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Xavi Puig

«La broma solo tiene gracia cuando nos tomamos la vida en serio»

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10
febrero
2026

La comedia, por muy bromista que parezca, está cargada de problemáticas. Muestra de ello es el eterno debate sobre los límites del humor. Por ello, cuando a Xavi Puig, codirector de El Mundo Today, le ofrecieron desde la editorial Debate escribir un libro sobre el tema, le entraron escalofríos solo de pensar en ponerse serio. Por suerte superó ese primer miedo y de ahí nació ‘Hacer reír’, un ensayo en el que el cómico cuestiona su oficio y reflexiona sobre muchos de los temas que encierra.


¿Para qué sirve el humor?

Puede ser útil para muchas cosas: para el desahogo, para la expresión personal, para la seducción, la propaganda o el acoso. Lo más importante, desde mi punto de vista, es tener claro que el humor no tiene por qué servir para nada. Su concepción no instrumental, es decir, meramente formal y poética, es la que a mí más me interesa. También la que da al humorista una mayor libertad para explorar en campo abierto.

«El humor no tiene por qué servir para nada»

Si es ficción, ¿por qué incomoda tanto al poder?

La ficción no es una burbuja aparte de los acontecimientos. Es, en muchas ocasiones, su reflejo y también su respuesta. Pone ideas en circulación. La caricatura puede herir reputaciones, señalar incongruencias o retratar críticamente comportamientos maliciosos. De ahí que el poder, cuando no puede controlar la ficción –muchas veces puede hacerlo y lo hace–, intenta desacreditarla o reprimirla.

Se dice del humor que tiene que ser ecuánime, algo que tú no compartes. ¿Por qué?

La sátira defiende siempre una tesis a través de la caricatura o de la reducción al absurdo. Dicha tesis, al margen de que esté más o menos definida, constituye siempre un ataque o un señalamiento de instancias que detentan el poder en algún sentido. Toma siempre partido sin buscar nunca el empate. La sátira no pretende dejar el mundo como está, tiene la ambición –fútil, tal vez, pero legítima– de promover el cambio. Esto es algo que no se logra contentando a todos por igual.

¿Cómo le afecta el cinismo?

El cinismo, no en sentido filosófico, sino vulgar, lleva a un humor defensivo que se atrinchera en sí mismo en vez de abrirse al otro y explorar. En este sentido, es provinciano y poco dado a entender la ficción como un juego colaborativo. Muchas veces, no es más que una estrategia para construir una determinada marca personal –anclada en el sentimiento de superioridad y en la idea de que el mundo no está a nuestra altura– que nos aleja del otro.

«El poder, cuando no puede controlar la ficción, intenta desacreditarla o reprimirla»

Escribes en el libro que hay veces en que el humor daña. ¿Debemos entonces ponerle límites?

La idea de que un límite es una imposición negativa me parece pueril. Los límites hacen posible la convivencia y el juego. Todo juego tiene sus normas y, por lo tanto, sus límites. Es un hecho que el humor puede dañar, ya que permite ejercer la crueldad y humillar al otro. Suerte, pues, que el humorista es un ser pensante y sintiente capaz de limitarse a sí mismo. Esto no convierte el humor en algo inocuo, infantil e irrelevante. El humor puede molestar, incomodar, provocar incluso repulsión. Cuando hablamos de daño, no nos referimos a este tipo de emociones. Muchas veces, se pretende limitar lo que molesta con la excusa de que nos hace daño. Es una pretensión ilegítima. Los límites son necesarios a veces, pero necesitamos un criterio racional que nos permita decidir cuándo procede imponerlos.

¿Dónde se encuentra el punto entre la autocensura y esos límites?

En primera instancia, el límite lo pone el humorista obedeciendo a su criterio y a su sensibilidad. Podemos llamar a esto autocensura, si queremos, aunque suele usarse el término de forma negativa: como si tener criterio propio nos reprimiese en vez de hacernos mejores profesionales. Luego, cuando el humorista comparte su trabajo, quienes lo reciben pueden reclamar sus propios límites también. Pueden decir: «Esto es demasiado». El humorista a veces deberá defender su criterio o al menos convivir con el hecho de que lo que hace no ha gustado a determinada gente. Es parte de cualquier trabajo comunicativo y hay que encajarlo con deportividad.

«El humor puede molestar, incomodar, provocar incluso repulsión»

¿Medios de comunicación, política y humor están más relacionados de lo que podríamos pensar?

Cada vez es más obvio que lo están. Principalmente porque los medios han infantilizado a su audiencia, y los políticos, con su deriva populista, también adoptan gestos estridentes. La estridencia y la caricatura ya no son patrimonio exclusivo de la comedia, porque esta ha sido vampirizada por la propaganda. Es cierto que la mirada humorística puede ser muy eficaz para transmitir contenido divulgativo, por ejemplo. Puede hacer más atractivas ideas que merecen la pena. Por desgracia, no es este tipo de sinergia que impera ahora.

¿Qué pasa cuando nos tomamos la realidad a broma?

Confundir realidad y ficción tiene un nombre: se llama delirio. El delirio impone una forma de vivir irracional y, por lo tanto, peligrosa. La broma solo tiene gracia en un contexto en el que nos tomamos la vida en serio y asumimos que los actos tienen consecuencias. La comedia no es la excusa para eludir nuestro compromiso con la realidad, sino todo lo contrario.

¿Cómo están afectando las redes sociales al humor?

Moldean el discurso humorístico y premian determinados formatos en detrimento de otros, generalmente de los que presentan una mayor complejidad y requieren un consumo de trago largo.  Esto ocurre, en general, con la cultura. Sus limitaciones también fomentan la experimentación, algo que es positivo. En cualquier caso, hay que militar en la idea de que las redes sociales, a pesar de su adictiva omnipresencia, no son el único modo de comunicarnos.

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