ENTREVISTAS

«Los partidos de centro son tan necesarios como casi imposibles»

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Noemí del Val
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23
Jun
2021

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Noemí del Val

Con su último ensayo, ‘Biografía de la inhumanidad’ (Ariel), el filósofo y pedagogo José Antonio Marina (Toledo, 1939) hace un compendio de todo aquello que le ha preocupado, fascinado y motivado a escribir desde hace décadas: los sentimientos, la psicología, la historia y, cómo no, la educación. En poco más de 200 páginas, traza una espiral ascendente con todo aquello que nos hace humanos y, una vez llegados a la cúspide, sumerge al lector en otra descendente y vertiginosa, una «bajada a los infiernos» con todo aquello que nos deshumaniza y nos hace colapsar como sociedad una y otra vez.


 Ensayo histórico, antropológico, psicológico… ¿En qué estantería debe colocar su obra el librero?

Llevo mucho tiempo interesándome por algo que llamo ciencia de la evolución de las culturas. La idea central es que la historia no es otra cosa que la experiencia de la humanidad y, por tanto, nuestro banco fundamental de datos. Si sabemos utilizarlos, claro.

¿Cuál es la utilidad de esa experiencia para una especie que tropieza una y otra vez con la misma piedra?

Por sí misma no nos enseña nada, pero nos permite aprender de ella si somos lo suficientemente inteligentes y tenaces. Hay una faceta ascendente de la humanidad que tiene unos orígenes muy humildes: no somos más que primates listos. Desde ahí hemos ido progresando en prácticamente todos los aspectos, incluida la ética. Sin embargo, reiteradamente, ese progreso ascendente sufre colapsos, hundimientos terroríficos, y lo que está al fondo es el horror puro y duro. La pregunta que me he hecho es: ¿qué mecanismo diabólico hay para que suceda una y otra vez? Si somos tan inteligentes, ¿por qué hacemos tantas estupideces? ¿Por qué caemos en tantos horrores? Esas preguntas son el origen del libro.

En su ensayo deja entrever que conociendo nuestros ciclos podríamos llegar a ser menos vulnerables a estos colapsos de los que habla. En la etología se puede anticipar en gran medida cómo va a conducirse una especie animal, porque tiene comportamientos mucho más básicos. ¿Podríamos llegar a una predicción parecida con respecto a la especie humana?

La peculiaridad de los seres humanos respecto al resto de las especies es la libertad: podemos decidir cosas intencionadamente. Ahora sabemos que el determinismo, tanto el biológico como el social, es muy fuerte. El hecho de que estemos manejados por prejuicios, impulsos o creencias influye de forma decisiva en nuestro comportamiento. Ahí retomamos la idea de Espinoza: «La libertad es la necesidad conocida». En el momento en que conozcamos esos mecanismos implacables posiblemente no podremos evitarlos, pero sí controlarlos y preverlos. En ese sentido, sí creo que estamos en condiciones de predecir comportamientos humanos.

De modo que comprender la complejidad del comportamiento de una sociedad no es algo inalcanzable.

Los fenómenos sociales tienen un aspecto «no querido». La conducta de mil personas que actúan racionalmente puede tener resultados que nos resultan irracionales. Por ejemplo, los atascos: si en verano decides partir de viaje un día antes de la operación salida, es una buena decisión. Pero cuando miles de personas hacen lo mismo, se llega a un resultado no deseado. Eso forma parte de las necesidades que es preciso conocer. Si sabemos que funciona así, podemos organizarnos como sociedad y escalonar las salidas. En los fenómenos sociales son tal cantidad las causas que están interviniendo, que muchas veces no podemos decir que realmente había una voluntad para que se diera un resultado. Pero insisto: aunque predecible, es un efecto no querido.

«El ser humano es fiero como cualquier animal, pero le diferencia la crueldad»

A partir de la mitad de su libro hay algo que define como «el tobogán del descenso hacia el horror».

Subir arriba del todo es peligroso porque, aunque queramos quedarnos allí, no nos vamos a parar; vamos a descender sí o sí, de modo que más vale que conozcas estos mecanismos que determinan mucho nuestra conducta y de ese modo podremos, astutamente, no darles demasiado pábulo.

Según su constructo, podemos inhumanizarnos. ¿Somos los únicos capaces de anular nuestra propia identidad como especie?

Es la ley del doble efecto: lo que aumenta nuestras posibilidades lo hace para bien y para mal. Hasta que no hubo ferrocarril, no hubo accidentes de trenes. La energía atómica tiene muchas cosas buenas, pero también efectos devastadores. O por ejemplo las religiones. Estas han tenido una importancia colosal en la humanización de nuestra especie, ya que ampliaron la manera de entendernos y de comunicarnos. Sin embargo, en determinadas épocas, cuando se alían con el poder, las religiones son muy destructivas.

Pone otro ejemplo clave: la obediencia.

Ha sido absolutamente fundamental para estructurar las sociedades: la obediencia es la virtud más prestigiada y elogiada a lo largo de prácticamente toda la historia de la humanidad hasta la Revolución francesa. Y también después: todos los antiilustrados seguían teniendo la obediencia como centro de la sociedad. El nazismo, el régimen soviético… y hoy en día China, por ejemplo, es un claro ejemplo de obediencia. Con ella se construyen sociedades y si obedeces a las leyes es fantástico, pero ¿qué pasa si obedeces a un tirano?

Y en el centro de todo, como cuenta, está la inteligencia humana.

La inteligencia es la gran capacidad de buscar soluciones, pero también de buscar conflictos. Los animales son agresivos. Nosotros, además, podemos ser crueles. También compasivos, y no solo con los nuestros, sino con los ajenos. Esa es la parte buena.

Esta ciencia de la evolución de las culturas la resume como «el panóptico».

Sí, como método. ¿Qué pasaría si intentáramos ver las cosas desde una posición superior, con toda la historia de la humanidad ahí abajo? Sería imposible estudiarla toda, pero sí verla en su totalidad. Eso nos permite ver que todas las sociedades se han enfrentado con esos dos movimientos contradictorios, uno constructivo y otro destructivo. La agresividad es un torrente muy potente, y había que construir presas para frenar esa avalancha.

¿Qué le ha llamado más la atención de nuestra historia cuando la ha visto desde ahí arriba?

Ver cómo se repite todo esto una y otra vez en cada sociedad. Ver cómo levantamos una y otra vez presas afectivas en las que fomentamos los sentimientos de compasión, de solidaridad, de amistad… Analizar todo lo que frena la agresividad. Sobre todo la compasión, que es exclusiva de la naturaleza humana, igual que la crueldad.

Usted alerta sobre la compasión peligrosa.

Lo explicó muy bien Hannah Arendt: la compasión abstracta que elimina la compasión concreta. Los jacobinos de la Revolución Francesa tenían una compasión abstracta por la humanidad, pero eso no les impedía llevar a la guillotina a todos aquellos que les parecían un obstáculo. De modo que esa era una compasión implacable. Hay una frase de esa época: «Por amor a la humanidad, tenemos que ser terribles».

Eso se ha repetido mucho en nuestra historia: revoluciones con un buen punto de partida que al final acaban cometiendo atrocidades en nombre de la revolución.

El caso de la Revolución Francesa es clarísimo porque sabían lo que estaban haciendo. Cuando Robespierre defiende el terror, lo hace por amor a la justicia. Hay más ejemplos en la historia reciente. En la revolución comunista concebían que había que sacrificarse por el bien de la humanidad. El Tercer Reich estaba por encima de los ‘alemanitos de a pie’: si hay que sacrificarlos, se los sacrifica por una causa más elevada. En Camboya, en el Islam… Esas creencias en el bien absoluto que hacen que nos desinteresemos de los bienes individuales.

¿Puede darme un ejemplo rabiosamente actual?

El nacionalismo. Si lo tomamos como que las personas dentro de una comunidad se preocupan por el bien de la comunidad, es algo bueno. Es solidaridad. Pero si para fomentar la identidad del grupo tenemos que despreciar y oponernos al grupo de al lado –porque el miedo y el odio unifican mucho–, el nacionalismo es algo perjudicial. Y si además creamos un ente abstracto como la nación, que está por encima de los ciudadanos, justificaremos exigirles a esos ciudadanos que prescindan de sus derechos. Dicho esto, ¿el nacionalismo es perverso en sí mismo? Tendemos a simplificar, y debemos ver a lo largo de la historia cuáles son los efectos buenos y cuáles los malos de cada episodio.

«La gente está mucho más separada de la política de lo que reflejan los medios»

Usted pone el ejemplo de la Primera Guerra Mundial: asegura que muchos de quienes le dieron al «botón de destrucción» luego quisieron echarse atrás, pero ya no podían. Tal vez pueda decirse algo parecido del brexit o la declaración unilateral de independencia en Cataluña.

La toma de decisiones siempre es complicada: puedes tomarlas por movimientos emocionales o partiendo de una información contrastada según las circunstancias. Mover la emociones es algo muy fácil y poderosísimo. Una de las cosas que consigue plantear la política en términos emocionales es que las emociones unifican mucho y, además, producen un estado en el que los individuos abdican de parte de su individualidad y de su sentido crítico, y se recluyen en un estado de masa. Ahí se genera una especie de entusiasmo, de emoción colectiva que puede ser furia, desprecio, deseo de venganza. Ahí se pierde el sentido crítico y se tiene una especie de sentimiento de pertenencia, de no querer estar en otro sitio que no sea dentro de ese grupo que me defiende, me justifica y me permite hacer y decir cosas desde cierto anonimato que en otra situación no me atrevería.

¿Y dónde está el origen pernicioso?

Todos estos movimientos, en el momento en que son belicosos, tienen que crear la figura del enemigo. El jurista y politólogo alemán Carl Schmitt, que perteneció al régimen nazi, decía que «la esencia de la política es la oposición amigo-enemigo». De modo que, cuando movilizas afectivamente a la gente, disminuyes el nivel crítico y la lanzas a cualquier cosa, porque rompes esa primera barrera afectiva de solidaridad y compasión. Ahí hemos creado otras barreras a las que yo llamo presas: la de las regulaciones morales, religiosas, de los sentimientos de deber y respeto… Pueden ser erosionadas en el momento en que la presa afectiva se rompe. Los nazis, por ejemplo, quitan todo sentimiento de compasión hacia el judío porque el judío no es humano, por lo que eliminan todo deber moral hacia esas personas.

¿Qué lugar garantista ocupa la política?

Es la tercera presa de seguridad, junto a las instituciones jurídicas y sociales. Es la última si las demás fallan. Sin embargo, cuando son esas instituciones, precisamente, las que fomentan los sentimientos destructivos y eliminan las barreras sociales, el turbión es tremendo y no hay solución. Es una mecánica sencilla que se repite siempre.

Con la polaridad ideológica que sufrimos ahora, ¿asistimos a una erosión de esa última presa?

Estamos resquebrajando la presa afectiva con la polaridad salvaje. El régimen de amigo-enemigo ha sido siempre consustancial a la política española, de modo que no me creí que se hubiera roto la polaridad política cuando se rompió el bipartidismo.

¿Los ve, igual que algunos analistas, como jóvenes políticos haciendo vieja política?

La única novedad real era Ciudadanos. Siempre me han interesado mucho los partidos de centro por una razón: son necesarios y, al mismo tiempo, casi imposibles. Los politólogos americanos hace tiempo que han estudiado por qué no puede existir y fructificar un partido de centro. La respuesta es sencilla: porque no tiene ideología, solo moderación, y la moderación no es una ideología.

Y sin ideología, no hay enamoramiento.

Un partido de centro puede ser aristotélico o hegeliano. Si era de los primeros, defendía que «en el centro está la virtud». La postura hegeliana, para mí la acertada, defiende que cuando hay dos fuerzas –tesis y antítesis– no se trata de hacer un cóctel con las dos, sino de ver si se me ocurre una solución lo suficientemente potente para que supere a las dos sin destruirlas. El programa del centro se basa en el continuo aprendizaje: si no lo haces en un mundo tan acelerado, te quedas atrás. Y los partidos actuales, de derechas y de izquierdas, se han quedado atrás.

«La sociedad se enfrenta a dos movimientos contradictorios: uno constructivo y otro destructivo»

¿Es normal hoy este fervor ideológico, estos debates tan extremos?

Los medios de comunicación están dando una impresión que no se adecúa a la realidad. Creo que la gente pasa de la política y de los políticos más de lo que parece. Hay un cansancio de la política que está llevando a una merma de la participación. La política se está separando de la sociedad civil. La salida que le queda a la política para combatir ese desinterés es movilizar a la sociedad emocionalmente. Los populismos y los nacionalismos son muy emocionales porque buscan algo contra lo que ir, un enemigo. Pero ¿qué hay detrás de eso? Las emociones se despiertan muy fácilmente, pero para que se mantengan tienes que estar todo el rato alimentándolas, echando más leña al fuego. Suelen ser más inflamables las emociones negativas que las positivas.

Cuando creas enemigos, los más vulnerables son los que suelen salir más perjudicados. Por ejemplo, los migrantes.

Exacto. Es el mecanismo de deshumanización del otro: pierdo la compasión por él y, por lo tanto, tengo carta blanca para hacerle cualquier cosa. Solo hay una emoción que, si pierdes, te vuelve inhumano: la compasión. Ni siquiera el amor. De manera que jugar con lo que produce la deshumanización del otro es muy peligroso. La compasión es una de las emociones que más hay que cultivar, y el proceso educativo de esta sociedad la elimina. Eso es muy grave.

Este libro lo escribió durante la pandemia. Y hay una frase muy acertada: «Nuestra compasión se va diluyendo cuanto más se aleja de nuestros allegados».

Cuando comenzó la pandemia, me preguntaban si íbamos a salir mejores de esta. Yo ya decía que no, porque es muy difícil mejorar de forma colectiva por una sola crisis. Se han repetido las pautas normales en cualquier crisis: un primer momento afectivo y ahora, que estamos en una fase en la que todo es queja. Hay momentos de generosidad que se van aplacando cuando entra en juego un mecanismo tan detestable como inevitable: el de la habituación. «Una muerte es una tragedia, mil muertes son una estadística», es una frase que le atribuyen a Stalin.

¿Y qué podemos hacer para huir de esa habituación? ¿Para ser mejores después de esta pandemia?

Necesitamos ser conscientes de que somos tan admirables como detestables, tan generosos como peligrosos. Necesitamos que toda la sociedad sea consciente de ello para saber que tenemos que andar con cuidado. Querer realmente cambiar no puede ser una ocurrencia producida por las circunstancias. Creo que saldremos de la pandemia igual que éramos al entrar: el otro día leí que ya se están reservando miles de cruceros para el año que viene.

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