluidez de los géneros. Uno de mis hijos, que ahora es actor, Miles, también es un gran músico y habla muchos idiomas. Cuando toca en conciertos, a veces se pone un vestido. Él dice que escribe música desde su faceta femenina y, entonces, usa un vestido, como hacía Bowie. Y para mí tiene sentido. Creo que los mejores actores son aquellos que pueden conectarse con su faceta femenina, y lo mismo vale para las actrices. Me parece que tenemos que relajarnos con respecto a todas esas definiciones y aceptar que podemos ser muchas más cosas. Es como si siempre hubiéramos estado trabajando con cinco colores primarios y ahora, en cambio, tuviéramos 25. Es un momento muy estimulante en el que tenemos que ver de qué manera van a evolucionar las cosas. Ya no puedes mirar a una pareja gay y decirles que no pueden tener hijos porque son dos hombres. Ya nada está definido por conceptos anticuados determinados por nuestras expectativas.

¿Qué opina del hecho de que el presidente de Estados Unidos haya dicho barbaridades al referirse a las mujeres?

Trump es un bufón y eso todo el mundo lo sabe. Me parece peor que, cuando se postula una candidata que tiene, por ejemplo, un programa pobre en temas ambientalistas, y una la cuestiona, te llamen sexista. No se puede usar el género como excusa. Si una mujer se postula para presidenta, una debe poder examinar sus méritos y sus posturas políticas sin que la vean como alguien que no apoya a las mujeres. Necesitábamos a la mejor mujer. Y las hay con buenos méritos y buenas propuestas que luchan por las cosas en las que creen. Me parece horrorosa la idea de que, como mujer, una vote con su vagina y no con su cerebro. Ese es el peor tipo de sexismo. Como mujer, no tienes por qué apoyar a cualquier mujer solo por su género. Con ese criterio, tendríamos que haber apoyado a Sarah Palin [política estadounidense del partido republicano]. Me parece peor eso que lo que diga Trump, que es un misógino total.

«Como mujer, no tienes que apoyar a cualquier mujer solo por su género. Ese es el peor tipo de sexismo»

Cuando ocurrió lo de Standing Rock [en 2016, miles de indígenas se organizaron en un campamento dentro de esta reserva india de Dakota del Norte, en Estados Unidos, para evitar que por su tierra ancestral pasara un oleoducto], a las mujeres jóvenes las revisaban de manera inapropiada, les ponían un número y las metían en jaulas como a perros. La prensa no hablaba de ese tema. En la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, se dijo que era algo horrible. Pero ni nuestro presidente ni Hillary Clinton dijeron nada. Yo me pregunto: ¿cómo pudo pasar algo así en nuestro país? Trump dijo que se podía coger a las mujeres de sus vaginas, pero lo de él fue solo lenguaje. En cambio, en Standing Rock desnudaban a las chicas. La prensa independiente que seguía el tema presionó a Obama, Michelle y Hillary, y nadie hizo nada. Eso me enfurece más que cualquier cosa que haya dicho Trump.

¿Por qué cree que ha logrado sobrevivir en esta industria a pesar de sus posiciones políticas?

Es una buena pregunta. Han dicho de mí que soy una paria en Hollywood. La verdad es que yo no quiero ser política. Lo soy como forma de defenderme. Me molesta la injusticia y, como tengo una conexión con los medios, siento que tengo una responsabilidad si a la gente no le llega cierta información. Yo no fui a Lesbos pensando que podía terminar la crisis de los refugiados. Pero podía contar sus historias y eso iba a servir para humanizarlos, porque nadie sabía qué era lo que estaba pasando allí. Eso es algo que puedo hacer y siento que soy muy afortunada de estar en una posición en la que puedo ayudar a transformar algo. Pero mi militancia ha tenido un coste. Me echaron de la Academia durante un tiempo por lo de Haití [en 1993, Sarandon presentó un premio en la gala de los Óscar junto a su pareja, Tim Robbins. Ambos se salieron del guion para condenar la decisión del Gobierno norteamericano de retener en la cárcel de Guantánamo a docenas de haitianos enfermos de VIH. Al año siguiente, ambos fueron vetados de la ceremonia]. Pero, cuando miro hacia atrás, las cosas de las que me arrepiento son aquellas que no hice y que no dije. No sé cómo todavía sigo teniendo trabajo. Supongo que la gente se da cuenta de que soy sincera y por eso me perdona. Aunque, de tanto en tanto, me encuentro con gente que me agradece haber alzado mi voz…

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